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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Querías ser madre…
Por Mala Madre
28 de junio, 2011
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Pues ahora te friegas. No saben cuántas veces mi amiga Lety ha escuchado esta sentencia. Invariablemente de parte de su padre. Su mamá es más flexible, aunque en este caso no comparte el punto de vista de su hija: no querida, si decidiste casarte y tener hijos, ahora tienes que hacerte cargo de ellos.

Mi amiga Lety no se quiere fregar. Primero, porque no es asunto de sus progenitores. Segundo, porque las reglas del juego cambiaron en su relación matrimonial y acaba de redescubrir lo mucho que le gusta su trabajo, lo buena que es, lo bien que se siente fuera de casa después de tantos años sin salir al mundo

A ver, entendámonos. Lety decidió casarse hace 15 años, sí. Quiso tener dos hijos, hoy de 8 y 11, sí. Quiso quedarse en casa mientras sus pequeños la necesitaron de tiempo completo, sí. Impulsó a su marido a independizarse y a dejar la sólida empresa en la que trabajaba para tener un crecimiento profesional y mejorar la calidad de vida de la familia, sí. Y nada de esto le fue impuesto, fue un acuerdo de pareja que les funcionó muy bien… hasta hace un año.

¿Qué pasó? Bueno, independizarse tiene sus costos, así que de común acuerdo Lety y su marido decidieron que ella regresara a trabajar a una empresa, de tiempo completo y con prestaciones, cuando la economía se les complicó un poco. Para mi amiga, este retorno laboral fue un redescubrimiento, una bocanada de aire fresco, un replanteamiento de su vida justo cuando acaba de cumplir 40 años.

Y se le nota. Está más alegre, más desenvuelta, más dueña de sí misma. Incluso diría que hasta más guapa. Regresar a trabajar la impulsó a cambiar su guardarropa y ahora va por la vida con un desplante producto de la confianza en sí misma y de 10 kilos menos. Sí… también bajó de peso.

Para que mi amiga Lety pudiera trabajar fuera de casa, su marido tuvo que entrarle al quite. Y lo ha hecho muy bien. Ser su propio jefe le ha permitido organizar sus horarios y estar pendiente de los niños: ya es muy ducho en juntas y festivales extraescolares y no hay acontecimiento en el cole que se le pase por alto. Sólo le falta organizar una graduación para estar del otro lado. O sea, a la altura de mamá.

Y es aquí donde empieza el problema. El papá de mi amiga Lety no ve con buenos ojos que su yerno sea quien atienda a los niños, que para eso tienen madre. El susodicho no tiene mayor problema con el asunto, de no ser porque ya le está afectando que su mujer se haya desentendido de sus hijos. Veamos, él puede hacerse cargo de los chicos porque su trabajo se lo permite y tiene disposición para ello, pero ya no le parece que su esposa no haga un esfuerzo por cumplir sus labores maternales como lo hacía antes. Ok, trabaja de tiempo completo, pero muchas mujeres tienen doble jornada y lo hacen con gusto, con marido o sin marido que las ayude, ¿qué no?

Mi amiga Lety no quiere ceder. No estaba en una prisión, que eso quede claro, es sólo que se dio cuenta que hay otras cosas que puede y quiere hacer y que ello no afecta mayormente la organización familiar ni la relación con sus hijos. Ha tratado de explicarle a su marido que es un asunto de percepción. De moral. De lo que está bien y lo que está mal. Y en esta batalla ha tenido pocos aliados.

Porque lo único que quiere Lety es una oportunidad. No está abandonando a sus hijos: ahí están las tardes/noches y los fines de semana, que al final del día es un tiempo de calidad mucho mayor a ese tiempo que le dedican a sus hijos la inmensa mayoría de los padres que trabajan.

Desgraciadamente, el debate familiar no se ha centrado en lo que es mejor para los cuatro –mamá, papá e hijos-, sino en la posición machista de que el padre no puede asumir el rol de la madre, aún cuando las circunstancias se lo permitan. Punto.

El planteamiento incluso ha sido magnánimo: la mujer se ha ganado su derecho a trabajar y desarrollarse profesionalmente, está bien, te lo concedo, pero no puedes descuidar tus obligaciones maternales. Y hazle como quieras.

Pues mi amiga Lety le está haciendo como quiere. Está convencida de que es mejor para sus hijos una mamá contenta con su vida, que una frustrada. Y si además cuentan con un padre que le ha encontrado el gusto a convivir más con sus criaturas, pues todos van de gane.

La preocupación ahora está centrada en su vida de pareja y en que su marido entienda que el nuevo arreglo está de perlas. Que no hay nada malo en ello. Mi amiga Lety ha pensado en recurrir a un árbitro profesional para recuperar el impulso de los buenos tiempos y soltar de una vez por todas esos atavismos conservadores que orillan a su círculo familiar a rechazar el cambio de roles.

También le ha puesto fecha a una plática sincera con sus padres para explicarles que se trata de su vida, no de la de ellos. Y que sí, que estén tranquilos y  tengan confianza: la educaron bien.

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