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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Mala Madre para edecán
Por Mala Madre
8 de mayo, 2012
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Siempre me he preciado de vivir en esta época y de tener la madre que me tocó. Desde niñas, a mis hermanas y a mí nos metió en la cabeza que nosotras estudiaríamos y que no nos quedaríamos en la ciudad donde nacimos. Para mi madre era muy importante que nos mudáramos al DF y que tuviéramos la oportunidad que a ella le negaron por ser mujer, así fuera lo último que hiciera en la vida.

Cumplió. Ya se podrán imaginar el esfuerzo económico que representó para mis padres mandar a sus cinco hijos a estudiar fuera de casa. Hospedaje, comida, transporte, libros. Bendita educación pública.

El objetivo central de mi madre al meternos la idea del estudio en la cabeza era que nos convirtiéramos en mujeres independientes, a las que ningún hombre ninguneara. Sin temor a equivocarme y sin falsas modestias, puedo afirmar que también cumplió con este cometido. Las tres somos profesionales, trabajamos como locas y escogimos parejas que nos respetan y con quienes tenemos, respectivamente, una relación de iguales.

Hubo un momento en el que mi madre ha de haber pensado que conmigo se le pasó la mano, porque llegó a plantearme la posibilidad de ser madre soltera (¡imagínense!) si no encontraba al hombre de mi vida. Suertudota yo.

Este discurso de mujer independiente con el que crecí, avalado con el ejemplo de una madre sin estudios universitarios pero muy trabajadora y muy echada para adelante, provocó que desde muy chica entendiera que no iba a estar fácil.

La prueba más clara la tuve durante uno de los incidentes más divertidos de mi paso por la secundaria. Los chicos de mi generación tenían la pésima costumbre de colocarse en los barandales de la escalera para acceder a los salones del segundo piso del edificio, con el único objeto de “piropear” a las mujeres cuando pasábamos por ahí, entre receso y receso.

La recuerdo como una experiencia extremadamente humillante. No tanto por lo que decían (estupideces, por supuesto) sino por el hecho de tener que pasar por una especie de pasarela para ser examinada de arriba abajo por decenas de adolescentes que te daban el visto bueno… o malo, en medio de un griterío lleno de peladeces.

Un día las chicas nos hartamos y decidimos que si maestros, maestras y autoridades del plantel no tenían interés en detener esa conducta sexista, nosotras lo haríamos. Así que nos organizamos para ganarles el barandal y devolverles el favor. No saben la que se armó. Nuestros compañeritos, todos muy indignados, corrieron a acusarnos con el director y todas fuimos llamadas y reprendidas por semejante conducta tan reprobable.

Ese día comprendí lo disparejo de las circunstancias. Hoy me da risa, pero entonces estaba francamente ofendida. Ellos podían amedrentarnos y tratarnos como objetos sexuales, nosotras a ellos, no.

Desde entonces me causa conflicto cuando veo a una mujer ser tratada como un objeto. No soporto los programas de concurso o de “revista” de la televisión, ni la forma en que algunos legisladores tratan a las edecanes que los atienden en el Congreso, por ejemplo.

Por eso a mí sí me brincó el sonadísimo incidente protagonizado por Julia Orayen, la edecán que participó como asistente en el debate de los candidatos a la Presidencia de la República el pasado domingo 6 de mayo. No por su trayectoria profesional, que es muy su asunto, y ni siquiera porque haya elegido un vestido inadecuado para acudir a un evento tan formal.

El problema radica en el hecho de que el IFE haya pedido “una modelo” para que fuera la encargada de repartir los turnos de participación en el debate. El Instituto solicitó ex profeso una mujer guapa, alta y con cuerpazo, pues. Que luciera, porque además se pidió que llevara un vestido blanco (no un traje sastre), para que contrastara con la moderadora y con la candidata, que acudieron de negro. El IFE pidió un estereotipo.

Jamás se plantearon la posibilidad de escoger a alguien de su propio personal, ya fuera hombre, mujer o quimera. O “dos mujeres, dos hombres (uno y uno, tomándose turnos). Personas de la tercera edad. Indígenas (hombres, mujeres). Jóvenes emprendedores”, opciones había, como bien plantea en su blog Estefanía Vela, abogada y especialista en temas de sexualidad, reproducción, identidad y género, mejor conocida en Twitter como Sambuka (@samnbk).

El asunto es que ni siquiera lo pensaron o se lo cuestionaron. “Para asistir a los candidatos, sólo una mujer, blanca, femenina, guapa y escotada”, enfatiza Vela. Esa fue la lógica del IFE, contradictoria por decir lo menos, luego de que su Centro de Desarrollo Democrático abriera un espacio de “Género y Democracia” (@GeneroIFE) “para dar seguimiento y difusión al cumplimiento de las disposiciones que los partidos realizan a favor de la equidad de género”. No pos sí.

Que el IFE haya pedido disculpas a la ciudadanía y a los candidatos, luego de recibir una andanada de protestas por el escotegate me parece correcto, aunque no me queda claro si entendieron lo que hicieron mal.

Insisto. El problema no es que Orayen esté guapérrima y que el vestido haya hecho que su belleza luciera más, aunque fuera en el evento equivocado. Ella hizo su trabajo. El problema es que el IFE así lo solicitó, porque eso es lo que se estila.

Tengo entonces una propuesta. Como hoy cumplo un año de publicar mi blog en Animal Político, con mi texto número 50, estaría súpersensacional que me lanzaran al estrellato con 23 segundos en red nacional de TV en el debate del próximo 10 de junio en Guadalajara. Obvio no soy modelo, pero tengo mis encantos. Ah, y también un traje sastre color hueso. A cambio les ofrezco intercalar una que otra pregunta de ustedes entre los turnos de participación de los candidatos o cambiarle una pecerita a Guadalupe Juárez para ponerle pimienta al debate.

No me dejen morir sola, porque mi mamá estaría feliz y yo, más. No prometo encuadres espectaculares, pero sí zarandear un poco el formato. Por lo menos daríamos algo más interesante de qué hablar.

 

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