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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Que no digas leperadas, con una ch…
Ser malhablado tiene su chiste, no en balde lo aprendí a punta de chingadazos.
Por Mala Madre
11 de septiembre, 2012
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Como buena veracruzana que soy, crecí en un ambiente de gente malhablada, sobre todo por el lado paterno. El “óyeme, cabrón” lo tengo incrustado en mi código genético como una frase que se usa tanto para saludar como para reconvenir a alguien. También les manejo muy bien lo que viene siendo el repertorio completito de El Chingonario (@ElChingonario)  y con mucho alborozo celebro que lo volvieran libro esos chiflados de la revista Algarabía.  Así que, como se imaginarán, no me asusto tan fácil que digamos.

Ah, chingá, dirán ustedes, ¿y qué con eso? Pues que una cosa es tener todo el conocimiento y otra soltarlo a las primeras de cambio. No, señores. No. Ser malhablado tiene su chiste, no en balde lo aprendí a punta de chingadazos. Estoy segura que todos ustedes tienen algún pariente o amigo al que admiran por la forma en que sueltan las palabrejas en el momento justo y coincidirán en que a esa persona se le oye muy chingón. Pero no cualquiera, no señor.

Y es por eso que hoy les planteo aquí mi muy sentida protesta por el abuso del lenguaje malhablado, que me lo están desprestigiando, chingao. A ver. A mí me enseñaron que una señorita y un joven bien educados no dicen malas palabras porque con esa boquita tienen que comer y besar a sus padres y, cuando sea el momento, a sus parejas o a sus hijos o a sus mascotas. Hasta ahí, todo bien. Así educo a mis escuinclas y pobre de la que oiga soltando una mala palabra, que en mi casa no se permiten chingaderas.

Lo siguiente que se aprende es que puedes oír a tus padres o a la gente mayor decirlas, pero no las puedes repetir… hasta que sepas usarlas. Se educa con el ejemplo, así que es primordial entender cuándo es propicio dejar ir nuestro lenguaje florido. Por ejemplo, comparto con mi amiga la Kelly que el auto es el mejor lugar para practicar y el tráfico de las 3 de la tarde el mejor momento. Mi punto es que en estos casos las tepocatas y víboras prietas que salen de nuestro ronco pecho (con los cristales del vehículo bien arriba, ojo) cumplen su función de válvula de escape para que no matemos a un cristiano. O lo que sea. Por eso es de suma importancia advertir a nuestra descendencia y amigos que los acompañan que “mami puede desahogarse en su círculo privado y porque se lo merece”, ellos no. Ya les tocará cuando sean grandes.

Otra ocasión válida para soltar imprecaciones es cuando sufrimos un percance o algo no sale como queremos. De nueva cuenta se trata de un desahogo, que siempre será mejor recibido que desquitarnos con nuestros chilpayates o el resto de los congéneres que tengan la mala fortuna de cruzarse por nuestro camino. Podemos incluso aprovechar ese mal momento para improvisar algunas coplas jarochas y dar rienda suelta a nuestra creatividad. Así, bien casual, una chingonería que vaya directo y bien producido a YouTube.

Ahora bien. La madre de todos los momentos para usar el lenguaje alvaradeño es cuando se trata de manifestar nuestro júbilo y contento. La fiesta del 15 de septiembre en casa de los abuelos, de los papás o de quien sea es un buen pretexto para lucirnos con nuestro entrenamiento de tantos años. O la boda de nuestro mejor amigo. O si el negocio va viento en popa. O cuando recibes la boleta de tu hija y compruebas que ya pasó todas las materias. ¡Viva México, cabrones!

Lo que no está nada bonito es esa tendencia a soltar palabrejas vulgares y prosaicas a diestra y siniestra. Cuando ni vienen al caso, pues. Así, de forma gratuita, banal, sin una buena causa que lo amerite. Y es que en los jóvenes se oye tan feo que no das crédito. Y peor cuando las dejan ir a voz en cuello, artificiosamente, porque nadie les ha explicado de qué va el asunto. Dan ganas de pulirles la educación a punta de agua y jabón. Y aquí yo sí distingo lenguaje malhablado de las groserías,  que no es lo mismo y menos si se usan cuando no se debe, ash. Y miren que traigo atoradas las de importación, es que no puedo con ellas. Tanta mala palabra tan chingona que tenemos en México para que terminemos usando gringadas. No chinguen.

Pero bueno, a quién chingados le importa lo que yo piense, ¿verdad? Me limitaré a hacer lo que me toca con mis hijas, que ya harán ustedes lo que corresponda con [email protected] [email protected] o con su propio folclore. Así que, estimados todos, a chingarse bonito.

@malamadremx

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