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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Por qué nunca contraté payasos para las fiestas de mis hijas
Las adolescentes han crecido con la firme convicción de que tienen derecho a exponer sus ideas con argumentos libres de discriminación, sin importar su edad, género o condición social, ni ante quién las tengan que defender, ya sea compañero, maestro, padre, madre o quimera. O sea, he creado unos monstruos según algunos cánones.
Por Mala Madre
28 de mayo, 2013
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Cuando la adolescente mayor cursaba primer año de primaria, tuvo un compañero que duró exactamente un mes en la escuela. Hijo único, su madre llegó a la primera junta con la directora y los maestros del grupo con una petición muy concreta: que le cambiaran el folder rosa asignado para archivar los textos libres de la clase de Español. Es que el niño se sentía muy incómodo con el color.

Las maestras se quedaron boquiabiertas y entre los padres hubo un levantamiento general de cejas. Ante el silencio sepulcral, la directora aclaró de manera rotunda que en 25 años de historia del plantel nunca nadie se había sentido incómodo con un color y que por lo tanto ni siquiera iba a considerar la petición. Siguiente tema. Más tardó la reunión en terminar que la señora en cambiar a su hijo de escuela.

Lo que para la susodicha fue motivo suficiente para irse, para mí lo fue para quedarme. Con el paso de los años y los cursos escolares, mi marido y yo comprobamos con satisfacción que la primaria escogida era todo lo que esperábamos que fuera y más. Es decir, un centro educativo que reforzaba lo que en casa nos interesaba marcar con fuego en la mente de nuestras hijas: respeto, respeto, respeto. A los derechos humanos, a las distintas formas de pensar y ver la vida, a lo diferente. Y, sobre todo, un centro educativo que rechazaba los roles de género por considerarlos contrarios a los principios de equidad y justicia. Si además aprendían español, matemáticas y algo de historia, me daba por bien servida.

Así que nada de que los niños juegan fútbol y las niñas aprenden manualidades, ni mucho menos el festival o la fiesta infantil con el típico animador para quien sinónimo de diversión es ver quiénes son mejores, los niños o las niñas, uy. Por eso nunca contraté payasos en las fiestas de mis hijas. Mil veces mejor los chavos que les hacían magia con la ciencia loca, que los zapeables y predecibles humoristas de doble sentido con los que me he topado hasta en bautizos.

Mis hijas, por lo tanto, han crecido con la firme convicción de que tienen derecho a exponer sus ideas con argumentos libres de discriminación, sin importar su edad, género o condición social, ni ante quién las tengan que defender, ya sea compañero, maestro, padre, madre o quimera. O sea, he creado unos monstruos.

O por lo menos eso deben creer en la secundaria donde por razones académicas, disciplinarias, de ubicación, costo de la colegiatura y tamaño de la matrícula he tenido que inscribirlas. Contrario a la escuela liberal donde cursaron su educación básica, este colegio es conservador y tradicional. ¿Por qué cometí semejante barbaridad? Porque la secundaria liberal no me convenció con su argumento de “estamos del lado de los jóvenes, no de ustedes papás”, y porque necesitaba aliados para controlar las hormonas adolescentes.

Después de la libertad, garrote, charros conmigo. La verdad es que esta secundaria forma parte del entrenamiento del mundo real al que se van a tener que enfrentar mis hijas, sus hijos y los hijos de todos.  Estoy tranquila porque ya tienen las bases y he visto con la big sister que a pesar de la existencia de dos o tres maestros que les encanta hacer chistes homófobos, misóginos y sexistas, la directiva de la escuela siempre ha estado abierta a solucionar los problemas que se han presentado.

En todo caso lo siento más por ellos. Si con la adolescente mayor, que es bastante alivianada y todo se le resbala, hemos tenido nuestros encontronazos por cuestiones de respeto a sus derechos humanos, no quiero contarles como les irá con la peque que no deja pasar ni una.

A un mes de que termine el curso escolar y de que a mi familia nos vuelva a cambiar la vida, estoy contenta porque mis hijas gozaron su paso por la primaria. Y aunque sé que si hubieran estudiado en un colegio conservador ellas de todas maneras serían las libres pensadoras que son hoy, porque en casa nos habríamos encargado de ello, disfruté enormemente tener a la escuela de mi lado.

Mis hijas ya voltearon la canasta de principios y valores que su padre y yo llenamos en estos 13 y 11 años de vida. Ahora sólo nos resta esperar que recojan lo que les funcione para conducirse por la vida con respeto hacia sí mismas y hacia los demás, empezando por ponerle un alto a quien las quiera irrespetar porque en su casa le enseñaron que un color puede resultar incómodo.

 

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