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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Mejor hubiera tenido perritos
Tengo para mí, grabado en mi dura cabecita, la añoranza con que mi santa y abnegada madre cuenta lo feliz que fue con sus hijos cuando éramos unos bebés. Con recursos suficientes habría tenido más de cinco. Supongo que su fantasía incluía un ejército de nanas que la ayudaran conforme fuéramos creciendo, porque cambiar pañales y velar calenturas resultan días de campo comparado con lo que viene después.
Por Mala Madre
19 de abril, 2013
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Mi niña la chiquita ya decidió que no quiere tener hijos cuando sea mayor. Por ahora, su convicción nace de las historias que ha escuchado sobre el momento del nacimiento y le viene valiendo gorro si es parto natural o cesárea. Simplemente no le convence el sacrificio que tiene que hacer el cuerpo de una mujer para dar vida.

Si acaso, dice, podría considerar otras opciones de maternidad. Adoptar lleva la delantera porque ya razonó que tiene la ventaja de hacer algo por alguien, no sólo por uno mismo. La maternidad subrogada podría ser la alternativa en caso de querer tener hijos de su propia sangre, siempre que para cuando le toque esté permitido hacerlo por gusto y no sólo por necesidad.

Yo oigo, sin hacer comentarios. Esta es una de las partes que disfruto mucho de tener a mis hijas: escucharlas como funciona su mente, cómo se plantan ante la vida, cómo van definiendo su personalidad. Claro, me muerdo los cachetes para no contestarle que –con todo- parir es la parte más fácil. Porque si eso la asusta, se aterrorizará cuando se entere de lo demás.

Tengo para mí, grabado en mi dura cabecita, la añoranza con que mi santa y abnegada madre cuenta lo feliz que fue con sus hijos cuando éramos unos bebés. Con recursos suficientes habría tenido más de cinco. Supongo que su fantasía incluía un ejército de nanas que la ayudaran conforme los hipotéticos hermanos, los reales y yo fuéramos creciendo, porque cambiar pañales y velar calenturas resultan días de campo comparado con lo que viene después.

Sospecho sin embargo que mi niñita ya se está haciendo una idea, porque el otro día me preguntó si ella se va a portar igual que su hermana cuando entre de lleno en la adolescencia. Ojalá que no, recé para mis adentros. Creo que serás peor, contesté. En serio, las hormonas de la adolescente mayor y yo nos tenemos la guerra declarada. Unos días creo que voy ganando y al siguiente salgo derrotada. Es más, ya descubrí que cuando me preguntan cómo voy con la adolescencia de mis hijas, no me conviene decir que bien porque casi al momento pasa algo que me calla la boca.

Mi problema, como muchas madres de adolescentes comprenderán, tiene que ver más con la actitud, que con los hechos. A estas alturas no me preocupa tanto su irregular desempeño académico, por ejemplo, sino el desafío permanente que esto provoca a nuestra autoridad como padres. En un escenario ideal, quisiéramos que cuando nuestros hijos cometen errores lo reconozcan con humildad y arrepentimiento, y contribuyan de buena gana a la solución. Volvamos a fumar de lo mismo, queridos, que eso no pasará.

Ni nos entienden ni los entendemos. Lo que para nosotros es tan fácil, con la madurez que nos dan los años y la experiencia, para la adolescente mayor se plantea como un muro imposible de escalar. Este curso escolar trae pleito con la historia porque no le interesa nada que haya sucedido antes de 1999 y que no tenga que ver con Justin Bieber. Puede leer de un tirón su biografía no autorizada (sí, ya está escrita), pero no hay poder humano que la haga abrir el libro de texto. Ya voy a la mitad de mi petición a change.org para que Tom Cruise empiece a filmar películas con argumentos que comprendan desde el México Independiente hasta la Segunda Guerra Mundial.

Conozco varios padres que, ante la inminencia de un pleito seguro, prefieren rendir la plaza. No los juzgo, yo he estado en muchas ocasiones a punto de hacerlo -y alguna vez lo he hecho- por el desgaste que implica debatir con la big sister. Es un esfuerzo mental muy agotador para no engancharte, para no ponerte de malas, para no perder de vista que necesita límites y que bajar la guardia hoy tendrá consecuencias demoledoras mañana. Mi hija me acaba de contar el caso de un compañero muy problemático cuyos padres decidieron cambiarlo a un internado. ¿Hicieron lo correcto? Ya el tiempo dirá, pero imagino perfecto su desesperación para tomar una medida así.

Hasta ahora descubro lo listos que fueron ese par de amigos que dejaron pasar cinco años entre un hijo y otro; por lo menos no tendrán dos frentes de batalla adolescente abiertos al mismo tiempo. Yo disfruto, por lo pronto, los meses de gracia que me quedan con la peque antes de que entre a la edad de la punzada, mientras hago planes para declararme en estado zen los próximos tres años. De menos. Junto con mis clases de baile reforzaré las escapadas con el marido, las sesiones de cine adulto, el café con las amigas y, por supuesto, la indispensable terapia bloguera. Adolescencia a la N potencia, ahí te voy.

 

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