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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
La pandemia que me ha dejado dormir
En unas semanas más las autoridades de este país pretenden que empecemos a salir y yo sólo aspiro a que este momento se extienda lo más posible.
Por Mala Madre
19 de mayo, 2020
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Escribo esto a deshoras, mientras todos duermen. O casi todos. Una de las hijas sigue conectada con sus amigues, intentando compensar con Houseparty todas las fiestas pospuestas en los 65 días que llevamos de encierro. Chucho el cucho me observa sentado mientras tecleo. Me sigue a todas horas y a todas partes y creo que ya le alteré su ciclo de sueño. Después de algunas vueltas intentando acomodarse, por fin se rinde y termina acurrucado a mis pies en el sofá de la sala, mientras me acompaña con sus ronquidos.

Hoy es el primer día del aislamiento social que no duermo, por estar escribiendo. El resto del tiempo si bien me he desvelado, como suelo hacerlo, he descansado sin sobresaltos. A pesar de lidiar con el trabajo del portal, el trabajo de casa, el trabajo que dan dos perros, el trabajo que generan dos hijas universitarias y un marido, y la angustia que me provoca que cualquiera de los cuatro llegáramos a enfermarnos (toco madera y burro), he descubierto que llevo 65 días durmiendo a pierna suelta. Mi descanso no es gratuito y lo razoné hace apenas unos días, después del enésimo coraje por esa necedad presidencial y social de negar la violencia de género, la otra epidemia que lleva décadas asolando a este país y que, contradictoriamente, no ha provocado ninguna medida de emergencia para detenerla.

No me había fijado, pero desde hace nueve semanas no tengo esa opresión en la boca del estómago por estar esperando el mensaje de Whats App que me confirme que la menor llegó con bien al metro, a la Facultad, al punto de encuentro en aquella plaza donde quedó con sus amigas. Llevo dos meses sin insomnio por aguardar el ruido de la llave en la puerta que hace la mayor al regresar del reventón en el que andaba. Me he descubierto sin dolores de cabeza sólo de pensar en la negociación que tendría que hacer con alguna de las dos para que entiendan mi insistencia en llevarlas y traerlas todas las veces que sean necesarias de los lugares a donde vayan, hasta ese luminoso día en el que ya no tengan que depender de mí.

Mis hijas están en casa. Mis hijas están seguras.

Esta pandemia horrible me ha dado una tregua. Llevo 65 días sin la angustia de que algo les pueda pasar a mis hijas por ser mujeres y por ser jóvenes que aspiran a estudiar, a trabajar, a divertirse, a tener una vida. Mis hijas tuvieron que quedarse encerradas en casa para que yo pudiera dormir.

Estos días además he tenido la fortuna de convivir con ellas como tenía rato que no lo hacíamos. Hemos platicado, cocinado, reído a carcajadas, nos hemos reencontrado, llorado a moco tendido, nos hemos perdonado.

Así que salir a la “nueva normalidad” no se me antoja ni tantito. Sé que habrá que regresar, tenemos qué, ya quiero qué, pero ahora a la angustia por la violencia de género que las convierte en blanco directo en tanto mujeres jóvenes, se agregará la posibilidad de que se enfermen.

Hace unos días, mientras las escuchaba carcajearse con sus amigas, pensaba en la época tan gozosa que les ha tocado vivir: jóvenes unidas, sororas, divirtiéndose, apoyándose las unas a las otras, movilizadas, empoderadas, felices. Y al mismo tiempo qué época tan horrible, con su impune violencia machista que no cesa y ahora la enfermedad con sus crisis de salud, empleo, económica, educativa, junto a todos esos prejuicios a flor de piel que tanta gente ya no tiene ni la mínima vergüenza expresar.

En unas semanas más las autoridades de este país pretenden que empecemos a salir y yo sólo aspiro a que este momento se extienda lo más posible. Sé que es una tontería, pero allá afuera el mal se ha traído refuerzos y por ahora me niego a confrontarlos. Así que aprovecharé para almacenar toda la energía que pueda de este tiempo con mis hijas, para hacerme la fuerte cuando llegue el momento en que no me quede más remedio que dejarlas ir.

@malamadremx

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