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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Pégame, pero no me dejes
Últimamente no me gusta lo que oigo. Varias de las amigas de mi hija ya tienen broncas en sus noviazgos de apenas unas semanas, tiempo récord en el mundo de estos jóvenes imberbes.
Por Mala Madre
14 de febrero, 2013
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Todos los días, alrededor de las 7 de la noche, inicia en mi casa un monólogo desde el skype de la big sister, que cada determinado tiempo es acompañado por sonoras carcajadas o expresiones de franca indignación. A falta de novio, mi hija disfruta viviendo el noviazgo de los demás. Y cuando digo que lo vive, me refiero a que realmente es feliz si la mejor amiga es feliz, pero también padece cuando la amiga padece. Como cualquier adolescente, pues.

Últimamente no me gusta lo que oigo. Varias de las amigas ya tienen broncas en sus noviazgos de apenas unas semanas, tiempo récord en el mundo de estos jóvenes imberbes. A una, el novio le retiró el habla un par de días porque la mamá no la dejó ir al cine sola con él. A otra, el susodicho la tiene en estrés permanente porque no le gusta que platique con sus amigos. Una más ya fue jaloneada porque al zopenco no le pareció quién sabe qué niñería.

A todo lo anterior podemos agregar los casos de aquellos novios que un día piden y al día siguiente se arrepienten porque deciden que les gusta más otra chica, amiga de la que mandaron a volar, y con la mano en la cintura no sólo hieren al supuesto objeto de su afecto, sino que además la dejan sin su befa.

De los casos que he conocido de las sesiones nocturnas de skype –que conste que no espío, es que nuestro depa es pequeño y mi hija tiene el tono de voz muy alto– destaco una constante: en donde hay problemas a) siempre son chicas las agredidas y b) parecen dispuestas a aceptar el maltrato porque el galán es un lindo que sólo tuvo un mal momento.  En la época de mi abuela era pégame pero no me dejes. O mientras yo sea la catedral, qué me importan las capillitas que no hay humillación que me tumbe. Incluso llegué a saber de una tía que aconsejó a su hija aguantar al borracho y palurdo de su marido, porque era su cruz y su deber. Ella lo escogió y no hay (todavía) forma de desafanarse del bulto.

Entonces, a ver. De mis ancestros lo entiendo (la ignorancia, el machismo, la falta de oportunidades…) Pero me pone muy malita de mi tolerancia y de mi paz mental lo que vive mi descendencia. Nuestra descendencia.

En una ocasión, en la exposición permanente sobre Sexualidad en Universum, museo de las Ciencias, de la UNAM, mi hija casi me provocó un infarto al contestar el test sobre relaciones de equidad. A la pregunta de “¿estarías dispuesta a soportar maltratos con tal de tener pareja?”, mi hija contestó con un espantoso “tal vez”. Como de película, lo primero que se me vino a la mente es lo que ella ve en casa. Pues no. Para que más que la verdad, mi marido y yo somos muy discretos con nuestros pleitos. Se han enterado de uno que otro, pero nuestro trato siempre ha sido de respeto, en las buenas y en las malas. Así que por ahí no va.

La primaria donde estudiaron ha hecho un trabajo espectacular con el tema de la justicia, el respeto a la diferencia y la equidad de género, discurso y práctica que es principio de vida en nuestra pequeña familia. Al platicar con los papás de sus compañeros corroboro que todos andamos más o menos en la misma sintonía. Así que tampoco es por ahí. ¿Entonces qué? ¿Las series de televisión tendrán algo que ver? ¿Los estrenos rumbo al Oscar? ¿Los anuncios? ¿Justin Bieber, Lady Gaga? ¿Las hormonas pueden más que cualquier discurso racional de lo que significa dignidad ante todo? #RenunciaCalderón

Cada que oigo a mi hija platicar con sus amigas tengo que morderme la lengua y contar hasta milochomil. Guardarme la opinión no pedida y aceptar que no hay forma de transmitirles por ósmosis mi experiencia de cuatro décadas para que adquieran de una buena vez seguridad en sí mismas. Que aprendan a decir no. Que se alejen del peligro. Que de veras es mejor tener un montón de amigos divertidos que un novio gruñón. Y que nunca formen parte de ese 15 por ciento de jóvenes que han experimentado algún episodio de violencia física por parte de la pareja, o de ese 74 por ciento que la han padecido psicológica, según la Encuesta Nacional de Violencia en las Relaciones de Noviazgo 2007 (ENVINOV).

La cartilla fue avalada por la CNDH y más de 160 organizaciones    Fuente: Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres

Mi hija y sus amigas son unas jovencitas bellísimas por dentro y por fuera, que merecen ser tratadas como reinas. Pero qué difícil es que aterricen que para ello deben de escoger a alguien que se sepa real y enarbole el respeto ante todo. Ahora comprendo la preocupación de mi abuela por saber de que árbol pendía el padre de mis hijas. Lo que no entiendo es por qué la naturaleza nos hizo la cochinada de colocarnos en nuestro mejor momento físico cuando estamos en nuestro peor estado mental. Malditas hormonas.

En el caso de la big sister, no sé qué más hacer. Alguna vez me dijo una psicóloga que los primeros años de vida de los hijos son como una canastita donde uno va poniendo cosas: principios, creencias, proyectos de vida. Y que al llegar a la adolescencia, los chicos voltean la canastita y recogen lo que más haya calado su espíritu, lo que mejor aprendieron, para bien y para mal. Sólo espero haber demostrado el suficiente amor que le permita a mi hija amarse como sus padres la amamos, y ser correspondida en esa medida.

 

 

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