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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Qué mal te ves
Por Mala Madre
29 de noviembre, 2011
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Ese día iba radiante. Contenta de encontrarme con mi amiga, a la que tenía rato de no ver. Quedamos de desayunar en un restaurante que no me gusta mucho, pero que a ella le fascina. No me importó, con tal de verla.

 

Mi encanto se esfumó en cuanto me saludó: “pero qué mal te ves, ¿estás enferma?” Ustedes dirán que qué clase de amiga tengo. Sí, yo lo pensé también. No es mala persona y por supuesto que yo iba echando tiros. El punto con esta amiga en particular es que tiene la mala costumbre de buscarle lo negativo a todo.

 

Saben de qué hablo, no se hagan. Es de esas personas que al platicar con ella, de pronto y sin venir a cuento, te sueltan: “estás molesta, ¿verdad?”, cuando uno en realidad va por la vereda tropical, la noche plena de quietud, con su perfume de humedad (lo leyeron cantando, ¿verdad?).

 


 

Yo llegué tarareando a Toña La Negra

 

Bueno, y ustedes se preguntarán por qué sigo siendo su amiga. Tiene rato que no la veo. Nos hemos apoyado en momentos difíciles y nos hemos echado la mano cuando ha hecho falta, sobre todo ella a mí, pero es difícil cultivar una amistad con alguien tan negativo, que se pasa la vida jorobándote. En este caso, por lo menos tengo la opción de mantener mi distancia.

 

¿Pero qué pasa cuando la imprudente juzgona forma parte de tu parentela? Ahí sí que la cosa se pone un poco más complicada. Tengo una pariente que es especialista en hacer comentarios fuera de tono en los momentos más incorrectos posibles. Siempre he pensado que se trata de un don, porque no debe ser fácil decir tanta burrada en cuanto abre uno la boca.

 

Por ejemplo. En una ocasión, en una reunión con toda la familia, me fue presentada una prima política. Guapa, vestida impecable, me contó de sus hijos y de cómo se las arreglaba para atender familia y profesión. Le manifesté que por su aspecto se veía que lo llevaba bien. ¿Qué creen que soltó la imprudente juzgona? “Y vieras cómo estaba antes de flaca”.

 

Al silencio sepulcral que por segundos reinó en la sala le siguió una andanada de comentarios simultáneos sobre lo bien que se veía y que embarnecer con la edad es lo mejor que le puede pasar a uno. Por su expresión, la prima bien pudo asesinar con los ojos a la pariente incómoda, pero siguió en la fiesta sin darle mayor importancia.

 

Y creo que ahí radica el problema con los agentes negativos de nuestras vidas. Estoy segura que todos conocen a uno o tienen uno cerca y tal vez estén de acuerdo conmigo: es difícil ponerlos en su lugar. Por lo menos a mí me cuesta trabajo, lo confieso. No puedo revirarles en su mismo tono, no me sale.

 

Porque, repito, no son malas personas ni los comentarios los hacen de mala fe. Sólo les falta empatía y por lo mismo no conocen la prudencia. Aunque eso no les quita lo fastidiosos que son, incluso desde niños.

 

La big sister tiene una compañera de escuela que para esto de ser mala onda se pinta sola. En los siete años que llevo de conocerla y verla crecer, nunca le he escuchado un comentario lindo. Digamos que la big sister comenta en el facebook, en una foto en la que están todas las amigas, que sólo falta ella. A que no adivinan la respuesta de la pequeña imprudente juzgona: “es que tú no eres nuestra amiga, jajajaja, choro, choro”. Mmmm.

 

Mi hija la justifica con el argumento de que así es ella, que se trata de una broma. Y no lo dudo. El problema es que todo el tiempo sus bromas y comentarios son por el estilo. Ya tendrá la big sister el resto de su vida para aprender a escoger mejor a sus amigas, que tampoco lo ha hecho mal con lo extremadamente sociable que es.

 

Lo que no sé es cómo le hacen estos agentes negativos para sobrevivir en el ámbito laboral, que en el social no la tienen tan fácil. Hace algunos años me tocó ver en acción a una imprudente juzgona en una tienda de ropa de un lujoso hotel en Acapulco. Esta mala madre buscaba un tankini (traje de baño de dos piezas con más tela que un bikini, pero con menos tela que un traje completo). En cuanto entré, la bruja veinteañera de la vendedora me recorrió de arriba a bajo y me soltó un: “hijóle, no creo que tengamos su talla”.

 

Ni siquiera atiné a ofenderme por lo estupefacta que me quedé. Literalmente con la boca abierta. Salí de la tienda y entré a otra que se encontraba en el mismo hotel. Luego de conseguir lo que buscaba recapacité que si la hubiera reportado con sus jefes seguramente la hubieran corrido. Qué bueno que no lo hice, porque tampoco era para tanto. Pero no me consta que alguna otra clienta en una situación similar haya sido igual de pacífica que yo.

 

No recuerdo si alguna vez en la vida he soltado una frase imprudente en el momento más inadecuado. Según yo, no. Por si las dudas, siempre tengo presente a la directora de la primaria donde estudian mis hijas, quien tiene una maravillosa frase con la que busca garantizar que los padres no echemos a perder en casa, el trabajo que con tanto ídem hacen en la escuela: “si no tienen algo bonito qué decir, no digan nada”.

 

Así que he elogiado con el suficiente entusiasmo y veracidad las obras de arte que mis hijas me han confeccionado cada 10 de mayo, el desabrido sándwich que me preparan como desayuno en mi cumpleaños y, por supuesto, la ropa que escogen y la forma en que se peinan. Porque ¿qué puede uno contestar al “¿verdad que me veo bonita, mamá?”, que no sea un “bonita es poco, mi cielo, te ves maravillosa”?

 

Así que mis expectativas de adulta y madre tendrán que esperar hasta el fin de los tiempos. Daré alguna opinión, pero intentaré respetar el límite de la consulta que se me haga. Nada de “qué mal te ves, ¿no pudiste elegir algo mejor?”, cuando siempre puede haber un “se me hace que el otro atuendo te queda realmente espectacular”.

 

Algo parecido tendríamos que trabajar con las imprudentes juzgonas que pululan a nuestro alrededor, cuya boquita siempre está lista para soltar barbaridad y media. Lo intentaré la próxima vez que tenga la oportunidad, que seguramente la habrá.

 

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