8 de marzo: marchamos para ya no tener que marchar
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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
8 de marzo: marchamos para ya no tener que marchar
El pasado 8 de marzo miles de mujeres llevamos arte, batucadas, bailes, tejidos colaborativos, consignas ingeniosas y hasta mota a la manifestación, ante un reclamo de justicia que data desde el 2006, pero que hoy es para el gobierno actual.
Por Mala Madre
10 de marzo, 2022
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La primera marcha a la que asistí en mi vida fue a principios de 1990, cuando los trabajadores de la Cervecería Modelo se fueron a huelga. 5 mil 200 obreros exigían jubilarse a los 30 años de trabajo sin importar la edad, con el empresario Juan Sánchez Navarro, el gobierno de Carlos Salinas y la CTM de Fidel Velázquez en contra. Como estudiante del último semestre de la carrera de periodismo en la UNAM, imposible no participar en el mitote: empresa explotadora, gobierno antiobrero, sindicatos solidarios. Nos alimentaba la cobertura de la entonces combativa Jornada y ahí fuimos, mis compañeres y yo, a una de sus marchas, en solidaridad y como incipientes periodistas.

La movilización de entonces fue inolvidable por dos motivos: mi amiga Lorena, que ya hacía sus pininos en El Sol de México, fue nota de todos los medios al resultar herida en el zafarrancho que se armó entre marchistas y policías del Departamento del Distrito Federal. Nada grave, por suerte. Pero ese día aprendí también que el movimiento sindical no deconstruía a quienes luchaban por sus derechos: en la corretiza uno de los trabajadores me nalgueó, clara que sí, cómo de que no.

A partir de entonces he tenido oportunidad de asistir a infinidad de marchas, ya sea como periodista o simple ciudadana. Razones no han faltado: la defensa del voto, el alzamiento zapatista, las movilizaciones anuales de los maestros, las huelgas en la UNAM, la inseguridad, la despenalización del aborto, la violencia contra las mujeres. En estos años los medios hemos documentado toda suerte de estrategias y contraestrategias, de marchistas y autoridades, ante el ejercicio de un derecho como la protesta social. Desde las espontáneas de coyuntura hasta las profesionales de los doctorandos en marchas; las de 200 personas y las de cientos de miles; las que tienen contingentes anarquistas y las que se cuelan infiltrados; las que son reprimidas y las que no.

Así que no había manera de dejar de acudir al llamado de miles de mujeres hartas por la violencia de la que somos objeto de manera creciente en los últimos años: en este país matan a 11 mujeres todos los días; a miles más las desaparecen, las violan, las acosan, las agreden. A la vista de todes, sin que nada los detenga. En 2019 tomamos las calles de las principales ciudades del país para exigir justicia para las víctimas de violación cometidas por policías. El reclamo #NoMeCuidanMeViolan no ha dejado de movilizarnos desde entonces.

El pasado martes 8 de marzo, 75 mil mujeres y personas no binaries según cifras oficiales recuperamos las calles de Ciudad de México después de dos años de pandemia. Acudimos superando nuestro miedo ante las advertencias del gobierno local y federal de que sería una “marcha peligrosísima” porque “unos 15 grupos se estaban preparando con marros, sopletes y bombas molotov”, quién sabe con qué intenciones. Con ese pretexto, las autoridades desplegaron miles de elementos policíacos en las calles de Ciudad de México y profesionalizaron la colocación de vallas “altas y fuertes” protegiendo monumentos, edificios, la Catedral y Palacio Nacional, no fuera que las tumbáramos y entráramos a hacer quién sabe qué desmanes. El mero día anunciaron espectaculares decomisos de cohetones de humo de colores, y bombas molotov, según vimos y dijeron. A nadie detuvieron, porque de acuerdo con el secretario de Gobierno de Ciudad de México se trataba de desincentivar la presunta conducta violenta. Te lo quito y te portas bien. Anda pues.

 

Finalmente más de 75 mil mujeres y personas no binaries respondimos a las convocatorias de los diversos contingentes, con cubrebocas, inclusión y harta sororidad. Hubo quienes obsequiaron su arte con batucadas, bailes y performances, como las fandangueras del son jarocho. Otras y otres llevaron sus consignas más ingeniosas, algunes aportaron un bello tejido colaborativo, y hasta hubo mota de las madres canábicas. Cada una de las participantes aportó a una conmovedora movilización ante un reclamo de justicia que viene desde el 2006, pero que hoy toca por obvias razones al gobierno actual. Porque mientras nosotras marchábamos vigiladas por miles de policías, 14 mujeres fueron asesinadas en el país, la segunda cifra más alta en lo que va del año. A ellas nadie las protegió.

Un grupo de mujeres “obradoristas” protagonizó con el gobierno de Ciudad de México “una estrategia pacificadora”: llevaron flores que entregaron a las mujeres policías, mientras aupaban la suma de una comandante a su contingente y otro grupo aplaudía el paso de las uniformadas. La jefa de gobierno celebró y la titular de Seguridad Ciudadana se conmovió por el festejo de las suyas. Al parecer la estrategia funcionó: en todo el recorrido las mujeres policías sólo vigilaron de cerca el paso de las manifestantes sin encapsularlas como han hecho en otras movilizaciones desde el 2019. Las felicitaría de no ser porque al llegar al Zócalo ya esperaban a las manifestantes con los gases de extintor, ante el “peligro inminente” que representaba ese grupo de mujeres tratando de tumbar las vallas “altas, fuertes” y soldadas de Palacio Nacional.

Ayer mismo se nos informó de la autoría de la estrategia, gracias a la cual -según se nos dijo- la marcha fue todo un éxito con incidentes menores. Tuvieron la atención de informarme directamente que en las siguientes marchas continuará el reparto de flores con el objetivo de “que ninguna mujer agreda a otra mujer” y que las “marchas pacíficas se hagan costumbre”. No podría estar más de acuerdo con tan noble plan: que las mujeres policías no agredan a las mujeres manifestantes y que la estrategia de este gobierno en los dos años que le queda sea no violentar el derecho a la protesta. Tendrán que afinar lo de los gases de extintor, la colocación de vallas y el decomiso de cohetones de humo de colores.

En lo que nunca estaré de acuerdo es en la pretensión de institucionalizar las marchas, del tipo que sean, por parte de las autoridades que deberían resolver las demandas de las mujeres y personas no binarias. Hoy están del otro lado y el reclamo es para ustedes. Porque hemos marchado los últimos 32 años ante la acción o inacción de los gobiernos en turno, y corresponde el tema a la gestión actual. Porque es lo que toca ante la falta de resultados. Porque se marcha con la esperanza de no tener que marchar más. Y marcharemos hasta que no sea necesario hacerlo. Hasta que ninguna mujer más sea violentada, hasta que tantas víctimas obtengan justicia, hasta que constatemos que vamos por el camino correcto hacia la solución que no se ve hoy.

@malamadremx

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