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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Dejen el salero en paz
¿Retirar los saleros de los restaurantes nos ayudará a bajar de peso? En esa lógica, mejor habría que hacer un llamado a las pizzerías, hamburgueserías, taquerías y puestos de carnitas, para que den opciones más saludables de los alimentos que sirven, llenos de sodio y grasas trans que nada le piden a un simple salerito.
Por Mala Madre
9 de abril, 2013
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Crecí sin comer chuchulucos en el cine. Ya está, lo dije. Soy una rareza provinciana en territorio chilango.

Mis padres nunca compraron a sus cinco hijos palomitas ni dulces ni chocolates ni chicles ni cacahuates ni nada que se le pareciera en las funciones de permanencia voluntaria, no sólo por economía, sino porque mi padre estaba convencido que al cine no se va a comer. Hasta la fecha, cuando he tenido oportunidad de invitarlos, si acaso me aceptan un café.

La misma política contundente se aplicó también a los refrescos en casa. Eran sólo para los adultos, jamás para los niños. Para nosotros era como el alcohol y el cigarro, algo que sólo consumían los grandes aunque supieran que les hacía daño. Ya tendríamos edad para escoger de qué queríamos enfermarnos, nos decían.

Pero en otros escenarios, la comida chatarra no estaba tan restringida. Veamos: nos daban chance de comprar lo que nos alcanzara con cinco pesos en el recreo de la escuela y teníamos permiso de comer pastel, gelatina y dulces en las fiestas de cumpleaños y en las posadas. Sólo el refresco permanecía vedado, que para eso estaba el agua de horchata.

Por lo mismo, mis hijas han crecido con la convicción de que el refresco es sólo para los adultos. Y cuando en alguna fiesta han tenido oportunidad de tomarlo porque se los han ofrecido, se han sentido unas rebeldes sin causa que desafían a la autoridad. La ventaja es que luego vienen y me lo cuentan (más les vale que sigan así en éste y otros casos por los próximos 10 años ¬¬).

Con el cine no he triunfado. El marido que me conseguí para padre de mis hijas no concibe una ida al cine sin chuchulucos, así que la negociación ha sido permanente para que la bolsa de palomitas sea la más pequeña y servida al ras, y para que compartan los dulces. Sí, ya sé lo que piensan: es sólo una ida al cine, qué exagerada. Pero si consideramos que nosotros no nos perdemos un estreno y que, mínimo, vamos una vez a la semana, empiecen a sumar calorías y sodio y grasas trans.

Si todo quedara ahí, nuestra ingesta de alimentos prohibidos –o por lo menos no muy recomendables de comer tan seguido- estaría más o menos controlado. El problema es que parece que nos persiguen. Por ejemplo, en el parque de diversiones al que no te permiten entrar con itacate, lo más barato y rápido que puedes obtener es una pizza o una hamburguesa fría con los ingredientes más engordadores de la marca. Que pasta crunchy ni que vegetales ni que nada. O lo que ahora ofrece la aerolínea en la que viajamos la última vacación, a la cual ya no le alcanzó para cacahuates: bolsas de frituras con refresco o jugos, aunque claro, siempre puedes pedir agua. En serio, prefiero que den nada. Por lo menos me ahorrarían el debate con mis hijas de por qué no deberían aceptar el tentempié.

 

¿Por cinco pesos más no quiere el tamaño jumbo? Morgan Spurlock y su experimento de 30 días sobre la ingesta de comida chatarra en Estados Unidos. O lo que es lo mismo, cuando la dieta Mcdonald’s nos alcance (¿o será que ya nos alcanzó?)

 

Así que no me salgan ahora con que el gobierno de la Ciudad de México está muy preocupado por que ya somos 48 millones de mexicanos con obesidad, que nos damos un quién vive con Argentina y Chile en el consumo de refrescos en el mundo y que lo único que se les ocurrió fue retomar la añeja solicitud a los restauranteros para que escondan los saleros de la vista del cliente. No se nos vaya a antojar usarlo mientras nos comemos la gordita de chicharrón.

Los saleros no deberían de existir porque es un insulto a la chef o al cocinero. Que me perdone mi amiga la kelly, pero esa mala costumbre de ponerle sal a un platillo que aún no pruebas debería de estar penalizado como una auténtica falta de respeto a la creatividad de quien lo preparó. Digo, de vez en cuando se nos puede extraviar la sazón, pero hasta en ese caso y por educación se come uno el manjar como se le sirvió, lo chulea y da la gracias al anfitrión. ¿Dónde quedaron los buenos modales, chihuahuas?

Todos en México sabemos que el problema de la obesidad ya se nos salió de las manos y amenaza nuestro futuro. Los niños obesos ocupan el cuarto lugar mundial, los hombres el 15 y las mujeres el 23. Se ha documentado en este mismo espacio que la diabetes, una de las primeras consecuencias graves de la obesidad, ya causa más muertes en este país que la guerra contra el narco. Y se han hecho propuestas específicas para tratar de salir del atolladero. Una de ellas es la de gravar con un nuevo impuesto a los refrescos, cuyos argumentos a favor pueden encontrar aquí.

El pasado domingo mi familia y yo salimos a andar en bicicleta por calles de la delegación Benito Juárez, en el segundo recorrido que se organiza desde que entró la nueva administración. Pedaleamos 10 kilómetros con esa espectacular libertad que te da saber que la calle es tuya y que ningún automovilista te va a echar la lámina porque el recorrido está delimitado y bien vigilado. Me dejé llevar y por un momento soñé en lo maravilloso que sería que pudiéramos hacer ese recorrido todos los días para ir a la escuela, al trabajo, de compras. Sin riesgo de ser atropellados. Y empecé a contar los kilos de menos y los pantalones que desempolvaría y lo bien que me sentiría y…

No sé ustedes, pero a mí definitivamente me ayudaría más a recuperar mi peso ideal (el que llevo varios años perdido) el tener opciones para moverme de manera cotidiana en algo que no sea mi auto. Evidentemente no he estado esperando a que esto suceda para ponerme a trabajar en mi asunto, que es estrictamente personal y privado, pero si hay una preocupación del Estado y la necesidad de aplicar políticas públicas para atender el tema, no es pidiendo a los restaurantes que retiren los saleros como podremos entrarle. En esa lógica, mejor habría que hacer una atento llamado a las pizzerías, hamburgueserías, taquerías, puestos de carnitas, garnachas y quesadillas, cines, parques de diversiones y aerolíneas, por mencionar algunos negocios, para que den opciones más saludables de sus productos, llenos de sodio y grasas trans que nada le piden a un simple salerito.

Ya se hizo un intento por atender el caso de nuestros niños en el gobierno anterior, cuando se acordó limitar la venta de comida chatarra en las escuelas. ¿Ha funcionado? ¿Vale la pena retomarlo o mejor inventamos otra cosa? Me cuentan que en Petróleos Mexicanos están motivando a su personal con ascensos y aumentos de salario si alcanzan tallas saludables. A mí definitivamente me convencerían con eso.

Si tan grave es el asunto ¿por qué no hay un debate nacional sobre el tema? Preguntemos a los expertos, hagamos propuestas, inclúyanos a los gorditos en la solución, seamos solidarios entre todos, ciudadanía y Estado. Bien sabemos los que tenemos sobrepeso la fuerza de voluntad que se requiere para dejar de comer las cosas que nos engordan. Y si la decisión de cerrar la boca –asunto, repito, exclusivamente personal y privado- es apoyada con políticas que verdaderamente impacten nuestra vida cotidiana (traslados, trabajo, esparcimiento), ni a quien se le antoje un chuchuluco en el cine.

 

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