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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Mejor arrear el burro…
Suena increíble, pero los derechos básicos que se pelean para las trabajadoras del hogar son los que damos por hecho para el resto de los empleos: seguro social, ocho horas de trabajo, trato digno, vacaciones. Nada que nosotros, ni mucho menos los legisladores, estaríamos dispuestos a ceder en nuestros respectivos casos.
Por Mala Madre
10 de abril, 2012
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De mi colección de frases perfectamente incorrectas, ésta no tiene progenitora, lo sé. Crecí con ella. En mi casa, las mujeres de mi familia la repetían tanto que se me quedó grabada: “más vale arrear el burro, que cargar la carga”.

No tengo que explicarla mucho. Si se tiene una muchacha rezongona, que no hace bien el quehacer por torpeza o maña, mejor arrearla que hacer uno las cosas.

Me inculcaron, pues, que es bueno tener servicio doméstico aunque sea remolón. Que no tiene uno que matarse con la barrida, la trapeada, la sacudida, la lavada de ropa, la plancha, la cocina, el lavado de los baños, el arreglo de las camas y la recogida de la ropa que se deja tirada donde caiga, porque total, siempre hay alguien que todo lo levanta.

Los trastes, por ejemplo. A mi me encanta lavarlos porque soy una enferma de la limpieza y es una actividad que me relaja, pero confiesen cuántos de ustedes no le han dejado un tiradero a Mary (o cómo se llame su muchacha) para que lo levante al día siguiente muy temprano, luego de la cena con invitados o no.

Cuando niña, por mi casa desfilaron jóvenes muy trabajadoras y emprendedoras. Julia. Petra y sus hermanas. Me acuerdo mucho de Tere, porque fue la única que estudió, para secretaria, mientras trabajaba con nosotros. Limpiaba de día, estudiaba en la tarde-noche. Nos desvelábamos haciendo cada quien su tarea, en mi caso de la secundaria. Practicaba su taquigrafía copiando de la radio las letras de las canciones que me gustaban. Se tituló, consiguió un trabajo junto con un buen marido, y se fue a vivir a La Paz, B. C. Lo último que supe de ella es que le iba muy bien.

 

Imagen de la película “Criadas y Señoras” (The Help).

 

Mientras estudiamos la universidad hubo veda de servicio doméstico porque el dinero no alcanzaba para pagarlo, pero en cuanto empecé a trabajar fue lo primero que remedié. Llegó entonces doña Oti. De entrada por salida, duró conmigo 10 años hasta que nació mi primera hija. Se retiró después de cumplir 68 de edad, porque ya estaba cansada de trabajar y tenía la suerte de contar con un pequeño ahorro en el banco y la pensión de su difunto esposo, además de casa propia y familia que la ayudaba. Por supuesto, le dimos su liquidación conforme a la ley.

Le lloré como no tienen idea. Era bien hecha, como dicen en mi tierra, con iniciativa para resolver los problemas que se le presentaban. Por supuesto, dos años después la invité a mi boda, a la que acudió con hijo, nuera y nietas. De la familia, pues.

Luego de doña Oti pasaron por la casa una señora que dejaba mojada la ropa que planchaba y dos jovencitas con las que no me hallé. Luego una embarazada que regresó a su pueblo tras nacer su bebé. Y una quinceañera que un día quemó una olla, la escondió y cuando la encontré me acusó a mí de haberlo hecho. Y una madre soltera a quien le di las gracias porque la contraté para planchar y no le gustaba hacerlo.

Cómo habrá estado el asunto que no recuerdo sus nombres. Tras un año de infortunios domésticos mi suegra se compadeció y, previa campaña de convencimiento, me cedió a su empleada doméstica. La muy estimada Mati llegó con su hija de seis años dos días antes del nacimiento de la peque. De tiempo completo, se quedó tres años y luego regresó a su pueblo, porque extrañaba a su gente.

 

Jessica Chastain y Octavia Spencer, en Criadas y Señoras (The Help).

 

Llegó entonces a mi vida doña Soco. Es medio atrabancada, pero trabajadora y de absoluta confianza. Me ayuda tres días a la semana, de 10 a 6, y siempre la tengo que andar corriendo para que no se quede después de hora. Su llegada causó revuelo en el edificio, porque le contó a la empleada de otro departamento cuánto ganaba al día.

Imaginen mi sorpresa cuándo recibí la llamada de una de mis vecinas exhortándome a no meter el desorden al pagarle a doña Soco de más, cuando el salario promedio diario es de 180 pesos y yo doy 250. Por poco le da el soponcio cuando le conté que además no trabaja los feriados, tiene vacaciones, le pago las consultas médicas y las medicinas, le doy aguinaldo y no le descuento los días que no trabaja porque salgo de viaje.

Doña Soco tiene 68 años y excelente salud, pero debo confesar que me preocupa el día en que ya no pueda trabajar porque prácticamente mantiene a la hija y al nieto. Moralmente estoy obligada a darle una pensión, aunque la ley no lo haga. Pero, si hacemos cuentas, tendría que pagar además el salario de la persona que la sustituya. Y pues ya la cosa no se ve tan altruista, ¿verdad? Ajá, ser empleador tiene sus obligaciones.

Con excepción de la joven embarazada que trabajó seis meses en casa, porque llegó por medio de una agencia, ninguna de las mujeres a las que he contratado exigió horario de trabajo ni alimentos, ya no digamos servicio médico o vacaciones. Por supuesto, desconocen que existen organizaciones que trabajan desde hace años para que se reconozcan sus derechos y se legisle al respecto, como el Colectivo de Mujeres Indígenas Trabajadoras del Hogar, el Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar o la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar.

Ninguna de ellas ha oído mencionar a Marcelina Bautista, quien está al frente de los últimos dos organismos y que, junto con la diputada perredista Claudia Anaya y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), hacen campaña para que México ratifique el Convenio 189 y la Recomendación 201 de la Organización Internacional del Trabajo, que busca garantizar sus derechos laborales básicos (Cuartos de Servicio, Mary Carmen Sánchez Ambriz y Alejandro Toledo, Nexos, 01/04/2012).

Suena increíble, pero los derechos básicos que se pelean para las trabajadoras domésticas son los que damos por hecho para el resto de los empleos: seguro social, ocho horas de trabajo, trato digno, vacaciones. Nada que nosotros, ni mucho menos los legisladores, estaríamos dispuestos a ceder en nuestros respectivos casos.

Una amiga que vive en Estados Unidos nos contaba hace unos días sus peripecias con el servicio doméstico. Si 250 pesos se le hace mucho a mi vecina por un día de trabajo, que pruebe a pagar 70 dólares por tres horas. Ah, pero nada de fregar paredes, lavar por dentro el refri o tallar ropa a mano.

En México, la mayoría de las mujeres y algunos hombres sabemos el trabajo inacabable que significa el quehacer doméstico, ése que sólo se nota cuando no se hace. Ya es hora de que empecemos a notar, y a dar notoriedad, a estas mujeres que están buenas para hacer el trabajo más pesado, pero que de ninguna forma merecen el miserable y humillante trato que no se le da ni a un animal de carga.

 

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