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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Peatones zopencos
Por Mala Madre
25 de septiembre, 2012
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El viernes de la semana pasada fui testigo de un atropellamiento anunciado. El desafortunado protagonista fue un joven que intentaba cruzar la avenida Cerro del Agua en su esquina con Eje 10, frente al Burguer king, a una cuadra del Metro Copilco. El conductor que lo atropelló, huyó. Me tocó ver la llegada de las patrullas que bloquearon el carril de la extrema derecha, donde se encontraba el joven tirado y sin moverse. No tuve oportunidad de constatar si recibió los primeros auxilios ni encontré nota al respecto en los diarios al día siguiente, así que quiero creer que sobrevivió.

Después de varios años de conducir por ahí, he podido constatar que ese crucero es muy peligroso para el peatón. El problema radica en que nunca hay un momento en que dejen de pasar los autos: si no vienen derecho por Cerro del Agua, doblan desde el Eje 10. Como consecuencia, las personas que aspiran a cruzar lo tienen que hacer casi en un descuido de los automovilistas, corriendo, a pesar de ser una esquina con paso peatonal. Los conductores consideran que tienen preferencia y nada los obliga a ceder el paso, aunque el reglamento de tránsito diga lo contrario. 

Era cuestión de tiempo que me tocara ver un atropellamiento. Ya perdí la cuenta de las veces que he padecido a conductores histéricos pegados al claxon de sus autos porque el conductor de enfrente se detuvo para dejar pasar a la señora con su bebé, al señor de la tercera edad que carga una pesada bolsa con sus herramientas de trabajo, a los chicos que van a la escuela. Les avientan la lámina y los peatones tienen que replegarse a la espera de algún conductor benevolente que reduzca la velocidad. Cómo estará el asunto en este crucero que ya hasta fue objeto de estudio por parte de la Facultad de Ingeniería de la UNAM. 

Pues esto es cosa de todos los días en nuestro país. Cada media hora una persona muere en un accidente vial, principalmente jóvenes menores de 20 años. 16 mil muertes anuales que nos colocan en el séptimo lugar mundial. Por cada muerto, 10 personas quedan lesionadas, es decir, un millón al año, de los cuales 40 mil sufren discapacidad de manera permanente, de acuerdo con cifras recientes de la Secretaría de Salud. 

Para dimensionar el problema: en este sexenio han muerto más personas atropelladas o chocadas que víctimas de la violencia generada por la lucha contra el narcotráfico. Y como bien reclama el escritor Guillermo Sheridan, no veo a nadie protestando ni marchando por eso. A esas 96 mil muertes súmenle las pérdidas económicas. 150 mil millones de pesos al año, el 1.7 por ciento del PIB, dinero suficiente para financiar seis universidades del tamaño de la UNAM. Otra vez dato de Sheridan.

Luego del incidente vial, desahogué mi indignación en las redes sociales. De los comentarios que recibí destaco los que atribuyen al peatón la principal responsabilidad por su atropellamiento. Zopencos que caminan por dónde no deben. Que no son prudentes. Que se cruzan irresponsablemente por dónde se les pega la gana en vez de usar los puentes. Que quieren que uno se detenga para que pasen, ¿pero dónde se ha visto? Me queda claro que en la Ciudad de México, no. Ya es leyenda urbana la expresión de susto en la cara de los peatones cuando un conductor les cede el paso.

Hoy, a la actitud prepotente de los automovilistas que creen que las calles defeñas son de su propiedad, y que por lo mismo pueden conducirlas a exceso de velocidad, hablando por teléfono y, por supuesto, alcoholizados, hay que sumarle el respaldo que reciben de la autoridad. En vez de garantizar que los conductores estén capacitados para manejar sus autos, con exámenes médicos y de conducir que amparen las licencias junto con una aplicación implacable del reglamento de tránsito, el Gobierno del Distrito Federal decidió trasladarle la responsabilidad casi absoluta al peatón.

Tal como lo leyó. El año pasado el Gobierno de México le prometió a la ONU que para el 2020 se habrá reducido en un 50 por ciento las muertes por accidentes viales. El granito de arena aportado por el GDF es la campaña “Cuido mi vida, soy peatón responsable”,  cuyo decálogo se reduce a que uno ande bien pilas sobre la forma de conducir de los automovilistas y a impedir que nos atropellen.

Que el automovilista conduzca una maquina cuyo peso y velocidad supera hasta en 100 veces al pobre viandante, y que por ello es potencialmente un arma mortal, es un detalle menor, qué delicados. Si la trae es porque asumimos que la sabe controlar y tiene buenos reflejos, ¿qué no? Ya suficiente hacen los conductores con ceder un poco de su espacio al ciclista,  para que ahora lo tengan que hacer con el peatón, ash.

Pues insisto. Se trata de humanidad y sentido común. Por el simple hecho de conducir un armatoste con el que podemos matar a una persona, a los automovilistas nos corresponde la responsabilidad mayor para evitar un accidente vial. Tenemos la obligación de conducir con nuestros cinco sentidos al cien, despabilados, descansados, con conocimiento de las reglas y a una velocidad tal que, como me repitió mi madre hasta el cansancio, le permita a uno frenar.

Si el peatón es irresponsable o descuidado, tengamos la autoridad moral de insultarlo después de salvarle la vida, porque conducimos con precaución. Tienen preferencia, respetémoslo. Cedámosle el paso. Siempre será preferible asumir esta responsabilidad que nos corresponde, que exponernos a la terrible experiencia de matar a un ser humano. La prudencia debe caber con más peso en quien puede provocar el mayor daño, no en el potencial dañado, por la obviedad de que se encuentra en desventaja. Insistir en lo contrario es, para decirlo llanamente, una reverenda estupidez.

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