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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Amores no justos
Por Mala Madre
10 de enero, 2012
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                                                                        “Creo que todo pasa, menos el amor”

                                                                        (La Mujer Justa, Sándor Márai).

 

 

Mi amiga Fer la está pasando mal. Muy mal en realidad. Siente que su marido ya no la ama. Le tiene cariño, sí, por ser la madre de su hijo, la amiga incondicional, la trabe que lo ha apoyado para crecer profesionalmente, la mujer con la que hecho planes y formado una familia la última década.

Pero cree que ya no hay amor. Mi amiga lo intuye porque en los últimos seis meses, o tal vez en el último año, el marido cada vez soporta menos sus manías e incluso su manera de ser. Todo le molesta de ella: su obsesión por la limpieza, el cuidado que le presta al niño para que nada malo le pase, la forma en que completa sus frases y hasta la velocidad con que se adelanta a sus deseos.

Ella se ha quejado y él ha reconocido el error, mismo que ha resuelto con un abrazo o cambiando de tema, pero nada de disculpas verbales. Como que no se le dan.

El más reciente motivo de molestia es el tuiter. Aunque el marido de mi amiga promovió hace más de un año que cambiara su teléfono por un teléfono inteligente y le abrió la cuenta, al final decidió que no le gusta que tuitee. Ella no se ha obsesionado, me consta, pero ya que le encontró el chiste, ahora lo tiene que hacer casi a escondidas para no molestarlo. Porque el enojo es grande y ha provocado más de una trifulca marital.

Pero hay otra razón para estar de malas, quizá la más importante. Resulta que el marido de mi amiga es un hombre encantador (uff, hasta yo tengo que admitirlo), de esos que van por la vida haciendo sentir bien a las mujeres. Ya saben, es ese caballero que suelta el comentario galante sin necesidad de guiñar el ojo o ser vulgar o prosaico, de una forma tal que algunas mujeres podrían considerar sus atenciones una invitación a algo más, sin que necesariamente sea así. Es un coqueto, para no darle más vueltas.

A mi amiga esta galantería le causaba gracia e incluso orgullo, mientras ella fue la depositaria principal de sus atenciones. Pero a últimas fechas las muestras de amor han ido cambiando por las críticas hacia su persona. Primero, como una sutileza acompañadas de una sonrisa y después, ya encarrerados, de manera abierta, franca y hasta burlona.

Y esto es lo que más duele a mi querida Fer: que ella sea el objeto de sus críticas y las demás, de sus atenciones. Que su marido no considere que algunas cosas que dice o hace por otras mujeres la lastiman y le provocan esa sensación de vacío en su estómago. Un comentario por acá, una actitud especial por allá, incluso con ella presente, le quitan el aliento. No quiere pensar mal, no quiere desconfiar, pero muy en su interior sabe que algo no va bien. Y bueno, también tiene claro que con lo mal que la está pasando en casa, ni falta que hace que exista alguien más.

En los últimos seis meses mi amiga ha perdido los estribos en un par de ocasiones a causa de esta galantería. En la segunda, la cosa se puso color de hormiga. El susodicho montó en cólera y le dijo que estaba harto de sus inseguridades, que no le iba a permitir una desconfianza más. Y que si no le gustaba su manera de ser, que lo sentía mucho y que ella ya sabía qué camino tomar.

Ella temió perderlo y calló. Y aceptó. Nada pudo decir sobre el hecho de que sus inseguridades tenían algo de sustancia por una infidelidad que se dio en el pasado. Porque en su momento lo superó y aceptó no echar el tema en cara cada vez que hubiera problemas. Pero ésa es justo la bronca de perdonar una infidelidad y luego dedicarse a rezar para que no vuelva a ocurrir.

Mi amiga argumenta que si el marido aceptó que se equivocó, pidió perdón y se comprometió a hacer todo lo necesario para permanecer juntos, ahora no es justo que le exija confianza incondicional, sin poner nada de su parte. Fer no quiere claves de correo electrónico, tuiter o facebook para mantenerlo vigilado. No quiere su agenda ni monitoreo las 24 horas. Lo que quiere es que él la tranquilice en lugar de echarle bronca, que le hable con amor en lugar de burlarse, que le vuelva a prodigar todas las atenciones que con tanto descuido les da a las demás.

Así cursaron los últimos seis meses ¿o tal vez el último año?, hasta que hace unas semanas la sangre llegó al río. Justo los últimos días de 2011. Mi amiga encontró sin querer algo de apariencia inocente a simple vista. Pero que, bien mirado, se puede prestar a malas interpretaciones. Y ella lo malinterpretó. Sin alzar la voz, con el vacío en su estómago más vacío que nunca, le preguntó qué era aquello, a quién iba dirigido, por qué lo había hecho. ¿Qué espera una mujer cuando pregunta algo así?

Pues ella esperaba que su marido la tomara en brazos y le dijera “es para ti, porque soy el hombre más feliz del mundo por tenerte conmigo”. Sí, qué cursi. O qué tonta. El marido consideró que no había forma de contestar una ofensa de ese tamaño que devolvérsela de la forma en que nunca lo había hecho antes. Le dijo que hasta aquí con su histeria. Que no quería volver a saber nada de la vieja loca en la que se había convertido.

Para mi amiga, esa noche ha sido el inicio del fin, porque desde entonces no se dirigen la palabra más que para lo estrictamente necesario. Fer no sabe hasta cuándo va a durar esta situación tan infinitamente triste y desgastante. No quiere que su matrimonio termine, pero también sabe que no se puede retomar como si nada hubiera pasado. Ella no puede. Sobre todo después de esa última frase lapidaria que se ha quedado grabada en su mente.

Yo sólo escuché a mi amiga, sin poder decir nada. La abracé, dejé que llorara. ¿Qué se hace en casos así? La tristeza de mi amiga me ha contagiado y en estos días lo único que me viene a la mente es esa frase de Marika, personaje de La Mujer Justa de Sándor Márai, cuando le cuenta a la amiga que su malogrado matrimonio le reveló que esa persona exacta para nosotros no existe.

“Un día desperté, me incorporé en la cama y sonreí. Ya no sentía dolor. Y de golpe comprendí que la persona justa no existe. Ni en el cielo ni en la tierra, ni en ningún otro lugar. Simplemente hay personas. Y en cada una hay siempre un poco de todo, es a la vez escoria y un rayo de luz…” (La Mujer Justa, pág. 130, Narrativa Salamandra).

Pido al gran hacedor del universo que mi amiga y su marido escuchen a su corazón en lugar de a su ira. Que resuelvan sus problemas y reencuentren el amor que se tienen. Porque su historia es un poco la historia de todos nosotros y porque nada duele más que ver a nuestros seres queridos fracasar. Porque también se convierte en un fracaso nuestro. Los quiero.

 

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