No soy amiga de mis hijas - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
No soy amiga de mis hijas
Por Mala Madre
6 de marzo, 2012
Comparte

 

Hace unos años, mientras hacíamos fila en el carrusel de cierto parque de diversiones ubicado al sur de la Ciudad, tuve un encuentro cercano con un par de padres conchudos y una señora que me echó bronca sin tener vela en el entierro.

Unas 12 personas, entre adultos y niños, estábamos formados esperando turno para subir cuando un par de chiquillos como de unos 6 y 7 años empezaron a colarse en la fila hasta que llegaron a mi lugar.

Muy amablemente les pedí que se formaran al final. La señora detrás de mí se ofendió por mi actitud y cedió un espacio a los niños. A unos cuantos pasos, los padres de los chamacos se morían de la risa y, seguramente, del orgullo, por el hecho de que sus escuincles fueran tan listos para subir al juego rápido y sin hacer fila.

A lo largo de ese día constaté que la abusiva estrategia era empleada con maestría en todos los juegos. La mayoría de las veces, los adultos toleraban la gandallez de los niños por el hecho de que eran niños. El común acuerdo implícito era darles chance, que no pasaba nada.

Esa no ha sido la primera ni la última vez que me he topado con padres que se niegan a  poner límites a los hijos y fomentan conductas que años después es muy difícil corregir. Y quiero pensar que este caso es extremo, porque los padres parecían convencidos de hacer lo correcto al enseñar a sus hijos a saltarse la fila y faltarle el respeto a los demás.

Sin embargo, a lo largo de estos 12 años de maternidad me he topado con decenas de padres que permiten a sus hijos hacer barbaridad y media porque son niños. Porque ya aprenderán cuando crezcan. Porque hay que darles libertad, pobrecitos. Porque hay que enseñarles desde pequeños que el trato es de iguales, democrático. Y con esta lógica, planteada con toda la buena fe del mundo, pero también desde la culpabilidad, crean y crían unos monstruitos que luego no pueden controlar.

Por ejemplo. Tengo una amiga cuya hija es libre de hacer y deshacer, en su casa y en la casa de los demás. Un par de veces que las invité para que jugara con mis hijas, la niña tiró, rompió y ensució sin que la mamá interviniera. Lo tuve que hacer yo. A eso sumémosle las sonajeadas que le puso a la peque para que le diera los juguetes que ella quería. Nunca más las volvimos a invitar.

Tristemente, no soy la única que decidió tomar cartas drásticas en el asunto. En su escuela, la chiquita tiene un historial de quejas por su agresividad, misma que la mamá toma como si fuera problema de los demás, no de ellas ni de lo que pasa en casa. Hasta la fecha, está convencida de que van bien y que no hay por qué cambiar de estrategia, a pesar de los gritos y sombrerazos de la pequeña.

Como madre de dos hijas, una en pubertad y la otra en plena adolescencia, me ha tocado ver padres que justifican la ausencia de límites con el argumento de que son amigos de sus hijos y que de esa forma obtienen mejores resultados. Algunos hasta pretenden hablar igual que ellos y convivir como si estuvieran en el mismo nivel de madurez emocional que se adquiere (o debería adquirirse) cuando se es adulto.

Estos padres permiten en muchas ocasiones que sus hijos tomen decisiones que no les corresponden, cediéndoles el liderazgo y abonando en una situación de riesgo que luego es difícil revertir.  Desde lo que harán en el descanso de fin de semana, por ejemplo, hasta las horas en que van y vienen con los amigos.

En mi caso, prefiero quedarme en la lógica del juez de menores Emilio Calatayud, magistrado del Juzgado número 1 de Granada, España, y autoridad en el tema de los límites por los casos de delincuencia juvenil que le ha tocado procesar.

“Yo soy padre de mis hijos, no su colega”, dice Calatayud en una entrevista publicada en El País.  “Por temor a ser autoritarios nos da miedo decir no (…) Hay que poner límites a los hijos desde el primer minuto de vida. Luego cuesta más”.

El juez Calatayud resalta que “el modelo de padre y madre ha experimentado varios cambios en los últimos años, pero algunos han perdido el guión en medio del viraje”.

“En algunas familias el padre o la madre son figuras desvaídas, fotocopias que podrían imantarse en la nevera junto a los recados urgentes”, resalta. “Juan, mañana tienes examen de Cono… Estudia, no me seas vago”. “Oye Vanessa, reina, si llevas una hora con la PSP, ahora no te pongas a bailar con la Wii, ¿eh?”. Para el juez, “el papel de los padres es insustituible, pero a veces les resulta ingrato, grande, aplastante. Les cuesta ejercer y mantener cierta insobornable autoridad. Pero si ellos dejan de ser padres, sus hijos se quedan huérfanos y sin referentes”.

Y eso es lo que algunos padres no entienden, hasta que es demasiado tarde. No así el  Departamento de Policía de Houston, Texas, que ha emprendido una campaña para concientizar con una especie de “psicología invertida”, que comparte el juez Calatayud:

 

 

Por supuesto, la idea es que no lleguemos a ese extremo, tan terrorífico y espléndidamente representado en Tenemos que hablar de Kevin, con Tilda Swinton.

En mi entorno familiar me he topado en numerosas ocasiones con buenas conciencias que han cuestionado lo que consideran “dureza” en mi trato con las niñas. Desde mi insistencia en que levanten y ordenen sus cosas (juguetes, ropa, cama) hasta mi reticencia en comprarles todo lo que piden. Por ejemplo, mis hijas saben bien que en casa arde Troya si pierden chamarras, mochilas o libros. Me han llegado a decir que soy una exagerada, porque para eso son niñas y los niños son descuidados y tienen su casa tirada.

 

 

Pues no estoy de acuerdo. Si no les enseñamos desde pequeños, no nos quejemos después cuando sean adolescentes y adultos incapaces de vivir en un lugar limpio y ordenado, lo cual implica respeto a sí mismos y a los que vivimos con ellos.

No nos quejemos cuando no sean capaces de ganarse la vida de forma honesta porque nunca les enseñamos que el dinero cuesta trabajo ganárselo. O cuando no puedan mantener relaciones de amistad o de pareja porque no aprendieron a ser solidarios, respetuosos y a establecer compromisos con los demás.

Ni mucho menos nos quejemos cuando nos abandonen sin volver la vista atrás porque les hicimos creer que se lo merecían todo y que estábamos a su disposición de tiempo completo, sin reciprocidad o reconocimiento de su parte. No somos sus amigos, somos sus padres, y ellos aprenderán de la forma en que ejerzamos nuestra responsabilidad.

Mis hijas se ríen cuando les digo que en esta casa no hay democracia. Lo que sí hay es mucha asesoría de profesionales, amigos y familiares, que apuntalan lo que el instinto y el sentido común dictan. Porque al final, aunque hay reglas generales, éstas se adaptan a las circunstancias de cada quien.

Y aunque ahora protesten y pataleen, escuincles roñosos, siempre será por su bien.

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.