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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Nadie se mete con mi hija
Por Mala Madre
21 de junio, 2011
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Ustedes conocen a Marifer. Y como la conocen, no me dejarán mentir. Es una pequeña de ojos color miel, cabello castaño largo y rizado, y sonrisa encantadora. El color de los ojos, pelo y piel pueden cambiar, pero para el caso es lo mismo. El dato importante es que a sus once años pertenece al grupo de las populares, las líderes del colegio de nuestros hijos a las que el resto del grupo admira y repele a un mismo tiempo.

A los 6 años, la Marifer de esta historia tuvo dos mejores amigas, tan amigas, que el día del festival de fin de cursos fueron la sensación de la escuela al llegar vestidas iguales. A los 7, el grupo se amplió a cuatro niñas que iban juntas a todos lados. A los 8, el clan de Marifer era el modelo a seguir: muchas niñas aspiraban a ser invitadas a sus piyamadas y a sus fiestas o simplemente a ser convidadas de sus juegos en el recreo. Para completar el cuadro, todos los niños querían ser sus novios.

Esto cambió entre los 9 y los 10 años. Cuarto grado se empezó a convertir en un problema para Marifer, que de pronto se encontró con que había demasiadas líderes en el grupo. Primero fue una diferencia sobre qué juego jugar. Luego sobre quiénes irían a la piyamada y en casa de quién. Después, sobre la forma en que Marifer trataba a sus galanes, lo que Marifer decía sobre alguna de las amigas cuando no se encontraba presente y lo que Marifer hacía cuando una del grupo y ella se quedaban solas: travesuras de niñas, por supuesto.

Y no es que Marifer fuera distinta al resto de la pandilla. De hecho, compartían muchas cosas: las cuatro eran hijas únicas o habían sido educadas como tales, las cuatro eran voluntariosas y las cuatro estaban acostumbradas a hacer su santa voluntad. Mientras resolvieron sus problemas entre sí, todo caminó. El conflicto empezó cuando a la mamá de Marifer no le pareció el trato dado a su hija.

Y ya saben que cuando a una madre le tocan a uno de sus hijos, no hay poder humano que nos calme. Claro, en el proceder de la madre interviene la educación, los principios, la forma en que vemos la vida y lo que creemos correcto. Pues la mamá de Marifer consideró que la mejor forma de ayudar a su hija era hablando directamente con las involucradas. O sea, echándole bronca a las niñas que estaban tratando mal a su bodoca.

La adulta se puso al nivel de las chavalas y en plan de amigas les reclamó que se pelearan con su hija, que no la hayan invitado a la última escapada y que, en resumen, anduvieran grillando a ese encantador sol que era la Marifer. ¡Cómo, si eran una hermandad! En todo caso había que echarle bronca a las demás niñas, a las que no pertenecían al clan, no a la suya.

Las hasta ese momento amigas de Marifer lo tomaron a mal. Se empezaron a quejar con sus madres, quienes entre ellas se pusieron a investigar qué era lo que estaba pasando. Llegaron a la conclusión de que sus hijas eran unos panes de dios y que había que ir cortando a Marifer del círculo virtuoso de sus chilpayatas. El resultado fue desastroso.

Quinto año se convirtió en un ring de dimes y diretes en el que Marifer fue excluida del grupo al que pertenecía y del grupo en general. Por las mañanas iba de compañerito en compañerito a ver quién le hacía caso. Por las tardes, ya ni quería abrir su facebook. El clímax fue alcanzado cuando la mamá de Marifer se apersonó un día a la hora de la salida de la escuela y les pidió a los niños que ya no se juntaran con perenganita, la manipuladora que estaba disputando el liderazgo del grupo a su hija y a quien consideraba la causante de todos sus males.

Sexto empezó mal. Al grado de que la pobre de Marifer sólo fue un mes a la escuela porque su mamá armó un megapancho sobre el presunto bullyng que le estaban haciendo a su hija las otroras amigas del alma. La escuela tomó entonces la decisión de expulsar a la mamá. Y ni modo, la niña se tuvo que ir también.

Desafortunadamente, Marifer y su mamá son un caso que va en ascenso en el Distrito Federal, de acuerdo con reportes de diversas autoridades educativas: padres de niños acosados que deciden hacer justicia por su propia mano.

