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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Qué agotador ser mexicano
Nos urgen unas vacaciones de esos mexicanos mediocres, abusivos y gandallas que llevan décadas intentando convencernos que así somos como nación.
Por Mala Madre
30 de junio, 2015
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Este martes 30 de junio inician mis vacaciones, con el último día de clases de las hijas. Por las próximas seis semanas se acabaron las desmañanadas en horas que no son de dior, sobre todo cuando uno tiene el imperativo orgánico de dormirse después de la medianoche. También se acabaron las idas en domingo a las 22:45 a esa papelería maravillosa que abre las 24 horas y la repartidera de adolescentes por toda la ciudad en hora pico después de un trabajo en equipo. Ya saben, esas linduras que solemos hacer por los hijos.

Tenía rato que no esperaba con tanto anhelo el término del ciclo escolar. No sé si será la edad o el cansancio acumulado, pero este verano se antoja sólo para dormir, comer y ver series, en ese orden cíclico. Las hijas ya están en edad de atenderse y de paso atender a su madre, que la herencia hay que ganársela así sea de tres pesos. Cómo estará la cosa, que la expectativa vacacional se plantea más luminosa que la generada por el retorno de ER a la televisión, luego de pasar algunos años buscándola en dvd. Sí, ya me urge un descanso.

Pero sobre todo, lo que me urge es un tiempo fuera de cierta cotidianidad que me agobia últimamente y que en cuatro décadas y seis años de existencia me he negado a reconocer como parte del ser mexicano: el gandallismo nacional. El apelativo es horrible, pero no encuentro otro que lo defina mejor. Ustedes saben de qué hablo porque todos lo hemos vivido en mayor o menor medida.

Si no díganme a quién de ustedes no lo han transado en una gasolinería de Chilpancingo, Guerrero, cambiándoles el billete de 200 que le dieron al despachador por uno de 20 y han tenido que pagar de más porque no hubo poder humano que comprobara que diste la cantidad correcta. O a quién no le han enjaretado una membresía familiar de no sé qué cosa en Axtel como “promoción gratis por un mes”, misma que empezó a cobrarse un mes después y cuyo cargo tú tienes que cancelar aunque no hayas pedido el producto. O a quién no le han robado la llanta de refacción en un valet parking de esos que te preguntan que qué más deja uno de valor aparte del auto y uno bien tonto se le olvida enumerar llanta de refacción, birlo de seguridad, tapones, espejos y en general, todas las autopartes de que se compone.

O díganme quién de ustedes no ha tenido una experiencia cuasi religiosa en una agencia de autos. Hace unos días llevé el mío a Suzuki Universidad porque le rechinan mucho los frenos; hagan ustedes de cuenta que traigo un microbús que nunca ha pasado una verificación. El asesor de servicio, muy amable él, me explicó que se debe a la temporada de lluvias. Resulta que mi auto, con un año de uso, suena como carcacha vieja porque ha estado lloviendo y la lluvia levanta tierra y polvo y eso va a dar a las llantas y por eso rechina y pues no hay nada qué hacerle. Que todos los Suzuki están igual, dice. Que ni cambiándole pastillas ni nada. Lo curioso es que el año pasado llovió casi todo el año y es la primera vez que suena así. Y más curioso, el auto de mi marido también es Suzuki y tiene un año y seis meses de uso y también ha andado en las calles cuando ha llovido y no suena así. Pero bueno, el señor es el experto y yo soy sólo una señora histérica porque el auto suena como el silbato del vendedor de camotes cuando frena y bien caprichosa no quiero esperar a ver si deja de rechinar cuando deje de llover, por ahí de fin de año o cuando ellos estipulen que se acabó la temporada de lluvias porque ya ven que el clima está muy veleidoso.

O cuéntenme a quién no lo ha defraudado su banco de cabecera. Llevo más de un año usando mi tarjeta de crédito Banamex con la esperanza de acumular puntos en mi tarjeta Premia y gastar sin sentimiento de culpa en las vacaciones. Soy totalera, así que muy cuca aspiraba yo a recorrer el ciclo dormir-comer-ver series sin necesidad de endeudarme porque ya había juntado mis muy buenos 4 mil pesotes. Pues nada, tengo varios días intentando usar mi tarjeta de puntos sin éxito, sólo para averiguar en el banco que “de momento no se pueden usar porque hay problemas con el sistema” y pues ese dinero que ya acumulé gracias a su programa de recompensas pues sólo está en el papel porque no se puede hacer efectivo desde hace como tres meses y nadie sabe hasta cuándo se pueda. Que eso no se llama fraude porque es un problema técnico, dice la señorita del banco.

Qué aguante el nuestro, de veras. Porque es agotador salir todos los días a la calle a vivir la vida a la defensiva, tratando de cuidarnos las espaldas no sólo para que no te asalten ni te secuestren, sino hasta para que no te vea la cara el señor que a la salida de la Parroquia, en Veracruz, le compraste a 150 pesos una hermosísima planta que al día siguiente se secó porque el vendedor había pegado una flor al tallo de otra para hacer que se viera más bonita y así poder timar a incautos. O aquel otro que llegó vendiendo chocolates al consultorio del ortopedista en un hospital al sur del DF y a quien le compraste uno para ayudarlo con sus medicinas y después descubriste que sobre la etiqueta de caducidad había colocado otra para que no se viera que el chocolate no se podía consumir desde hacía dos años.

No sé ustedes, pero yo llego a este verano agotada. Agotada del mal servicio, del fraude, de esa gente que permanentemente le quiere ver a uno la cara. Y también llego con ganas de darme unas vacaciones de esos mexicanos mediocres, abusivos, gandallas y ladrones que, al birlarte algo en la calle o negociar en contra de los ciudadanos en el Congreso, llevan décadas tratando de convencernos de que así somos como nación. No mis amigos, no mi familia, ni yo. Y estoy segura que los lectores de Animal Político tampoco. Mucho menos esos miles de mexicanos que se la rifan todos los días en un esfuerzo por vivir dignamente.

Ya démosnos todos unas vacaciones de ese lastre que no nos deja crecer ni avanzar como país y denunciemos y marginemos aquellas conductas que insisten en mantenernos en el fondo de la cubeta. Para que no nos deslumbre el siguiente cambio de avatar del gobierno en turno sino la política pública que sustente, con hechos, lo que dicen defender enarbolando dos, tres o todos los colores del arcoíris.

 

@malamadremx

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