Por qué mis hijas no creen en Dios - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Por qué mis hijas no creen en Dios
Por Mala Madre
27 de marzo, 2012
Comparte

 

Tengo la fortuna de haber nacido en un hogar de católicos no practicantes. Durante mi infancia y adolescencia mis padres nos arrastraron a cuanta boda, bautizo, primera comunión y 15 años nos invitaban, pero rara vez acudimos a misa de domingo. Las fiestas de guardar siempre han significado vacaciones.

Mis hermanos y yo fuimos debidamente bautizados, confirmados y alimentados del cuerpo de cristo por ahí de los 12 años, respectivamente, para lo cual nos hicieron tomar el catecismo de rigor. De ese parteaguas de mi vida espiritual lo único que recuerdo es que saqué 9 en el examen final, porque se me olvidó el segundo mandamiento. A partir de ahí decidí que había tenido suficiente.

Mis dos hermanas festejaron sus 15 como se debe, con misa, valses y chambelanes. Yo consentí ir a misa de 6 y comulgar con el resto de la gente, para luego convivir en petit comité con unos cuantos amigos en una fiestesita en casa.

Mis cuatro hermanos se casaron como dios manda, pedida de mano incluida. Yo por poco y me lo salto, de no haber sido por mi marido que insistió en la boda civil porque tenía ganas de festejar nuestros primeros seis años juntos.

El único recuerdo memorable que conservo de aquellas épocas es del Padre Santillán. Me encantaba que mi mamá me contara cómo había corrido, como Jesús en el Templo, a ciertas señoras que habían hecho de la parroquia su lugar de reunión para darle vuelo al chal.

“¿No tienen que darle de comer a sus hijos, atender a sus maridos?”, me contaba mi madre que les soltó un día, cansado de tener que pastorearlas en un horario de casi 24 por 7. “Le sirven mejor a dios desde sus casas, que desde su iglesia”, dicen que las conminó, mientras las acompañaba a la puerta. Lamento que ya no viva, porque habría sido el único por el que yo habría dado mi brazo a torcer para tener una boda religiosa. El otro brazo se lo habría tenido que torcer a mi marido.

El día de mi primera confesión, recuerdo muy bien haber pensado que el Padre Santillán se aburría mientras yo enumeraba mis graves pecados: cinco pesos tomados del bolso de mi madre para comprar galletas en la tienda de la esquina, un jalón de pelos con mi hermana la menor por no recuerdo qué pleito y… ya. ¿Qué más podía revelar una escuincla de 12 años?

Ese día tuve mi primera epifanía periodística al estilo Susanita, al preguntarme qué tipo de confesiones despertarían el interés del Padre. Tanta gente contando tantas cosas de otros tantos más y yo sin saber. Zas.

De penitencia, nuestro párroco me impuso cinco padres nuestros y tres aves marías, que no terminé de recitar porque fui solicitada para sostener el recipiente del agua mientras bendecía un coche. Ese día aprendí que los objetos se conservan mejor y escapan de las manos ajenas con la protección del Señor. O por lo menos eso parecía en aquella época.

Mi madre siempre ha sostenido que no necesitamos vivir en la iglesia cuando podemos tener trato directo con dios, sin intermediarios, mientras rezamos cada vez que lo necesitemos. Y ese principio básico lo ha mantenido toda su vida, sobre todo después de que en la oficina administrativa de la Catedral de Veracruz los trataran con la punta del pie, a mi padre y a ella, cuando acudieron a solicitar informes para que mi hermana se casara ahí, hace más de 10 años. Por supuesto, el matrimonio se ofició en una modesta parroquia cercana al malecón.

La filosofía de mi madre me marcó para ir un paso más allá con mis hijas, quienes han crecido sin temor a dios, ni a su iglesia, ni a las cosas terribles que nos pueden suceder por no creer en ese dios tan vengativo. Mi madre siempre eleva sus ojos al cielo (y supongo que sus oraciones) cada que escucha semejante blasfemia. Yo respondo que con ella conectada el resto de la familia estará bien.

Mi principal resistencia a fomentar en mis hijas la creencia en dios y la obediencia a su iglesia (católica) es la decisión de mantener a sus feligreses en la ignorancia, que ha llevado al odio y hasta el crimen en dos casos particularmente: la persecución de las mujeres que abortan (por decisión propia o de forma involuntaria) y de los homosexuales en su lucha porque se les reconozcan sus derechos.

 

De ahí pasamos a la campaña eclesiástica para que los jóvenes carezcan de información en cuanto inician su vida sexual. Ni métodos anticonceptivos, ni píldora del día después, ni aborto ni nada. Para que andan de calenturientos cuando deben esperarse al matrimonio, que así lo manda la iglesia, según expone con total claridad el Padre Soler consultado por Radio España.

Pero sin duda, lo que ha reafirmado mi decisión ha sido el papel de la iglesia como encubridora de los crímenes por pederastia.

Durante la reciente visita del Papa Benedicto XVI a México se argumentó que las víctimas del Padre Maciel nunca solicitaron formalmente audiencia. Pues no hacía falta. El Papa pudo apartarles un espacio para pedir perdón y comprometerse a llevar a los sacerdotes pedófilos ante la justicia, si en serio le interesara el tema. Pero no fue así.

Sé que no es la generalidad y que este tipo de delitos se comenten en todo tipo de instituciones. Pero ésta es la única que pregona la protección de dios y su poder divino sobre los fieles y nomás no se ve en qué quedó lo prometido.

Mis hijas están bautizadas gracias a la perseverancia de las abuelas y al sentimiento esperanzador que nos provoca el ritual. Pero hasta ahí llegamos. En su lugar, están siendo educadas en el respeto a los derechos de los demás, en la diversidad, en el cumplimiento de las leyes, en los deberes de la ciudadanía. Y no encuentro mejor forma de honrar nuestro espíritu como seres humanos, que el respeto. Lo contrario es ignorancia y una actitud criminal hacia quienes pregonan amar. Y eso sí que es no tener temor de dios.

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.