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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
¿Quién quiere mi voto?
Por Mala Madre
7 de febrero, 2012
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La primera vez que voté fue el 6 de julio de 1988, a los 20 años. Lo hice por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Mi familia y los vecinos acudimos temprano a la urna que nos correspondía, invitados por el líder sindical petrolero que tenía la fortuna de vivir frente a mi casa.

Cierta vecina se encontraba muy angustiada por votar, porque no quería apoyar al PRI ni al líder amigo, a pesar de conocerse desde chiquillos, llevarse muy bien con él y tener trabajo gracias a él. Aún cuando la mampara de votación estaba perfectamente instalada y nadie veía lo que se tachaba dentro, la mujer era un manojo de nervios.

Su miedo era que el líder se enterara que votaría por el ingeniero. En mi caso se trató de la primera “rebeldía” electoral. Me causaba un placer enorme saludar al líder y caminar junto a su comitiva para luego escoger el nombre de Cárdenas en la boleta. Y ya está, en su cara, diría la big sister.

Votamos y nos fuimos. Por la tarde quedé de verme con una amiga que estudiaba en Monterrey y que por esos días se encontraba de vacaciones en el pueblo. Me encontré con la sorpresa de que la baquetona no había votado y no pensaba hacerlo. Pues la obligué a cambiar de opinión, bien respetuosa yo de las decisiones ajenas. Sabedora de nuestros derechos electorales, di por cierto que todavía podía votar a las 5 de la tarde. Nos lanzamos en el auto de su mamá y en 10 minutos ya estábamos en la misma casilla donde inició mi participación ciudadana muy temprano ese día.

Nunca olvidaré la cara del señor que nos impidió el paso. A lo largo de los años la he vuelto a ver en el empleado de la Tesorería del DF que te dice que no puedes pagar la contribución porque te falta el comprobante de domicilio. O en la del mesero del restaurante en el que acostumbras desayunar los sábados y al que le preguntas si todavía quedan conchas gourmet y te contesta con un “uy, no creo”, sin molestarse en ver. O en la del empleado del centro cultural donde tomas clases de yoga y que se niega a recibir el pago del trimestre porque “ya se le pasó el día, señorita”.

Es esa cara de satisfacción, esa cara de “conmigo se friega”, ya saben. El funcionario de casilla, o quien haya sido el que no dejó a mi amiga votar, nos cerró el paso y nos dijo que podíamos regresar por donde veníamos. Le señalé la gente que seguía formada y le hice ver que teníamos de margen hasta las 6. Pues no va a votar, me contestó con voz retadora y cara de “y háganle como quieran”. Nos fuimos.

Esa misma noche empezó a correr como chisme la razón por la que impidieron que la gente siguiera votando no sólo en esa casilla sino en toda la ciudad: en mi pueblo arrasó Cárdenas. Los nervios de mi vecina fueron injustificados porque una gran cantidad de votantes le dio la espalda al PRI. Cada que pienso en toda esa gente que aceptó la invitación de su líder sindical para votar juntos, se me escapa una sonrisa por lo que ha de haber sentido el susodicho al conocer el resultado en su casilla.

Sonrisa que se borra cuando recuerdo lo que sentimos todos después ante el resultado oficial y los siguientes seis años de gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Desde entonces y por principio, porque tuvieron 70 años para hacer de México un país desarrollado y nomás no se les dio la gana, decidí no darle una oportunidad al PRI. Lo he cumplido.

Por definición, mi inclinación política siempre ha sido por la izquierda y a favor de las causas que enarbola: derechos humanos y respeto a los derechos de las minorías, matrimonio gay y adopción de niños por parejas del mismo sexo, despenalización del aborto y alto a la discriminación por género, edad, origen étnico y situación económica, por mencionar algunas.

Pero en estos 24 años, y sobre todo los últimos 12, me he encontrado con el dilema de qué hacer con mi voto, primero para cumplir el sueño dorado de ver perder al PRI y después para impedir que regrese. Sí, en el 2000 opté por el voto útil y no me arrepiento, aunque hayamos puesto en el cargo a Vicente Fox. Que el PRI dejara Los Pinos fue la gran cosa, aunque no haya sido suficiente y se desperdiciara la oportunidad histórica de empezar a enderezar al país.

En el 2006, Andrés Manuel López Obrador impidió que votara por el PRD. Simplemente no pude conciliar mi simpatía por la izquierda con su discurso de encono, de buenos y malos, de burla ante las inquietudes ciudadanas por la creciente inseguridad en el DF, de incongruencia ante los video-escándalos de René Bejarano, y de protección a su secretario de Finanzas, Gustavo Ponce, quien usó dinero público para apostar en Las Vegas. Y ya ni hablar de lo que anticipaba sobre su berrinche postelectoral. Pero más que nada, me lo impidió su actitud conservadora durante su gestión como jefe de Gobierno, en la que no prosperaron causas que Marcelo Ebrard sí ha sacado adelante.

Hoy, los resultados del sexenio de Felipe Calderón con el desbordado accionar del crimen organizado, la guerra contra el narcotráfico y 50 mil muertos me amarran las manos para votar por el PAN. O sea, estoy lucida.

El proceso electoral de 2012 ya tiene a sus tres candidatos. Y por primera vez desde 1988, no sé a quién elegir. Con Enrique Peña Nieto descartado, me han dicho que si fuera congruente con mi posición ideológica, debería votar por el PRD. Pero el discurso amoroso de AMLO no acaba de convencerme. Con el mismo argumento, no debería votar por el PAN. Pero tampoco estoy segura de que Josefina Vázquez Mota y equipo que la acompaña enarbolen el conservadurismo del blanquiazul. Conclusión, me cambio de país o qué.

Sé que mi opinión a nadie le importa. Comparto mi vivencia porque sé que no soy la única que se encuentra en este dilema. Anular mi voto no es alternativa y por más que he tratado acabo votando en contra de y no a favor de. Este año no quiero hacerlo así y estoy lista parta escuchar argumentos de las dos opciones que me quedan (priístas, absténganse. Incluido el candidato bajo la manga de Elba Esther).

No pierdo la esperanza de escuchar ideas y debatir propuestas, sobre todo los cómos más que los qués. Hago changuitos para que el eje de las campañas sea el trabajo en equipo y no la iluminación de un líder. Que Cárdenas y Genaro Góngora le den ideas a López Obrador y que gente como Rodolfo Tuirán (encargado de despacho en la SEP), Miguel Székely (director del Instituto de Innovación Tecnológica del ITESM) y Rogelio Gómez Hermosillo (activista, dirigente de organismos civiles y consultor del Banco Mundial y el BID) asesoren a Vázquez Mota, mejoran el panorama.

Pero sobre todo, aspiro a que las reuniones familiares y de amigos no terminen en trifulca por culpa de las campañas, como en el 2006. Entre lo negro y lo blanco hay muchos tonos grises que debemos considerar a la hora de pretender agarrarnos del chongo. Ni fundamentalismos, ni extremismos ni mucho menos cinismo. Tal vez un poco de información no caería mal. Venga.

 

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