“Aplican violencia física y verbal. Los insultan, los corretean y les tratan de pegar con lo que tienen a la mano. Casi siempre el que viene gritando es el papá que ya agredió a quien hizo daño. Le decimos: deje investigar y al preguntar quiénes se pelearon, por qué fue el pleito, resulta que el papá ya violentó a quien golpeó (o agredió) a su hijo. Viene y exige, pero ya se hizo justicia”, explica Guadalupe Balderas, directora de la secundaria 38 Josefa Ortiz de Domínguez (Mirtha Hernández/Reforma/8 de junio de 2011).

La maestra reporta que durante mayo en su escuela “se detectaron cinco conflictos de papás con estudiantes porque algún joven vio feo a su hijo, tuvo peleas por el liderazgo, lo molestaron o le bajaron a la novia”. En la misma nota, la coordinadora del Programa Escuelas sin Violencia del gobierno capitalino, Gabriela Rodríguez, informa que este problema se está volviendo recurrente “por falta de información, insensibilidad, inconciencia. Estamos hablando de niños y niñas a quienes se estigmatiza como si fueran delincuentes”.

En noviembre pasado, el DF registró un caso singular. ¿Lo recuerdan? Un grupo de unos 60 padres de familia bloquearon el cruce de Insurgentes y Monterrey en protesta porque una niña de 6 años de la primaria Manuel Pérez Cotilla, en la colonia Roma, agredía a sus compañeros con tijeras, agujas y pegamento, además de golpearlos, sin que las autoridades del plantel hicieran algo.

Finalmente, la niña fue canalizada a la Unidad de Atención al Maltrato y Abuso Sexual Infantil de la Secretaría de Educación Pública y se hizo un trabajo de conciliación con los padres para resolver el problema.

El problema aquí son los extremos. Papás que se ponen al tú por tú con los niños o adolescentes en vez de tratar el problema directamente con la escuela. Y maestros que descalifican la preocupación de los padres en la lógica de que son niños y de que tienen que aprender a resolver solos sus conflictos.

También hay autoridades educativas que menosprecian el tema. Para el subsecretario de Educación Básica de la SEP, Fernando González, el acoso y agresión que sufren los chavos en las escuelas “son hechos aislados” que “se presentan con mayor frecuencia en las escuelas privadas, aunque ha habido casos en escuelas públicas”. (Armando Estrop y Ernesto Osorio/Reforma/10 de junio de 2011).

Veamos los datos de la Unidad Especializada para la Atención de los Estudiantes Víctimas de Delitos de la Fiscalía Especial de Atención a Niños, Niñas y Adolescentes de la Procuraduría General de Justicia del DF:

En los últimos dos meses se han iniciado 136 averiguaciones previas por bullying, de los cuales en 104 las víctimas tienen entre 12 y 18 años, y en 32 son menores de 12 años. 60 van en secundaria, 41 en el nivel medio superior y 35 en primaria. 68 son niños y 68 niñas. 115 alumnos acudían a escuelas públicas y 21 a particulares. 75 casos fueron integrados por lesiones, 28 por amenazas, 9 por violencia familiar equiparada, 9 por averiguaciones sin un delito preciso y 3 por discriminación. (Arturo Sierra/Reforma/8 de junio de 2011).

Este fin de semana, la Comisión Nacional de Derechos Humanos reportó a su vez que “las quejas por violaciones a los derechos humanos en el sector educativo van en aumento y que éstas no sólo tienen que ver con bullying o acoso entre compañeros de clase, también abarcan manifestaciones violentas en las que llegan a intervenir en ocasiones docentes, autoridades o padres de familia”. (Reforma/19 de junio de 2011).

En 2010 se presentaron mil 28 quejas por presuntas violaciones a nivel nacional. En lo que va del 2011 la cifra alcanza las 673.

Si se comparan estos datos sólo con el número total de alumnos que hay en las 7 mil escuelas del DF, entre públicas y privadas, estos casos sí son aislados. Pero no estamos contando los que no se denuncian.

Tal vez lo que padeció Marifer no fue bullying. Pero en cierta forma sí fue acosada y marginada por un grupo de niñas que le echaron montón. En qué grado contribuimos los padres a esto es algo de lo que nos tenemos que hacer responsables, antes de que el problema alcance los niveles de las películas gringas.

Ojalá Marifer y su madre hayan encontrado un mejor ambiente en su nueva escuela. Por el bien esta pequeña que, dicho sea de paso, sí es un encanto del señor.

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