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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Confesiones de una morenaza
Por Mala Madre
17 de enero, 2012
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Yo, Mala Madre, confieso que soy negra. Negrita cucurumbé para mayores señas. El color de mi piel es de un “moreno subido”, como dirían en casa de mis padres, y para efectos prácticos siempre he sido “la negra” de la familia. Cuando querían algo conmigo, me soltaban un “¡oye, Negra!” y a lo que te truje chencha. No recuerdo cuándo fue la última vez que me llamaron así.

Yo confieso que mi color de piel nunca me ha generado broncas existenciales de tipo alguno. Porque en mi casa nunca fue tema. Recuerdo en cambio a mi papá presumiendo ante sus conocidos la bonita niña que tenía por hija (eso decía él, qué les puedo yo decir) y ése es uno de los recuerdos más hermosos que guardo de mi relación con mi sacrosanto procreador. Y mi madre. Mi mamá tenía la maravillosa costumbre de contarle a quién se dejara lo afortunada que había sido por tener una hija con el pelo chino como el mío.

Una vez tuve la ocurrencia de alaciármelo tras un corte y casi le dio el patatús. Cómo se me había ocurrido atentar contra el prodigio que la naturaleza había realizado para coronar mi cabezota, que si no sabía cuántas matarían por tener un cabello como el mío. Qué quieren, es mi progenitora.

Yo confieso que a diferencia de la forma en que he vivido mi negritud, a otra gente sí le genera problemas mi color de piel.

Cuando niña, en una clínica de tenis, unas escuinclas acostumbraban carcajearse mientras me señalaban y comentaban entre ellas lo café que era yo. Y luego en un campamento, una niña me cantó el “morena, morenaza, así eres o te das grasa”. En otra ocasión, en una alberca durante unas vacaciones, una prima señaló puntualmente el hecho de que yo tenía una ferretería en lugar de pelo. Mi tía la puso como chancla, aunque yo registré el comentario como un elogio. Nunca se me había ocurrido comparar mis rizos con los tornillos de tal o cual torsión.

Ya de adulta, y durante una sesión de fotos para cierto periódico de circulación nacional, con la big sister de unos seis meses, la mamá de otro bebé me comentó lo curioso que mi hija “haya salido blanquita”. Porque es bien sabido que aunque el padre sea blanco, el color negro es el que predomina. Los genes pesan más o algo así. No sé si esto sea verdad, pero evidentemente la susodicha lo comentaba como un logro por haber mejorado la raza.  Pues que no se hable más del tema, me dije, hay que ayudar a la naturaleza. Y mi marido y yo nos encargamos de que Acapulco y Veracruz les “subieran” el color a mis dos chilpayates.

La mayoría de las veces he minimizado los comentarios, porque nunca han pasado a mayores. Incluso llegué a pensar en varias ocasiones lo afortunada que era de no vivir en un país racista como Estados Unidos. Porque en México, me decía, son casos aislados, no un acoso sistemático. En esa creencia andaba hasta que me topé con la campaña Racismo en México, del Consejo Nacional para Prevenirla Discriminación(Conapred), que ya todos conocemos.

No sé ustedes qué piensen, pero me hicieron llorar en particular la niña que dijo que el muñeco blanco era bueno porque “tiene los ojos azules y mejor raza” y el niño que se comparó en las orejas. Porque estos chiquillos han crecido creyendo que merecen ser discriminados por el color de su piel, porque ser blanco es bueno y negro o café, malo.

La parte positiva es que los papás estuvieron dispuestos a trabajar con el Conapred el caso de estos chicos. La parte negativa es la increíble cantidad de padres que debe haber por ahí fomentando en sus hijos la auto-discriminación, por llamarlo de alguna forma, por el color de su piel o por su situación socioeconómica. Y entonces que aparece el patancito de Las Lomas para comprobarlo.

Mi problema con el video de este señor Sacal es que la víctima no metiera ni las manos. Que sus compañeros de trabajo intervinieran sólo para evitar más sangre, no para detener en seco al agresor. Jesús Silva-Herzog Márquez en Reforma resume muy bien el punto en su artículo “Sociedad de la humillación” (16/enero/2012):

“Lo más notable del video, lo más perturbador de la cinta que se conoció esta semana es la reacción de quienes contemplan el atropello. No hacen nada. No defienden al agredido, no contienen al agresor. Miran la escena y se alejan del rabioso. Con su respuesta parece que consienten de algún modo el atropello: lo padecen silenciosamente, resignados a una especie de régimen imbatible.

“Eso es lo que a mi juicio insinúa el video: se ha establecido entre nosotros un régimen de humillación que convierte en normal el atropello del rico, el insulto del acaudalado, el maltrato de quien tiene más. Uno ejerce el derecho de vejar, los otros tienen el deber de aguantar la descarga de odio, de desprecio”.

Entonces, si negro/café es malo, imagínense además si es asalariado y tiene que trabajar o convivir con especímenes como Sacal.

Ante la pregunta de cuál muñeco es bueno y cuál malo, me quedo con la respuesta de la única niña que dijo “ninguno”. Y ante los padres que no saben cómo enseñarles dignidad a sus hijos, porque ellos mismos carecen de amor propio, rescato el cuento “Niña bonita” de la periodista y escritora brasileña Ana María Machado (Ediciones Ekaré), contenido en el libro Español Tercer Grado Lecturas dela SEP:

“Había una vez una niña bonita, bien bonita. Tenía los ojos como dos aceitunas negras, lisas y muy brillantes. Su cabello era rizado y negro, muy negro, como hecho de finas hebras de la noche. Su piel era oscura y lustrosa, más suave que la piel de la pantera cuando juega con la lluvia (…) Al lado de la casa de la niña bonita vivía un conejo blanco, de orejas color de rosa, ojos muy rojos y hocico tembloroso. El conejo pensaba que la niña bonita era la persona más linda que había visto en toda su vida. Y decía: -Cuando yo me case, quiero tener una hija negrita y bonita, tan linda como ella (…)

“-Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita? La niña no sabía y ya iba a inventar algo de unos frijoles negros, cuando su madre, que era una mulata linda y risueña, dijo: -Ningún secreto. Encantos de una abuela negra que ella tenía (…)”.

Con perdón de la adorable Ana María por el descarado robo de sus encantadoras letras, pongámosle una mica al cuento y colguémoslo en el cuarto de los niños. Y todas las noches preguntemos a nuestros retoños cuál es su secreto para ser tan bonitos (y tan morenitos. O tan negritos. Incluso tan blanquitos). Y hagamos campaña con una respuesta tan maravillosa: “ningún secreto. Encantos de mis padres que ahora son míos”.

 

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