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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Pónganme donde hay
Por Mala Madre
24 de enero, 2012
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Provengo de una familia cuyos integrantes, todos, han trabajado en Petróleos Mexicanos. Mis padres iniciaron ahí su vida laboral desde muy jóvenes y ahí se jubilaron. Nunca nos sobró un peso, pero tampoco faltó lo esencial.

Teníamos casa propia de interés social con jardín y perros, y PEMEX nos regalaba el gas y la gasolina. Nos atendíamos en sus hospitales y estudiábamos en su sistema de escuelas primarias Artículo 123, ambos servicios exclusivos para sus trabajadores y familiares que los acompañábamos.

Mi vida entre la comunidad petrolera discurrió tranquila, con algunos eventos que saltaban cada cuanto, carentes de significado hasta muchos años después. Por ejemplo, una de las cosas que nunca entendí cuando niña fue por qué mis padres me daban sólo 5 pesos para ahorrar en la escuela con el fondo creado por la empresa (y a veces ni eso), cuando a mi mejor amiga le daban 50 semanales, sin falta. Al final del año te devolvían lo ahorrado sin intereses. Crecí con la creencia de que mis padres eran unos tacaños. O bien unos botaratos que no pensaban en el futuro. Y ahora que lo recuerdo, ese fondo duró poco tiempo.

Otra de las cosas que entendí mucho después fue que en las papelerías se compraban lápices, papel bond, fólders y cintas para la Olivetti, además de monografías. Porque cada vez que en casa se necesitaba, sobre todo para las tareas escolares, la oficina de mis padres proveía. Por años tuvimos stock para satisfacer la demanda interna e incluso para exportar. Regalado, por supuesto. Creí que se trataba de una prestación, hasta que PEMEX decidió poner un alto a la sustracción de material de oficina y empezó a contabilizar lo que entregaba por departamento. En casa empezamos a ir más seguido a la papelería.

De las pocas ocasiones que mi abuela paterna nos visitó por aquellos años, se me quedó grabado un comentario respecto a la falta de interés de mi progenitor para mejorar la situación económica de la familia. “No se tratan de que te den, ¡sino que te pongan donde hay! Y tú no tienes más porque no quieres”. Algo había respecto a unos piperos que lo único que pedían era que mi sacrosanto padre dejara hacer, dejara pasar, a la hora de que cargaban gasolina en la agencia de ventas en la que trabajaba como cajero.

Parece que algunos compañeros de trabajo vivían a cuerpo de rey y no tenían empacho en presumirlo, ninguneando incluso a quienes “se hacían los decentes”. Después me enteré que el gusto se les acabó cuando llegaron los soldados y ajustaron cuentas con los portadores de beneficios mal habidos, aunque sigo sin entender por qué tuvieron que intervenir miembros del Ejército y no el Ministerio Público.

Mis padres se jubilaron muy jóvenes, a los 50 años. Cuando PEMEX acordó con el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana el retiro anticipado para dar pie a la reestructuración de la empresa, hará unos 20 años, mis progenitores aprovecharon para alejarse de una oficina que se había vuelto un auténtico dolor de cabeza por las presiones del monstruo corruptor. Por cierto, siempre me ha provocado sentimientos encontrados que a los propios trabajadores petroleros les saliera tan natural encontrarle un significado alterno a las siglas de su representación laboral. Sin Trabajar Podemos Robar Más (STPRM).

Les contaba que tales fueron las ganas de salir corriendo, que mi padre ni siquiera quiso pelear la plaza que le correspondía, por contrato colectivo de trabajo, para heredársela a alguno de sus hijos. Más tarde se enteró que alguien, o varios, se beneficiaron con su venta.

No generalizo. Sólo cuento lo que me tocó presenciar en mi entorno familiar. Por eso me causa tristeza pero no me extraña cuando me entero de hechos como la reciente inhabilitación del ex gobernador de Tlaxcala, Héctor Ortiz Ortiz, para ejercer cargos públicos por los próximos cinco años.

Y todo por violar la Ley de Responsabilidades de los Servidores Públicos cuando durante su administración decidió darle trabajo a tres hermanos, un primo y uno de sus cuñados. En la lógica de mi abuela paterna, el señor y su familia no robaron, simplemente se colocaron donde había.

Y aún cuando Ortiz Ortiz promovió un amparo para no ser sujeto a proceso penal, ya se le arruinaron los planes para contender en las elecciones de julio como candidato del PAN al Senado. Pero no es el único. Un total de 32 ex colaboradores suyos fueron inhabilitados por tres años, porque no presentaron su declaración patrimonial según lo establece la citada ley.

Y éstos son los casos que llegan a proceso. Todos conocemos alguno, del dominio público o de nuestro entorno, que nunca fueron ni serán castigados por violar la ley al estar donde hay. Del caso de mis padres, agradezco que supieran diferenciar entre llevar a casa unos artículos de oficina porque todos lo hacían, y decidir que sus hijos merecíamos escuelas privadas, casa con aire acondicionado y viajes al extranjero a costa de dinero mal habido.

No los justifico en su robo hormiga y en que vean como una conquista laboral las increíbles prestaciones que han desangrado a PEMEX en todos estos años y que han puesto a sus trabajadores en una posición ventajosa respecto al resto de los trabajadores del país.

Simplemente reconozco el esfuerzo, grande o pequeño, que les ha de haber representado el resistir a la tentación cuando la tuvieron enfrente. Eso es algo que admiro mucho de mis padres, al grado de haber marcado mi vida. Estoy muy orgullosa de que me puedan mirar de frente, porque han vivido con el producto de su trabajo. Y sobre todo, porque gracias a eso, hoy yo les puedo corresponder igual.

 

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