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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
La madre de todas las quejas
Quejarse es bueno para la salud y para el país, sépanlo promotores de abrazar a México y de marchar por él ante el embate de Trump.
Por Mala Madre
7 de febrero, 2017
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Todos los días, desde que me levanto hasta que me acuesto, encuentro algo en mi cotidianidad de lo cual quejarme. Que si las hijas se fueron a la escuela sin tender sus camas. Que si los vecinos sacaron a sus perros sin correa y no levantaron sus heces porque “se les olvidó” la bolsita. Que si algún cochista se estacionó en doble fila en División del Norte sin importarle el tráfico de dios padre que provocó, porque trae placas de Morelos y transita por Chilangolandia con la impunidad que le otorga Graco Ramírez y la Comisión Ambiental Metropolitana (y el jefe de gobierno, ya que estamos en ésas). Que si Trump tuiteó la enésima barbaridad con la que cayó más el peso, mientras el gobierno insiste en que es un good hombre dispuesto a negociar y a considerar el beneficio de México.

Quejarme tiene la gran virtud del desahogo, y eso es bueno para mi salud y la de los demás. Créanme. Eso, por sí solo, ya es mucho. Pero además, en ocasiones quejarme también me impele a hacer algo al respecto. Si son mis hijas, la consecuencia obvia es tres zapes para que aprendan (ya en serio, la verdad es que las camas se quedan desarregladas hasta que les piquen las sábanas, tengan invitadas o me harte y las obligue a tenderlas). A los vecinos les ofrezco una bolsita para que recojan las gracias de sus perros, con la esperanza de que dejen de contaminar. Y el otro día hasta me atreví a conminar amablemente a un tipo en una camioneta a que avanzara y dejara de estorbar, bien linda yo. No se quitó, pero por lo menos noté que le dio un poquito de vergüenza. Sobre Trump no puedo hacer más de lo que hace él, o sea, tuitear. Sobre nuestros honorables funcionarios públicos, estoy recabando una lista de las acciones colectivas a las que me puedo sumar, para que dejen de llevarse todo lo que encuentran a su paso y el siguiente gobierno tenga con qué trabajar sin cargarnos la mano con más impuestos o dejarnos sin patrimonio.

Dicho lo cual, estoy muy al pendiente de las campañas que nos proponen distintas acciones para hacer frente a la amenaza que Trump representa para el país. Pero nomás no las entiendo. Por ejemplo, Abraza México. ¿La han visto? Últimamente me la topo cada que voy al cine. Son un grupo de artistas y personalidades que acaban de descubrir que en México existe Mazatlán y los tacos sudados o algo así. Y nos invitan a vacacionar y consumir mexicano. Tengo 48 años haciéndolo, así que su invitación llega un poco tarde. Pero dejen eso, que es lo de menos. Lo que realmente molesta es su alto a las quejas. ¿Cómo por qué? Cada que lo veo me convenzo más que los autores de esta campaña quieren que me enferme o me engusane. Si me dejo de quejar algo malo puede pasar, ténganlo por seguro. La queja en mi caso es una válvula de escape y un call to action, como les gusta decir a los milennials. Si dejo de quejarme, me inmovilizo. Y las cosas se me empiezan a resbalar. Necesito mantener mi estado de indignación para que no se me quiten las ganas de hacer algo, aunque de pronto no sepa qué, para cambiar el estado de cosas. La indignación y la queja me mantienen consciente de que los gobiernos impunes sobreviven hasta que los ciudadanos quieren.

Y luego, el regaño. ¿Quién les dijo que así se motiva a la gente? ¿No aprendieron nada de la campaña de lactancia del gobierno capitalino y su no le des la espalda a tu chamaco, mujer egoísta? ¿Ni del peñanietísimo ya chole con sus quejas? Por eso menos entiendo que en la convocatoria a la megamarcha nacional del próximo 12 de febrero en contra de Trump se insista con la cantaleta. “No más quejas. Reconozcamos nuestra responsabilidad y hagamos algo al respecto”. What? ¿Nuestra, Kimosabi? A mí que me esculquen. No quiero regresar al consabido tema de los impuestos, pero esa debería ser la primerísima vara para empezar a acreditar responsabilidades a cada quien. Luego está el voto. Lo siguiente son las contribuciones personales y sociales que se hacen para que la impunidad permee y los bad hombres que pululan por aquí se salgan con la suya. Así que no, a mí no me incluyan en su saco.

Y luego el tema de la convocatoria. Vale lo que el peso que nosotros nos manifestemos en contra de Trump, a quien –by the way– sólo le vamos a causar ternurita. Que lo hagan los vecinos y de paso arreglen el desaguisado en el que nos metieron a todos. A mí lo que me interesa es manifestarme para exigir al gobierno que reaccione y que defienda nuestros intereses. Que arregle el despiporre que tenemos en el país. Que vea, sí, por los mexicanos en Estados Unidos, pero también por los centroamericanos en nuestro territorio. Que se preocupe por el muro del sur y no sólo por el del norte. Y por favor, que oiga las propuestas de los expertos y no sólo a los asesores que llegan a aprender.

Entiendo que son 18 organizaciones las convocantes para hacernos vibrar a todos el próximo domingo, y que en esa amalgama caben muchas posturas, pero desde ahora les informo que la marcha que organizan es la madre de todas las quejas. Porque las manifestaciones son eso: una GRAN QUEJA colectiva. Y eso está bien. Sirven para desahogarnos y para intentar que los gobiernos escuchen, en función de nuestra capacidad de convocatoria. A veces se logran cosas, a veces no, pero lo importante es insistir. Y por eso no podemos dejar de quejarnos y de indignarnos, porque el siguiente paso es la acción, que no la dejadez ni el conformismo. Así que, por favor, destierren de su discurso el tufillo paternalista y autoritario, que la mayoría de nosotros tenemos años yendo a Acapulco y comiendo carnitas y pozole, como para que ahora nos vengan a decir que es mejor que ir a Miami o San Diego. Años de tomar las calles porque estos gobiernos no se cansan de menospreciar al ciudadano, para que ahora vengan a darnos clases de etiqueta sobre cómo debemos manifestarnos. Y sí, nos vemos el domingo porque yo no dejaré de quejarme. ¿Ustedes sí?

 

 

@malamadremx

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