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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 28 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 28 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
¡Ay, horario de verano!, ya me volviste a dar
Hay gente que jura que el cambio de hora le afecta la concentración, el carácter, el ánimo. Yo tengo la hipótesis que todo es culpa de ese mal nacional que padecemos los mexicanos y que tiene que ver con que no sabemos seguir instrucciones.
Por Mala Madre
9 de abril, 2019
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Me divierte, debo confesarlo. Cada año es la misma historia: gente enojada porque ahora “se va a tener que levantar más temprano”. Y luego empiezan las matemáticas. Si antes me despertaba a las cuatro, ahora lo haré a las tres… ¿o es a las cinco? O sea, ¿me suman o me restan la hora? Es decir, ¿va a tener más horas el día o menos? Dura menos, ¿no? Pero yo trabajo lo mismo y hasta más porque cuando me doy cuenta ya son las ocho de la noche y apenas va a oscurecer y yo no he terminado y… Ya ni entiendo pues, pero lo seguro es que estaré más cansada.

Hay gente que jura que el cansancio le dura hasta octubre, cuando nos devuelven la hora que nos robaron. Que le afecta la concentración, el carácter, el ánimo. Que la pone de malas, pues. Yo tengo la hipótesis que todo es culpa de ese mal nacional que padecemos los mexicanos y que tiene que ver con que no sabemos seguir instrucciones.

Pero no se me enojen; les cuento. Primero, se nos pide adelantar el reloj el sábado para que durmamos nuestras doce ocho horas reglamentarias y el domingo hagamos nuestro día normal para empezar el lunes con un aquí no pasó nada.

¿Y hacemos caso? Claro que no, señora. En su lugar nos concentramos todo el día en recordar que nuestro celular dice que nos levantamos a las 9, cuando-en-realidad-todos-sabemos-que-fue-a-las-ocho. Que nos citamos a comer con la familia a las cuatro, porque siempre nos da hambre a las tres y al estómago no se le engaña. Que son las 10 de la noche del nuevo horario, pero tú no te puedes dormir porque-apenas-son-las-nueve-y-no-tienes-sueño. Y el lunes la historia son las ojeras, la desmañanada y el maldito reloj del auto que año con año no sabemos cómo ajustar y cada vez que nos subimos nos recuerda que vamos por la vida con la hora equivocada.

No vamos a debatir aquí si el cambio de horario es bueno o malo, aunque en este enlace pueden encontrar cinco argumentos a favor de aplicarlo (jeje). A mí me gusta porque en lo personal le veo más beneficios que desventajas. Por ejemplo, puedo salir en pijama de la casa para llevar a la hija a la parada del transporte escolar sin claridad que me ponga en evidencia, y aprovechar hasta el último minuto de mi sagrado sueño. Otra ventaja es que puedo regresar y acostarme de nuevo, porque todavía no amanece y mientras no haya luz, no hay culpa. Y créanme, no es un tema menor. A todos en casa conviene que yo duerma mis horas, así sea intercaladas.

Y antes de que me regañen acepten que para las horas en que entran los chamacos a la escuela, generalmente se despiertan de madrugada justo cuando el gallo canta para llegar a tiempo a sus planteles. Levantarse cuando todavía no amanece no es culpa del horario de verano, sino de las escuelas, los trabajos, las distancias, el diseño de la ciudad, el transporte público y lo que ustedes quieran y manden.

Pero estábamos en los beneficios. Para la familia de esta mala madre la mayor aportación es que anochezca tarde. Las hijas sienten menos riesgo de moverse en el transporte público si tienen una actividad vespertina, con la ventaja adicional de que no tengo que sacar el coche para ir por ellas. No es garantía de nada, pero ya es algo. En estos tiempos, regresar a casa con luz de día es un bien que muchas mujeres sabemos aquilatar. En América Latina y el Caribe más del 50 % de los usuarios y usuarias del transporte público somos mujeres, quienes además mayoritariamente caminamos como modo de transporte. Y hay varias razones para ello, como nos lo explica acá Dana Corres.

No echemos en saco roto esta medida que lleva los años que mi marido y yo hemos durado juntos, o sea 23. Ya aguantamos, pues. No nos hagan la mala obra de dejarnos solos en el camino, cuando nos hemos acompañado tanto tiempo. Pero para que no digan que sólo pienso en mí y en mis necesidades familiares, y como un gesto de buena voluntad para que todos le encontremos el beneficio común, les tengo una idea millonaria.

Propongo que a partir del próximo año no nos avisen del cambio de horario. Que los celulares, las computadoras y la tecnología que rigen nuestra vida y son sabios como el pueblo bueno hagan lo suyo y actualicen la hora sin decir ni pío, para que cuando nos despertemos no nos demos por enterados. Apuesto mi colección de Jazmín, Julia y Bárbara Cartland a que seguimos con nuestra vida sin hacer el menor pancho. Podemos incluso dejarlos programados y olvidarnos del asunto, para después tener tema de conversación sobre cómo se han ido alargando los días año con año. Sobre el control de las máquinas en nuestra vida –detalle menor, no sean fijados– otro día lo platicamos.

 

@malamadremx

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