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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
A ver qué otro día, Justin
¿Dónde quedó Luis Pescetti y la hermosa sala Nezahualcóyotl? ¿O Qué Payasos y su reencuentro en el teatro Helénico? Justin hizo que me resignara a regresar al Foro Sol y a endrogarme con mi tarjeta de crédito.
Por Mala Madre
16 de agosto, 2011
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La primera vez en mi vida que compré boletos para un concierto fue para ver a U2 en el Palacio de los Deportes. Si mal no recuerdo fui a la taquilla de ticketmaster en el Auditorio Nacional, me formé, los compré y sanseacabó.

Desde entonces he tenido la oportunidad de ir a muchos conciertos y nunca ha habido mayor problema (será que me gustan grupos y cantantes que no son muy populares), con excepción de Bono y sus muchachos. Las siguientes veces que han venido ni siquiera he intentado verlos. Nada más de leer en los medios el show que se arma previo a la venta de boletos ha sido suficiente para disuadirme: que si hay que formarse días antes a que abran las taquillas, que si hay que participar en la preventa de fans y por lo tanto debes estar registrado, que si te dan trato preferente por ser cliente platino de ciertas tarjetas de crédito, que si debes tener un pariente o de perdis un amigo que trabaje en OCESA, que si es mejor ser presentador de noticias de algún influyente medio electrónico de comunicación, o tener algún cargo gubernamental o legislativo o, o, o…

Todo esto me da una flojera infinita y miren que tengo todos los discos de U2. Una razón adicional tiene que ver con el lugar donde generalmente se presentan los grupos más demandados. Odio el Foro Sol. Me queda lejísimos, siempre es una bronca llegar, pero es peor salir, e invariablemente cualquiera que mida más de 1.58 metros de estatura me tapa la visión, gracias genes. Por lo tanto, si el grupo o cantante no se presenta en el Auditorio Nacional, pues no voy.

Esta política me había funcionado muy bien, hasta que la big sister descubrió a Justin Bieber.

¿Dónde quedó Luis Pescetti y la hermosa sala Nezahualcóyotl? ¿O Qué Payasos y su reencuentro en el teatro Helénico? Me resigné a regresar al Foro Sol y a endrogarme con mi tarjeta de crédito. Ingenuamente creí que para darle el gusto a mi hija sólo tenía que conectarme el día y la hora indicada para la venta de boletos y comprarlos. Incluso tuve la prevención (ja) de registrar previamente mi tarjeta de crédito en la página web de ticketmaster para “ahorrar pasos” y a sabiendas me convertí en víctima propiciatoria de toda la publicidad que a partir de ahora quieran enviarme.

Pues el jueves 11 de agosto a las 11:00 horas estaba yo presta para darle clic al sueño de la big sister, sólo para descubrir que los únicos boletos disponibles eran generales de pie. No sé ustedes qué piensen, pero sólo de imaginar que tendría que llegar 4, 6 y hasta 8 horas antes del inicio del concierto para poder pararnos en un buen lugar, ponernos buzos con todo ese chamaquerío a la hora de la empujadera, y luego tener que salir corriendo en cuanto el Justin apareciera en el escenario… nomás no era opción. Digo, mi hija ya no está como para que su padre o yo la carguemos en  hombros. O más bien, ni su padre ni yo estamos ya para esos trotes.

Así que organizamos un operativo de emergencia: intentamos sin éxito comprarlos por teléfono, contactamos al amigo cuyo hermano –lástima- ya no trabaja en OCESA, mi hija y yo nos conectamos a uno de los clubes de fans de Justin Bieber en México para ver si nos daban algún tip y terminamos solicitando una membresía en el club oficial por 35.96 dólares, misma que no pudimos obtener que porque no nos podíamos registrar en ese momento.

Desalentados, ya casi nos resignábamos a escuchar (sin ver) el concierto de pie, cuando decidieron abrir una segunda fecha. Dormí mal, nada más de pensar cómo demonios le haríamos para que en este segundo intento no nos pasara lo mismo que con el primero. Así que me instalé en la computadora, mi hija en el teléfono y mi marido se apersonó en una taquilla ticketmaster por Villa Coapa, para ver quién de los tres tenía suerte. A lo más que aspirábamos era a escuchar el concierto sentados, lo más cerca del escenario que nuestra tdc y ticketmaster lo permitieran.

Justin debería aprender de Juan Gabriel: diez fechas seguidas, mínimo.

En la preventa del viernes 12 a las 10 de la mañana se anunciaron boletos sólo para los fans con código (registrados en la página oficial del escuincle canadiense) y para los que estuvieran dispuestos a pagar un pase VIP por mil 500 pesos adicionales al costo por boleto en la zona platino. Intenté comprar sólo dos boletos de éstos para que mi hija fuera con su padre al concierto y ni así (el gran hacedor del mundo no permitió que cometiera semejante barbaridad). Tuvimos que esperar dos horas más a la venta general.

A las 12 en punto y a mi primer clic aparecieron 4 boletos en la sección verde. Alcancé a echarle un ojo al mapa, pero mi cerebro sólo registraba los números rojos del imperativo reloj que marcaba el tiempo restante para mi compra: 2 minutos con 45 segundos, 44, 43, 42…

Esos de ticketmaster son unas bestias peludas. Una vez que das clic para aceptar los boletos ofrecidos (¿vuelvo a intentar? ¿y si en 3 minutos ya se vendieron todos los boletos sentados, de frente y laterales al escenario? ¿Por qué no le dan una silla a todo el mundo?), la página te despliega una serie de cargos extra como event ticket protector (un seguro de 135 pesos por boleto), la suscripción a la guía de entretenimiento (135 pesos cuatro meses) y el servicio de ticket2ride (“transporte exclusivo” para llevarte y traerte del concierto a 100 pesos por boleto).

Con la presión del tiempo encima y la terrorista advertencia “compra estos boletos antes que sea demasiado tarde”, no atinaba a eliminar los cargos extra ofrecidos. Di clic a continuar y aparecieron demasiadas letras chiquitas. Con el estrés hasta el cielo, seleccioné la recomendación de entrega por ticketfast para imprimir mis boletos. Nunca me quedó claro si se podían comprar a meses sin intereses. En el monto total de mi pago me cargaron el seguro de sólo uno de los cuatro boletos y no sé ni cómo le hice (¡yo no quería asegurarlos!). Bueno, me pudo haber ido peor.

A mi hija nunca le contestaron el teléfono en ticketmaster y mi marido tuvo que elevar el tono de su voz (no gritoneó, es muy educado) para apresurar a la señora que estaba delante de él en la fila de la taquilla. La susodicha, con toda parsimonia, analizaba la conveniencia de comprar o no los boletos de la zona platino que le ofrecía el joven de la ventanilla. Justo en ese momento, la web me confirmó la compra de los nuestros. No entiendo la estrategia para vender los boletos, pero me parece una gran cochinada que lo estresen a uno de esta manera.

Definitivamente, este concierto le valdrá a la big sister para que no dé lata por los siguientes dos años (por favor Adele, déjame pagar lo que debo) y que el gran hacedor del mundo me libre de tener que pasar por otra compra de pánico como ésta en mucho tiempo. Ni mis nervios ni mi tarjeta lo resistirían.

 

@malamadremx

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