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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Esto es un asalto
Por Mala Madre
1 de noviembre, 2011
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La primera vez que me asaltaron fue en un cajero automático de una sucursal bancaria, un sábado a las 10 de la mañana, hará unos 10 años. Desde que entré algo me latió mal del nervioso chavo que ocupaba una de las tres ATM, pero no hice caso a mi intuición.

 

Apenas el aparato comenzó a soltar el dinero, el sujeto volteó con una pistola que a mi me pareció que tenía silenciador. No sé, era muy larga. No tuvo que decir nada, simplemente me retiré unos pasos y permití que tomara el dinero directamente del cajero. El joven que ocupaba la máquina restante intentó oponer resistencia y casi le doy un zape. En cuestión de unos segundos, el ladrón obtuvo un botín de ocho mil pesos y se largó.

 

Incrédulos, los dos victimados nos quedamos pasmados unos segundos más. Retiramos nuestras tarjetas de los cajeros y recuerdo que me preguntó si íbamos juntos al Ministerio Público. Le dije que no. Agarré mis cosas y me fui.

* * *

La segunda vez que me asaltaron los ladrones se metieron al departamento en el que vivo actualmente con mi familia. De esto hará unos ocho años. También fue un sábado, pero alrededor de las dos de la tarde. Salimos al parque un par de horas con las niñas y cuando regresamos la puerta estaba abierta y ya no teníamos computadora, ni discos (entre ellos la colección de 150 discos de jazz y blues de mi marido) ni joyas (las que me regaló mi suegra el día de mi boda, las que la abuelita de mi marido les ha heredado en vida a mis hijas y el anillo que me dio mi mamá el día de mi graduación de la universidad). No les interesó el viejo televisor ni los electrodomésticos, o simplemente no les dio tiempo de llevarse más.

 

El administrador del edificio me preguntó si ya había denunciado el asalto y le dije que no lo haría. Tengo paranoia de los policías que acuden a levantar los datos de un robo a casa habitación y terminan el trabajo de los asaltantes. Un par de amigos que vivieron en nuestro departamento algunos años atrás pueden dar constancia de que mi pesadilla es una dolorosa realidad en esta ciudad. Y eso que los polis los conocían y acudieron “de cuates” al llamado de auxilio.

* * *

La tercera vez que me asaltaron fue en un súper, un miércoles de plaza, a la una de la tarde, un día de diciembre de hará unos cinco años. Me acuerdo perfecto porque nos acababan de pagar el aguinaldo a mi marido y a mí y acudí al cajero para revisar el saldo y empezar a gastármelos. Se me ofreció comprar un par de cosas y cometí el error de sucumbir ante ese mundo de gente.

 

Con la bolsa al hombro y carrito por delante, me dejaba llevar por la marea humana cuando un par de mujeres me cerraron el paso con sus respectivos carros. Alcancé a reclamarles la grosería y seguir de frente, cuando algo en la cara de espanto de una de ellas me hizo voltear a ver mi bolsa, abierta y sin el monedero donde guardo efectivo, tarjetas de crédito, identificaciones, fotos de mi familia.

 

Las mujeres se dispersaron tan rápido que sólo atiné a quedarme unos segundos parada con la mente en blanco. Corrí al área de atención al cliente para pedir ayuda, mientras intentaba llamar frenéticamente al banco para cancelar mis tarjetas antes de que las usaran. Creo que traía 100 pesos y un billete de cinco euros (como amuleto de la suerte para atraer más euros. Sí, así de absurda puedo ser).

 

El eficiente personal de seguridad de la tienda tardó un par de minutos en ubicar a las mujeres y encontrar mi carterita con todos mis documentos, menos el efectivo. Quería abrazar y besar a la señorita guardia y al jefe de seguridad de la tienda. Resultó que ya tenían detectada a doña ladrona y su banda, para no habían podido agarrarla in fraganti hasta ese día.

 

Me pidieron que denunciara ante el MP, que ellos me acompañaban, que la ñora era una lacra y que la única forma de conseguir diezmar su imperio delictivo era con una denuncia ciudadana que permitiera ficharla aunque pisara la cárcel un par de horas y luego saliera bajo fianza. Estaba tan agradecida por haber recuperado mis cosas, que acepté denunciar casi como un favor al personal de la tienda.

 

Tardé cuatro horas en el ministerio público. En ese lapso, doña ladrona intentó sobornar a los policías para que la soltaran, según contó uno de ellos, y tres policías requirieron en distintos momentos mi nombre y dirección y se llevaron datos falsos, porque me dio miedo dar los verdaderos. Pregunté al MP por qué solicitaban santo y seña de esta mala madre y me dijo que no tenían por qué pedirlos, que los datos personales se salvaguardaban bajo 20 candados y seguros de protección cibernéticos.

 

Juro que al día siguiente un hombre de unos 50 años, vestido todo de café, hizo guardia durante unas cinco horas en la acera de enfrente de mi edificio y luego se fue. Desde entonces se han metido tres veces a robar. En dos ocasiones sin suerte para ellos. La más reciente fue la semana pasada, en la madrugada del jueves. Se llevaron autopartes: espejos, tapones, llantas de refacción, baterías. El administrador denunció los hechos con el supervisor de nuestro cuadrante y ya se están tomando medidas. Se detectó un taxi, tripulado por dos mujeres y dos hombres, como sospechosos.

* * *

En su más reciente encuesta nacional en vivienda, Parametría revela que el 82 por ciento de los mexicanos nunca ha denunciado un delito, entre otras razones, porque se tiene la impresión de que “no pasará nada” si lo hacen (45 por ciento de los encuestados).

 

Debo confesar que hasta hace no mucho me ubicaba en esos porcentajes estadísticos. Con vergüenza debo admitir también que cuando la suboficial Omega (quien forma parte del personal permanente del cuadrante donde vivo) llegó a mi domicilio a entregar la información sobre el nuevo esquema de trabajo dispuesto por la Secretaría de Seguridad Pública del DF, me dio miedo abrirle.

 

Quiero creer que esa percepción que tenemos los mexicanos respecto a que la seguridad pública es peor hoy que hace un año y que empeorará en los próximos 12 meses, de acuerdo con los datos de la Encuesta Continua de Percepción sobre Seguridad Pública elaborada por el INEGI, puede ser corregida por el operativo implementado por la SSPDF.

 

El secretario de Seguridad Pública, Manuel Mondragón, informó en abril de este año que los primeros resultados ya se han dado, al reducirse en 8 por ciento el índice de robo con y sin violencia a casas habitación, comercio y vehículos.

 

Lamento informar que en ese porcentaje no está incluida mi calle, con todo y que los patrulleros asignados, el subinspector director, el suboficial Gama, el primer oficial Delta y la suboficial Omega han manifestado su mejor disposición para que nuestro cuadrante sea ejemplo del trabajo bien hecho en el próximo informe del secretario.

 

Entiendo que esto sólo será posible si los ciudadanos denunciamos los delitos de los que somos víctimas. Pues ya estuvo. Ahora que a todos mis vecinos y a mí nos tocó perder algo, parece que estamos dispuestos a organizarnos por el bien común y actuar. Luego les platico cómo nos fue.

 

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