Porque puedo - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Porque puedo
Los extranjeros que nos visitan luego no entienden por qué los mexicanos nos pasamos los altos, rebasamos los límites de velocidad, nos desentendemos de los hijos, les hacemos la vida de cuadritos a los cónyuges y robamos cuando tenemos la oportunidad. Pues yo tampoco entiendo.
Por Mala Madre
26 de junio, 2013
Comparte

Aprendí a manejar y compré mi primer auto en 1998, un chevy blanco. A plazos, por supuesto. Obsesiva como soy, tenía una preocupación real sobre cómo iba a explicar a familia y amigos mi decisión de ajustarme –y obligarlos a ajustarse– el cinturón de seguridad que nadie usaba en ese entonces (salvo en carretera, cuando se acordaban), sin ser objeto de burlas y críticas por exagerada. Tuve suerte, porque justo por esa época se incluyó su obligatoriedad en el Reglamento de Tránsito del DF. Siempre recordaré con ternura cierta recomendación que recibí, para cumplir con la ley: “simuladito niña, para que no te multen”.

De la obligación, pasamos entonces al absurdo de ver con una frecuencia pasmosa a familias que iban muy orondas en sus autos con los cinturones bien puestos… y al [email protected] con un bebé en brazos. De nueva cuenta fue necesario reformar el reglamento y estipular que la edad mínima para que un niño viajara en el asiento delantero era 7 años, la cual extendieron a 12 cuando la big sister estaba a punto de alcanzar su sueño dorado.

Pero bueno, no importa. Ya podrá exigirlo el reglamento que uno sigue viendo por la calle a automovilistas que no sólo llevan a infantes sin cinturón en el asiento delantero, a veces los llevan también en sus piernas mientras conducen. Y ni qué decir del asiento de seguridad, que mis pobres hijas usaron hasta que ya no cupieron. El caso es que nunca he visto que detengan a nadie por conducir con niños sentados dónde no deben, aunque también debo admitir que tiene rato que no veo que alguien olvide ponerse el cinturón. Sí, parece que las multas surtieron efecto.

Del cinturón pasamos al semáforo. Tengo colección de recordatorios maternos por detenerme en la preventiva, aún cuando la regla que siempre aplico es frenar si vengo a una velocidad que impida que el de atrás se incruste en la cajuela de mi auto. Debo confesar también que luego me angustio cuando me quedo parada en el alto y todos los demás se lo pasan, rebasándome, con la lógica de que “no vienen” otros autos que se los impidan. Claro, los peatones que también tienen derecho a cruzar la calle ya podrán esperar a que un grupo de samaritanos se los permita, porque con uno solo no basta. Y no, nunca me he encontrado a un agente de tránsito en el cruce de Cerro del Agua y Eje 10, por ejemplo, deteniendo autos para que crucen los peatones sin poner en riesgo su vida.

El compañero de vida de mi amiga Ana, que es esloveno, no entiende por qué los mexicanos somos así. No entiende por qué no respetamos el límite de velocidad en el Viaducto Bicentenario, en vez de usarlo como pista de pruebas. Por qué nos estacionamos en doble fila en calles de la colonia Del Valle en horas pico, aunque provoquemos un congestionamiento de tránsito. Por qué nos pasamos el alto en el cruce de Churubusco para desembocar Universidad, aunque haya peatones esperando para cruzar la calle. Por qué no separamos la basura a pesar de que estamos obligados por ley. Por qué no ha habido un delegado en Benito Juárez que haya podido quitar a los vendedores ambulantes instalados desde hace 20 años frente al Sam’s de Universidad. Por qué el delegado de Coyoacán no ha dejado su cargo para que se investiguen las denuncias en su contra por presunta corrupción. Por qué los legisladores se niegan a rendir cuentas del dinero que gastan como grupos parlamentarios, de los contratos de prestaciones de servicios que realizan, del patrimonio con el que llegan y con el que se van. Por qué los gobiernos estatales rechazan la transparencia. Por qué el gobierno federal lleva a juicio a grandes corruptores a conveniencia.

Pues porque podemos, digo yo. Porque no hay una autoridad que haga cumplir las reglas y las leyes, ni mucho menos una sociedad civil fregando porque se cumplan. Porque no hay funcionarios públicos que sientan que es su obligación, ni representantes populares que se pongan del lado del ciudadano. Porque tenemos a un ex ministro y presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que puede, con la pequeña ayuda de sus amigos, encarcelar a la madre de sus hijos, disculparse cuando es evidenciado públicamente, y apelar su liberación después. Porque tenemos a decenas de miles de padres que se desentienden de sus hijos, y a otros tantos hombres y mujeres que les hacen la vida de cuadritos a los cónyuges para que no los vean ni convivan con ellos,  que son ayudados por jueces que lo menos que hacen es pensar en el interés superior de los niños. Porque pueden. Porque nada ni nadie les impide actuar al margen de la ley.

Las veces que he tenido la oportunidad de llamar la atención sobre una conducta ilegal en mi entorno, en mi cotidianidad, que es considerada “leve” entre mis conocidos, he recibido como respuesta desde un “ay, pero qué exagerada”, “si no le hago así, cómo”, “los políticos hacen cosas peores”, hasta un “me vale y hazle como quieras”. Así no se puede, jóvenes. Mientras creamos que la responsabilidad de hacer las cosas dentro de la ley y las reglas corresponde a los demás y no a uno, no hay forma de que salgamos de este círculo vicioso en el que siempre estamos esperando que alguien más sea el que se sacrifique y nosotros obtener la ventaja.

Si todos cumplimos, todos obtenemos los beneficios y estamos en posición de exigir que las cosas se hagan como se deben. La solución para corregir este valemadrismo que nos caracteriza no va a llegar de la mano de nadie más que no seamos nosotros mismos. Y aunque parezca tonto, se empieza por cosas sencillas y simples como cumplir las reglas de tránsito y respetar los acuerdos entre vecinos cuando organizamos fiestas en el edificio. Eso nos permitirá indignarnos y actuar cuando veamos que alguien en la calle es objeto de una injusticia, contimás razón cuando quienes dicen representarnos y gobernar en nuestro nombre se quieren pasar de listos. Más nos vale empezar ya.

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.