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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Domingo de plaza
Por Mala Madre
28 de febrero, 2012
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Pues no, nunca se me habría ocurrido. Es más, tal opción se encuentra en el primer lugar de la lista de cosas que jamás haré, en aras del bienestar familiar.

Veamos: alguna vez en largas pláticas de sobremesa con amigas de toda la vida, en las que me han preguntado, y me he preguntado, qué acción, estrategia o táctica ha hecho posible mis casi 16 años de vida en pareja (seis arrejuntada, 10 casada), la comunicación ocupa el primer lugar ideal.

De ahí en adelante nos dedicamos a enumerar lo que incontables estudios, la experiencia y el sentido común dictan: el compromiso, un proyecto común, el respeto, la confianza. El amor, por supuesto. Después de estos acuerdos, el consenso entre la mayoría es lo que no se debe hacer: actitudes posesivas, inseguridad, celos enfermizos, por mencionar los que más destacan a la hora de acabar con la relación de pareja y la estabilidad de la familia.

Después de tanto darle vueltas al asunto, he llegado a la conclusión de que en mi caso es algo mucho más pragmático. Quisiera decirles que ha sido nuestra compenetración como pareja y nuestro buen desempeño como padres lo que ha hecho funcionar la vida familiar #Aysiajá. Pues no. Debo confesar que una de las cosas básicas que me ha permitido salir adelante es que nunca, pero nunca, voy al súper con mi marido y si lo puedo evitar, ni con mis hijas.

¿Han ido al súper un miércoles de plaza al mediodía? ¿Han tratado de mover un carrito de servicio entre todas esas mujeres que se disputan el jitomate saladet, el mango ataulfo y la naranja valenciana? El plátano tabasco y el aguacate hass, que sólo esos días están en su punto, son codiciadísimos y a veces inalcanzables: no hay forma de que superes la muralla de metal, ruedas y señoras que, en buen símil del tráfico del estacionamiento y de la ciudad en general, van bloqueando los pasillos hasta que no hay forma de avanzar.

Las secciones de carnes frías y de carnes frescas merecen capítulo aparte. Si van en el número 10 y les tocó el 43, por decir algo, bien pueden ir por el resto de la compra y regresar en 90 minutos por sus milanesas de pollo, el kilo de aguayón, y el jamón de pavo. Si bien les va.

Díganme entonces qué relación de pareja o qué familia sobrevive a algo así. Si llegaron contentos y risueños, saldrán con ganas de tramitar el divorcio express y presentar una demanda de emancipación, en el caso de los escuincles. Aunque ahora que lo pienso también podría funcionar al revés: si quieren meter al orden a un adolescente rebelde, mándenlo a que se forme para pedir las puntas de filete. A ver qué otro día le quedan ganas de volarse una clase.

Claro que me fui al extremo. Pero los fines de semana estas tiendas no cantan mal las rancheras. Esos días es más común ver a la familia completa de compras, es cierto, pero siempre me ha latido que es por necesidad, más que por gusto. ¿O no?

No sé ustedes, pero yo odio las multitudes. Trato de ir de compras muy temprano, casi cuando abren la tienda, o por la noche, cuando se supone que todo mundo está instalado en su casa. A esas horas puedo escoger con calma, sin nadie que me presione ni me arrebate lo que busco. Por lo cual, nunca me verán en esos establecimientos comerciales un miércoles de plaza. Mucho menos un domingo al mediodía. Y ni se diga con mi familia.

En esa lógica mía, me encontré (igual que ustedes) con la siguiente sorpresa dominguera:

 

 

 

Al principio pensé que se trataba de una estrategia de campaña de Josefina Vázquez Mota para conseguir votos, pues qué otra cosa podría buscar cuando arrastró a su familia al súper en uno de los primeros días libres que ha tenido en los últimos cuatro meses. Muy su tiempo libre, ¿no? Y pues algo hay que hacer en la veda electoral.

 

 

Después caí en la cuenta de que, a juzgar por los dos votos que obtuvo, o ratificó con foto incluida, le habría ido mejor si se hubiera lanzado al cine o el teatro, cosa que su familia habría agradecido más. Supongo. Así que no, no se trataba de eso.

Fue cuando entendí: en realidad la candidata del PAN a la Presidencia de la República fue a hacer un estudio de mercado para aprenderse los precios de los productos de la canasta básica, por aquello de que se lo pregunten en cuando arranquen formalmente las campañas el próximo 30 de marzo. Y ya sabemos como se las gasta @SalCamarena al respecto.

Otra opción es que haya ido a averiguar si ahí se compran vot… Ok no. Olvídenlo.

Así que si creían que Vázquez Mota andaba violando la veda electoral, están muy equivocados. Igual un día de estos se la encuentran en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, no se vayan a asustar.

En unas cinco semanas doña Josefina nos podrá demostrar qué tanto se aplicó al darle una repasada a las cosas cotidianas de la vida. Propongo que la invitemos a una entrevista colectiva tipo maratón para checar si hizo bien la tarea. ¿Precio del ramito de mejorana? Un punto ¿Litro de leche? Cinco puntos. Huevo, azúcar, arroz y frijol es un combo de 10 cuya respuesta correcta ameritará que revisemos sus propuestas de campaña.

Por lo que a mí respecta, no me pregunten en cuánto está la cebolla o que les explique la diferencia entre cilantro y perejil (el precio de las tortillas sí lo sé, porque las compro diario). Una vez a la semana voy al súper por lo necesario para alimentar a mi familia, no para compartir con ella. Tampoco me aprendo los precios porque varían a cada rato y, además, no tengo la obligación de saberlos, ultimadamente. Ni que fuera candidata.

 

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