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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Muy puto para engañar a su mujer
Por Mala Madre
22 de noviembre, 2011
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A todo el equipo de Animal Político, por nuestro aniversario

La primera y única vez que he oído esa frase fue de un amigo, en una cena. Se hablaba de cierto personaje público que no se animaba a tomar unas necesarias pero impopulares medidas políticas. Antes de soltarla, me advirtió que no me iba a gustar. Y tenía razón, no me gustó: “es tan puto, que nunca ha engañado a su mujer”.

No sé si el personaje en cuestión dejó su putería y realizó el trabajo por el cual se le pagaba o, siendo literales, si alguna vez ha engañado a su mujer, pero a mí la frase se me quedó grabada para siempre. Porque me dejó un desasosiego, una cierta depresión, una punzada en el corazón.

Sumémosle a eso lo que por años han documentado numerosos estudios: que si el amor se acaba a los cuatro años de iniciada la relación, que si la comezón del séptimo, que si a los hombres les gana el instinto salvaje de repartir su semilla entre cuánta damisela se deje, que si ya es hora de dejar de hacernos tontos con el tema.

Porque luego llega América Pacheco y nos suelta la revelación: que un alelo no se qué, del gen no sé cuantos, es el responsable de la infidelidad en los hombres. En las mujeres quién sabe. Que eso es lo que dice el Instituto Karolinska de Estocolmo.

Vayan ustedes a saber. El punto que quiero platicarles es lo que las mujeres hacemos con esa información. Lo que hacemos con esa advertencia que nos soltaron desde niñas en casa, sobre la imposibilidad biológica de los hombres para ser fieles.

Por ejemplo, tengo una amiga que por años ha sido amante de un hombre casado. Sus amigos mutuos conviven con ellos como pareja, a sabiendas. La esposa es muy feliz en su casa y mantiene una relación muy buena con el susodicho infiel. Parece que el señor cumple con su papel de esposo proveedor, además de buen padre y compañero. Está cuando se le necesita y no le falta el respeto a su mujer. A la antigüita, pues.

A su vez, mi amiga dice ser feliz porque obtiene de él la mejor parte: nunca hay pleitos ni disgustos, sólo convivencias plenas de bienestar. Además, está a punto de obtener un patrimonio de su parte: un precioso departamentito en una linda colonia, alejada de las preocupaciones de una hipoteca o de una renta que pagar. Está convencida de que se lo merece, porque de alguna forma siente que incluso le ha hecho un favor a la esposa, quien después de casi 30 años de casada algo agradecerá el tener un poco de espacio.

El susodicho debe ser el más feliz con la relación, supongo. Tiene a las dos mujeres contentas y, al estilo de Diego El Cigala, el corazón loco. Porque ya son demasiados años como para renunciar a tan beneficioso arreglo.

Otra amiga mía suscribió un acuerdo demasiado progre para mi gusto. Su marido tiene permiso de tener sexo con otras mujeres, siempre y cuando sea asunto de una noche. Una sola vez y ya. Por supuesto que su matrimonio durará hasta donde ella quiera, porque el esposo está convencido de que es la mejor compañera que pudo conseguir.

No me queda claro si le lleva la cuenta o si parte del arreglo incluye que él le avise cada vez que sucede y entonces ella se cerciore de que no suceda más. Supongo que parten del principio de que, si él ya tiene el permiso, no hay necesidad de engañar. Pero, ¿qué pasa si la elegida en una noche cualquiera causó el suficiente impacto como para repetir… las veces que sean necesarias?

De acuerdo, el arreglo les ha funcionado porque ya van para 20 años juntos y ahí están, tan felices y contentos. Quién soy yo para meter cizaña.

Otra cosa es aquel caso que conocí cuando adolescente, en mi pueblo. Un galante abarrotero de conocida tienda local se le ocurrió ponerle el cuerno a su esposa con una cajera. Cuando se enteró, la esposa llegó toda brava, cuchillo cebollero en mano y en pleno mediodía de un miércoles de plaza, a blandir su clara amenaza en contra de la rompehogares.

La cajerita tuvo suerte de que una amiga de la esposa se interpusiera a tiempo para que la sangre no corriera al río. Literal. La esposa también tuvo suerte, porque después de la calma vino el horror por aquel impulso asesino que pudo ser fatal para todos. La pareja la pasó mal un rato y finalmente acordaron continuar. Para la esposa nunca volvió a ser lo mismo. La confianza se rompió como un cristal, que pudo pegar, pero que quedó todo cuarteado. Me consta que siguen juntos.

A mi abuela materna, la querida doña Concha, la posible infidelidad de su marido la tenía sin cuidado. Varias veces la oí decir que si ella era la catedral, no le importaban las capillitas. El recuerdo que yo tengo de su relación con el abuelo Alfonso es muy lindo: los dos viejitos (que en realidad no lo eran tanto, rondando los 60 y tantos años), sentados en la mesa de la cocina después de desayunar, planeando desde ya lo que se haría de comer.

Nunca oí historias de alguna infidelidad ni de hijos regados por ahí. Si lo hubo, la familia guardó muy bien el secreto. Me quedo con esa imagen de mis abuelos, tan amorosos entre ellos, y mucho más con sus hijos y sus nietos.

Pero no toda la gente que conozco ha tenido tanta suerte. Tengo un amigo al que no le ha ido muy bien en el amor. Su pareja más reciente le armaba unos dramas terribles por celos, no sé si justificados. Con un dejo de humor negro, mi amigo soltaba que ni que estuviera tan bueno para que las mujeres fueran cayendo a sus pies cada vez que salía a la calle.

Eso no, seguro. Pero nunca falta un roto para un descocido, diría mi abuela. Y a quien le dan pan que llore, completaríamos. Llegados a este punto, sólo tengo un comentario más. No entiendo a las mujeres que tienen sexo con hombres casados, que hacen todo para que la esposa se entere: dejan cosas personales en los autos del susodicho, llaman a las casas y cuelgan, les mandan mensajes o correos con la esperanza de que sean descubiertos o de plano, se apersonan en el domicilio particular y gritan a los cuatro vientos el engaño del, ya para entonces, interfecto.

Conozco varios casos así y me parece una actitud muy contradictoria y poco solidaria. Si esperan desbaratar el matrimonio y quedarse con el disputado, pues mal empiezan su relación. Si sólo quieren vengarse porque no se divorció de la esposa, que culpa tiene la susodicha. Suficiente tendrá con el marido que la podrá seguir engañando. O no.

La mujer que se involucra con un hombre casado debería saber a lo que va. ¿Para qué hacer sufrir a alguien inocente? Ella al final se dará cuenta, no entiendo la crueldad.

Porque en esto del amor soy muy conservadora. Aquí no me gustan las modernidades ni los planteamientos progre. Y me vale un rábano la biología. En mi caso, el compromiso es sólo de dos, no cabe nadie más. Ese es nuestro arreglo y así lo aceptamos antes del papel firmado, las hijas y el bodorrio.

Y aspiramos que sea para siempre. No digo que lo vayamos a conseguir, pero nos esforzamos en el intento. Se vale equivocarse y se vale rectificar. Pero no se vale mentir ni humillar. Mucho menos traicionar. Pero esa soy yo y mi circunstancia. Cada quien sabrá.

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