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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Maestros, devuélvannos las marchas
Octubre nos recibe con los maestros de la CNTE empeñados en su estrategia de presión. ¿Les ha funcionado? ¿Están en su derecho los maestros al tomar de rehenes a los defeños? ¿Nos falta a los ciudadanos solidaridad y conciencia social?
Por Mala Madre
1 de octubre, 2013
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Si nunca en sus vidas han participado en una marcha, se han perdido de una experiencia liberadora. Tomar las calles para reclamar un derecho, defender un principio, obligar a quienes toman las decisiones a que nos vean (¡aquí estamos, hágannos caso!) no es poca cosa. La comunión con tantas voces reclamando lo mismo que tú hacen sentir que no está uno loco, que estás en lo correcto, que es apenas un mínimo de justicia lo que se pide. Y si además cuentas con el apoyo y la solidaridad de la ciudadanía que te ve pasar, ya estás del otro lado. No somos uno ni somos 100, pinche gobierno cuéntanos bien. Sí. Siente uno que hay futuro en este país.

Las primeras marchas en las que participé fueron cubriéndolas como reportera. Aún cuando me tocó la conformación del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) en la UNAM y la huelga del 86 (tras el diagnóstico y las reformas propuestas por el rector Jorge Carpizo), en esa época era yo muy ñoña. Pérdonenme la fresez, pero aproveché para regresar a mi tierra y trabajar en lo que terminaba la huelga. Sé que no tengo disculpa (estudiaba Periodismo, caray), pero la conciencia universitaria de clase me nació hasta el último año y medio de la carrera. Digamos que el Congreso Universitario de 1990 lo viví ya más profesional. No saben cómo lamenté no haber participado en el movimiento estudiantil después de leer las crónicas de Carlos Monsiváis en A ustedes les consta (no, La Jornada no llegaba en esa época a mi pueblo. Todo mal, pues). Para sacarme la espinita, unos meses antes de terminar la universidad fui con unos amigos de metiche a una marcha de los trabajadores de Grupo Modelo, en huelga en esa época, que terminó en zafarrancho y con una de mis amigas en la Cruz Roja. Los daños fueron leves y por suerte no pasó a mayores.

La histórica Marcha del Silencio del movimiento estudiantil de 1968, que este miércoles 2 de octubre cumple 45 años de haber sido reprimido en Tlatelolco

Mi trabajo en La Jornada y Reforma me mandó a las calles infinidad de veces. Me encantaba cubrir marchas y manifestaciones porque sientes que estás en el centro de donde pasan las cosas. Los maestros, por supuesto, eran clientes habituales y los reporteros éramos bien recibidos en sus movilizaciones. Qué tiempos aquellos caray.

La primera manifestación a la que fui como participante y no como periodista fue la Marcha contra la Inseguridad y la Violencia del 27 de junio de 2004, ésa que el entonces jefe de Gobierno de la Ciudad, Andrés Manuel López Obrador, llamó de pirruris y burgueses derechistas o algo así. Fui con el marido y las hijas, de entonces cinco y tres años, porque ya habíamos sido víctimas de un asalto a domicilio y de dos en cajeros automáticos. Ya entonces éramos el segundo país con mayor número de secuestros en América Latina después de Colombia. El caso que dio el impulso final para la realización de la marcha fue el secuestro y posterior asesinato de los hermanos Vicente y Sebastián Gutiérrez Moreno, propietarios de agencias de autos en el Estado de México. Casi 10 años después qué les puedo yo contar.

Hoy, las marchas como herramienta de protesta social han derivado en bloqueos de hartazgo. Si grupos de 20 personas que exigen luz en su colonia pueden provocar un mega conflicto vial con cerrar una calle, qué nos extraña lo que pueden hacer 10 mil, 20 mil maestros. Podemos debatir si están en su derecho o no, el problema es que la manifestación ya no se ve como una forma de plantear ante la opinión pública que existe un problema del que se tiene que tomar conciencia, para que la ciudadanía se solidarice y presione por la resolución del conflicto ante los tomadores de decisiones (qué romántica, dirán). Ahora las marchas transformadas en bloqueos se han vuelto contra la ciudadanía como una forma de presión, en un intento por obligar a quien corresponda a doblar las manos y aceptar lo que el grupo manifestante demanda, justa o injustamente. Miles de afectados equivalen a tres o cuatro puntos del pliego petitorio, vaya usted a saber. Los ciudadanos nos hemos vuelto no sólo rehenes, sino incluso víctimas de las inconformidades: cuántas historias podemos compartir de gente que no llegó a tiempo al hospital, que perdió una cita de trabajo importante, que fue afectada en su patrimonio y hasta en su libertad.

Ya no se pide el apoyo ciudadano sino que se planea con la cabeza fría cómo hacer para que la pasemos mal y el gobierno en turno, local o federal, preocupado por los posibles votos a perder, ceda. Aún no me queda claro que esta estrategia funcione, pero a mes y medio de iniciadas las movilizaciones no me late que los maestros estén triunfando. ¿Qué fue primero: la insensibilidad gubernamental y ciudadana a las demandas de los maestros (o a los problemas sociales en general) o la háganlecomoquieran estrategia de los maestros para afectar ciudadanos como modo de presión? ¿De veras no hay forma de usar otras herramientas a través de los Congresos (federal y locales), partidos, autoridades y organizaciones civiles para llegar a acuerdos? Al final no vaya a ser que de tanto estirar la cuerda, los defeños terminemos por acostumbrarnos al mega desmadre que significa vivir en esta ciudad y un bloqueo más, un bloqueo menos nos represente lo mismo que un muerto más, un muerto menos, por horrible que se lea. Porque, para variar, todos saldremos perdiendo.

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