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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
No doy permiso para que mis hijas tengan sexo
Por Mala Madre
2 de octubre, 2012
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A mediados del 2006, cuando mis hijas contaban con 6 y 4 años de edad, el pediatra me informó que agregaría la vacuna contra el virus del Papiloma Humano (VPH) al esquema alterno que llevábamos de la Cartilla Nacional de Vacunación.

La nueva vacuna sería aplicada tres años más tarde, cuando la big sister cumpliera 9. Y dos años después, a la peque. O sea, quedaba yo avisada con suficiente anticipación de la oportunidad de proteger a mis hijas antes de que empezaran a tener relaciones sexuales, la única forma en que funciona la vacuna contra un virus precursor del cáncer cérvico-uterino. Llegado el momento me hice la loca y bateé todos los intentos del doctor por vacunarlas, básicamente porque me dolía el codo: las tres dosis costaban en total 6 mil pesos por chamaca, toda vez que no era una vacuna proporcionada por el sistema nacional de salud.

A mi codez se agregaba el hecho de que unos meses antes, el Gobierno del Distrito Federal había emprendido una campaña para vacunar a niñas de 11 a 13 años que no contaran con seguridad social, lo que permitió que en 12 meses, más de 100 mil adolescentes quedaran protegidas por los siguientes 10 años. Luego hay que aplicar refuerzos.

Por ser derechohabientes del IMSS, mis hijas no se hacían acreedoras al beneficio. Pero una sobrina mía, sí. Así que la oronda de mi hermana fue, pidió la vacuna para su hija y se la dieron. Comprenderán entonces por qué no estaba yo dispuesta a soltar 12 mil pesos así como así.

Hace un año cambiamos de médico y el nuevo pediatra me recordó la vacuna. Ahora la suma se había incrementado a 7 mil 500 pesos por escuincla y yo al punto del soponcio. Ya había asimilado que tendría que pagar las consecuencias de andar regateando con la salud de mis hijas, hasta este lunes cuando la Secretaría de Salud iluminó mi día. A partir de ahora, la vacuna contra el VPH será incluida en la Cartilla Nacional de Vacunación y se empezará a aplicar directamente en las escuelas a todas las niñas que cursen quinto año de primaria y a las chiquillas de 11 que no estén estudiando, por las razones que sean.

Cartel de la campaña del día mundial de lucha contra el sida, otra enfermedad de la que los chicos se tienen que proteger.

Ya no hay pretexto para que mis hijas (hoy de 11 y 13 años) y las hijas de todos ustedes queden protegidas contra ese virus que se transmite por contacto sexual y que causa cáncer cérvico-uterino, la segunda causa de muerte en mujeres de todo el mundo, después del cáncer de mama. De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud, del 50 al 80 por ciento de las mujeres con vida sexual activa presentan o presentarán en algún momento una infección provocada por el VPH. Al año, alrededor de 500 mil mujeres mueren por esta razón, así de grave y recurrente es el problema.

Pues a pesar de estos datos, hay padres en todo el país que niegan el permiso para que vacunen a sus hijas, como reportan medios de Veracruz y Guerrero, por citar un par de ejemplos. Dar su autorización sería tanto como aceptar que tengan relaciones sexuales desde los 9 años, léase algo así como que la información sobre métodos anticonceptivos y enfermedades de transmisión sexual los conduce a la promiscuidad desde chiquitos. Ningún argumento novedoso bajo el sol.

Cuando mi hermana llevó a su hija por la vacuna, hubo mamás y compañeritas de su escuela que cuestionaron la decisión. Le advirtieron que la estaba exponiendo por el mal camino, que no había necesidad. Y ni hablar de la reputación. En la escuela se conocería que la niña ya contaba prácticamente con permiso de los padres para portarse mal. Y le pedían que se imaginara el “tipo” de chico que se acercaría a su hija.

La posición de estos padres me recuerda a la de los jóvenes que conducen motocicleta sin casco o a exceso de velocidad sin cinturón de seguridad. Lamento informarles que lo único que puede darle uno a los hijos es justamente información. Luego sólo queda confiar en que no les ganen las hormonas y tengan la cabeza fría para no nutrir la estadística que dice que, hoy, chicos y chicas inician relaciones sexuales a los 13 años de edad.

Ya estará uno al pendiente, pero si andan con la chincualera no habrá forma de impedirlo así se los prohibamos. Se impone, pues, la sensatez de aceptar que puede ocurrir nuestra peor pesadilla y es mejor que estén protegidos e informados, en lugar de desarmados. Nunca habrá mayor vergüenza para nuestra condición de padres que haber tenido la oportunidad de protegerlos contra una enfermedad mortal y haberla dejado pasar.

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