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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Periodismo como acto de fe
Por Mala Madre
28 de agosto, 2012
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Cuando empezaba como reportera en la sección Ciudad del periódico Reforma, a mediados de los 90’s, me tocó hacer una nota sobre el cambio de dirigencia en el PRD capitalino. Mis fuentes me habían contado que un grupo impulsaba la postulación por consenso de Lázaro Cárdenas Battel, hijo del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. El chisme estaba bueno y muy contenta llegué con mi nota a la redacción.

Mi jefa de entonces, María Luisa Díaz de León, revisó la exclusiva y reparó en un dato obvio que no traía. No había hablado con el susodicho. Pues una llamadita, ¿no? A ver qué dice, qué más nos cuenta. De pronto caí en la cuenta que mi súper historia podía perfectamente no ser, si Cárdenas Battel me decía que no sabía o que no le interesaba la propuesta de sus correligionarios. Úhquela. Descubrí en ese momento que me había inaugurado en el modelo que a las revistas de espectáculos les sale muy bien: primero publico y después virigüo. Total, así tengo nota para dos días. En el primero afirmo y en el segundo desmiento. Pues no, señorita.

La nota salió mejor. Cárdenas Battel me dijo que sí sabía, que sí estaba interesado y que sólo esperaba que le dijeran rana para saltar. Mi nota se publicó en el espacio principal de la portada de la sección y todo salió muy bien. Lo único malo fue que finalmente no hubo consenso y el hijo del inge se quedó con las ganas de dirigir a las tribus perredistas, que ya desde entonces le manifestaban su fe a René Bejarano y a Dolores Padierna.

Con el paso de los años, como reportera, como lectora y como audiencia de radio y televisión, he perdido la cuenta de la cantidad de notas que he leído, visto y escuchado que no traen la versión del afectado. Ya saben, una persona, un grupo o una organización acusada o denunciada por alguien más (persona, grupo u organización) y nosotros sin saber por qué el interfecto hizo lo que dicen que hizo. Y además, sin saber si se le buscó o no, porque no lo consignan.

Lo que luego ocurre es que aparece una carta al día siguiente o días después, en la que el implicado da su versión de los hechos, pero ya sin la contundencia ni el espacio del primer golpe informativo. Incluso he llegado a leer cartas aclaratorias que se publican en otros medios, porque donde salió en un primer momento prefirieron ignorar lo que la contraparte tenía que decir.

Y ni hablar de quienes llegan a estar involucrados en algún hecho delictivo, que son presentados antes los medios cuando apenas se inicia la investigación, sin haber sido juzgados y sin posibilidad de defenderse. Y si después resultaron inocentes o con duda razonable sobre su presunta culpabilidad, ya no se registró. Los medios presentamos un suceso y lo damos por cierto, cuando en muchas ocasiones no se cuenta con el contexto o con todos los elementos que nos permita afirmar que así es.

Aquello se convierte entonces en un acto de fe. Lectores y audiencias creen o no creen en una información en función de quien la diga, no de lo que diga. Hechos y pruebas no cuentan. Yo lo creo porque lo dijo fulanito o salió en el espacio de menganito.

Hasta hace no mucho me había tocado condolerme de lejitos de los afectados sin voz, hasta que me tocó atestiguar de forma directa la salida de Carmen Aristegui de W Radio.

Se alegó censura y los medios que dedicaron tiempo y espacio al caso nunca se tomaron la molestia de preguntarle al director editorial o al director general de W Radio cuál era su versión, como se puede ver aquí, aquí  y aquí. La nota de La Jornada incluso refiere haber consultado a “directivos de segundo nivel”, cuando pudieron haber hablado directamente con los primeros. Todo era cuestión de levantar el teléfono.

Con excepción de Milenio y Etcétera, el resto se quedó sólo con lo que dijo Aristegui. El escándalo que se armó todos lo conocemos. Unos amigos nos contaron que en un edificio por la zona de Polanco colgaron una manta en la que se deseaba la muerte del entonces director de W Radio. Hasta ese grado llegaron las pasiones.

En estos cinco años, y sobre todo a raíz de su despido y recontratación de MVS, se ha hecho referencia una y otra vez a la presunta “censura” de que fue objeto Aristegui en W Radio. Las afirmaciones cada vez son más temerarias, al grado de afirmar ahora que pretendían “darle por escrito lo que tenía que leer”, en contra de lo que ella pensaba y creía. Esto provocó que ayer, el entonces director de W Radio, Daniel Moreno, decidiera dar su versión de los hechos, que aquí les dejo.

La reacción no se hizo esperar. De la andanada que @dmorenochavez recibió en Twitter destaco dos: “la versión no tiene validez porque se hizo casi cinco años después” y “Carmen tiene la razón porque es una periodista con prestigio”. No cuenta que pocos medios hayan querido conocer su versión ni que Daniel tenga también su propia trayectoria, que lo avala como el periodista profesional que es. Un tercer elemento para pretender descalificarlo es el chisme publicado por algunos medios (sin preguntarle, por supuesto) sobre su presunto nombramiento como Ombudsman de la audiencia en Televisa.

No importa que no sea verdad ni que Daniel lo desmienta todo los días. Quienes así lo afirman están convencidos de que así será, de la misma forma en que sostienen que Aristegui fue censurada en W Radio. Me da curiosidad saber qué dirán cuando el hecho no se dé.

Una democracia necesita líderes de opinión y medios informativos sólidos. Periodistas profesionales, con arrojo, que no los amedrente el sistema y que estén comprometidos con sus lectores y sus audiencias. Y que le apuesten a vivir de ello sin prebendas ni privilegios. Esto nos lleva necesariamente a la honestidad y a la congruencia. A conducirnos con ética. A dejar de tirarnos al piso cada vez que alguien nos cuestiona o nos propone formas de trabajo distinto del que estamos acostumbrados, sobre todo si son nuestros jefes y lo que se busca es mejorar.

Como periodistas tenemos la obligación de presentar siempre todas las versiones de un conflicto, de dar el contexto, de explicar causas y posibles consecuencias para que entonces nuestros lectores y audiencias se formen una opinión, y más si se trata de nuestros propios procesos internos. Tenemos que trabajar en una redacción para potenciar el talento de todos y no sólo la soberbia de unos cuantos, a quienes parece que ya se les olvidó por qué están en esto. Pero más que nada, estamos obligados a conseguir que nos crean más allá de nuestra linda cara: porque les estamos presentando las pruebas.

 

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