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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected]m (Leer más)
Mi república amorosa
Por Mala Madre
16 de noviembre, 2011
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Para la Quelita, in memoriam

A diferencia de Andrés Manuel López Obrador, yo tengo rato viviendo en mi propia república amorosa. Yo soy la prueba viviente de que el virtual candidato de las izquierdas a la Presidencia de la República tiene razón: no es una utopía, se puede. Sólo hay un pequeño detalle.

Los habitantes de mi república amorosa tenemos la encomienda y la obligación de hacer que nuestros postulados tengan asidero con la realidad, que haya forma de aplicarlos, pues en caso contrario corremos el riesgo de terminar contrapuestos unos con otros, en completa anarquía.

Dicho lo cual, paso a contarles cómo le hacemos para que nuestro entorno sea una amorosa realidad:

1.- Mi república amorosa se funda en el amor a la familia, al prójimo y a la patria.

Verán. Los habitantes de mi república son mis hijas, mi marido, mi familia ampliada, mis vecinos y, en general, todo aquel que tenga que ver conmigo en algún momento de mi vida.

La mayoría partimos del acuerdo de que “amor” es sinónimo de respeto. Ese respeto nos permite entender que hay muchos modelos de “familia”, más allá de mamá, papá e hijos, que el “prójimo” tiene derecho a todo lo que tenemos derecho los demás y que “la patria” (el entorno en el que vivimos) tiene instituciones con leyes y reglas que cumplir para convivir en armonía. Las cuales de ninguna manera podemos mandar al carajo cada vez que se nos antoje.

¿Qué pasa cuando alguno de los habitantes de mi república no parte de este acuerdo? Se le obliga a respetar. Por ejemplo: si a mi amiga la werever no le parece que un par de amigos gay se besen mientras platicamos muy amenamente en una reunión, es su problema. Se trata de un tema de derechos, no de tolerancia, y si hace algo para violar esos derechos será sancionada. ¿Cómo? Empezando por esta mala madre que no permitirá un comentario o actitud homofóbica de su parte, ni mucho menos una falta de respeto.

Otro ejemplo: mi vecino se niega a pagar el mantenimiento, que redunda en un bien común a todos los habitantes del edificio. Ya se le invitó a cubrir sus adeudos y negociar un plan de pagos. Si mantiene su negativa, ya hay acuerdo de proceder legalmente. Se le ha conminado a mostrar respeto al resto de los condóminos cumpliendo con sus obligaciones. Se le exhortó a que nos ame, pues.

Un ejemplo más: por acuerdo familiar, la big sister estudia secundaria en una escuela con un reglamento estricto, tirándole a lo severo. Estuvimos de acuerdo con las reglas, aunque alguna nos llegó a parecer ridícula. Hace unos días hubo necesidad de que uno de los incisos del reglamento fuera aplicado. Ni modo. Así se hizo y se asumió la consecuencia.

2.- En mi república amorosa sólo podemos ser felices si somos buenos.

Y como hemos descubierto que a mucha gente buena le pasan cosas malas, y por consecuencia deja de ser feliz, concluimos que la única forma de que todos seamos buenos y a nadie nos pase nada malo es respetándonos y respetando las reglas que nos hemos impuesto. Y a los que no quieran respetarla, hay que obligarlos a hacerlo.

Cuesta trabajo ser consecuentes, pero nuestra aspiración es la cero tolerancia. A saber: ante los continuos robos en el edificio, los vecinos sacudimos nuestra apatía y nos organizamos para reforzar la seguridad y garantizar que la patrulla asignada a nuestro cuadrante cumpla con su trabajo. Los policías ya nos han de soñar.

Cuando los despachadores del gas LP fingieron que habían llenado el tanque estacionario y a los tres días se quedó vacío, denunciamos el hecho ante la empresa y exigimos que el servicio fuera restituido sin costo extra como pretendían, con el argumento de que había una fuga.

Y aquella empresa de fiestas y eventos que quiso ofrecer un servicio con equipamiento de tercera a un precio de primera, se le regresaron sus triques.

Conclusión: los habitantes de mi república amorosa hemos aprendido que nadie paga el mantenimiento, ni sus impuestos, ni la luz, ni el agua, ni respeta las reglas de tránsito, ni acude a su trabajo con puntualidad de manera voluntaria. Lo hace cuando hay una sanción o consecuencia negativa de por medio.

Hemos aprendido que no es un asunto que se centre en valores morales, sino en abatir la impunidad. La banda de asaltantes que se ha dedicado a irrumpir recurrentemente en nuestro edificio lo hace porque sabe que no les va a pasar nada, que nadie los va a detener a menos que tengan la mala suerte de que los agarren in fraganti y no puedan escapar. El daño que nos causan los tiene sin cuidado.

Podemos seguir enlistando: las gasolineras que continúan vendiendo litros incompletos, los prestadores de servicio que no entregan facturas ni comprueban ingresos con el chantaje de que el precio se eleva por el IVA, la señora que deja su auto en doble fila a las 7 de la mañana en una vía muy transitada sin importarle el congestionamiento de tráfico que genera, el líder nacional del PRI, Humberto Moreira, que endeudó de manera ilegal Coahuila por más de 33 mil millones de pesos. Y todo esto es posible porque nadie es sancionado.

No sé ustedes qué opinen, pero me parece que el respeto a las reglas y a las instituciones es lo que le da contexto al código moral. Por decir algo, uno aspiraría a que alguien que nos quiera matar se abstenga de hacerlo no sólo porque es cosa mala quitarle la vida a un ser humano, sino también por la posibilidad de que lo atrapen y lo refundan en la cárcel.

Sin desentendernos de las oportunidades que todo ser humano debería tener (casa, educación, diversión, empleo) y cuya ausencia justifica suficientes conductas antisociales, éstas se contienen con la aplicación de las reglas más que con llamados a la gente para que se porte bien.

Todos tenemos sentimientos y a todos nos duele nuestro país en la medida en que hemos sido afectados cada vez más de cerca por la crisis económica, la delincuencia y la violencia. Cada quien podrá tener su código moral, su convicción de lo que es bueno y malo, de lo que está bien y lo que está mal. Pero lo que siempre será común a todos es el respeto a las leyes que nos rigen y las instituciones que las aplican. Y si no estamos de acuerdo con ellas, trabajemos por cambiarlas. Ése bien puede ser un primer paso para empezar a enderezar este país.

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