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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Reforma hacendaria: nomás falta que me parta un rayo
Ahora sí se pasaron. La reforma hacendaria propuesta por Peña Nieto seguro trae cosas buenas, pero en casa sólo falta que nos caiga un rayo porque nos pega por todos lados.
Por Mala Madre
10 de septiembre, 2013
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No soy experta en asuntos fiscales, pero pago mis impuestos, lo que no es poca cosa. Incluso he llegado al extremo de encargarme que otros también los paguen: trato de no contratar servicios con prestadores que se niegan a dar factura o la condicionan al IVA. Y digo trato porque no siempre puedo. Las psicólogas que han mediado en mi relación familiar, por ejemplo, me han sumado el IVA al costo de la consulta en cuanto he solicitado el recibo. Que si no lo pido, me lo podría ahorrar. Ay.

Una vez debatí el punto con una buena amiga, quien me argumentaba que están en su derecho, puesto que trabajan por su cuenta y eso cuesta mucho. Como si ser asalariado significara en automático sacarse la lotería o algo así; ser un privilegiado que por ése único hecho debe ser condenado a pagar el ISR que los demás no pagan si lo pueden evitar. Peor todavía, qué para qué quiero el recibo si las consultas con la psicóloga no las puedo deducir de impuestos, como sí sucede con las visitas al doctor. Como si sólo quisiera hacerles la maldad, en lugar de solidarizarme con su evasión fiscal. Y pues allá voy a pedir los recibos, porque es lo correcto. Y para que por lo menos algún día tenga claro lo que me ha costado la salud mental familiar.

También trato de no hacer negocios con quienes sólo aceptan pagos en efectivo. Si rechazan tarjeta o transferencia y no dan recibo fiscal, mejor busco por otro lado. En una ocasión mis vecinos llegaron a vanagloriarse de haber conseguido un buen precio con un empleado de una tienda de pinturas, a cambio de no entregar factura y a espaldas del dueño. Por supuesto, son los mismos que hoy se niegan a aumentarle el salario a la señora que hace el aseo en el edificio después de 5 años, “porque es mucho dinero lo que pide”. Si ella se vendió en tres pesos, pues que se friegue.

Aún así, no desisto. A pesar de conocidos, amigos e incluso familiares que van por la vida echándome en cara lo mensa que soy por no buscar la manera de eludir las obligaciones fiscales. A pesar de los legisladores que exentan el ISR de sus aguinaldos y de buena parte de sus ingresos vía prestaciones. A pesar de gobernadores y funcionarios públicos que usan el presupuesto como si fuera propio, o del presidente que acepta donaciones de terrenos y casa y los reporta como parte de su patrimonio sin explicar quién se los dio y a cuenta de qué (y por lo cual no pagó impuestos).

Pero ahora sí se pasaron. La propuesta de reforma hacendaria del presidente Enrique Peña Nieto seguro trae cosas buenas (¿VERDAD?), pero en casa sólo falta que nos caiga un rayo, porque nos pega por todos lados. Primero que nada, nos pega por el aumento de 30 a 32 por ciento del ISR, porque en México ganar mínimo 42 mil pesos al mes (504 mil al año) te hace millonario según los parámetros gubernamentales. Ya no podremos deducir de impuestos los 19 mil 900 pesos por concepto de cada una de las colegiaturas anuales de las hijas en secundaria (26 por ciento del total) y ahora, además, tendremos que pagar un 16 por ciento adicional de IVA. Por si faltara algo, nos incrementarán 16 por ciento la renta del departamento, lo que mermará nuestros ahorros para comprar el anhelado depa, que por obra y gracia de las constructoras que no previeron su crisis aunque se les advirtió (y Marco López Silva lo explica muy bien acáacá y acá) ahora nos costará 16 por ciento más caro. Por suerte he resistido la presión de las hijas por tener mascota, que si no, la tendría que poner a dieta por el incremento a las croquetas.

A esto sumémosle, por supuesto, lo que ya pagamos en Seguro de Gastos Médicos Mayores, Seguro Educativo, Seguro de Retiro (lo cual me hace agradecer que nos hayamos ido de vacaciones este verano; quién sabe cuándo lo podremos volver a hacer).

Me podrán argumentar que es lo justo. Que si en casa gastamos en educación, salud y fondo de retiro es por gusto, porque hay servicios y herramientas públicas gratuitas. No puedo rebatir el punto: que paguemos más los que más tenemos es lo más democrático que hay. El problema es que esto no es cierto porque no pagamos todos, pagamos los de siempre. Los que estamos amarrados a Hacienda vía nuestra firma electrónica y nuestro reconocimiento de iris y huella digital, y nuestro salario base, porque la empresa en la que laboramos ha hecho un esfuerzo por darnos prestaciones. Y seguiremos siendo los mismos porque ninguna persona en el comercio informal aceptará la oferta de darse de alta de manera voluntaria en el SAT, a cambio de pagar nada el primer año, un poco el segundo, algo más el tercero y así sucesivamente hasta pagar lo que deberían pagar. Hasta ingenua se lee la propuesta.

No en balde tenemos el récord de ser el país con menor recaudación fiscal en la OCDE, apenas una tercera parte de los que recaudan en promedio los demás integrantes y que ronda entre el 33.8 y el 46 por ciento del PIB. Hecho que tiene que ver no sólo con la ineficiencia de nuestros recaudadores, que se ensañan con los de siempre y no saben cómo ampliar la base tributaria, sino también con nuestros altos niveles de corrupción que le quitan a cualquiera las ganas de pagar impuestos que no sentimos que nos beneficien directa ni indirectamente.

Aplaudo la eliminación gradual del subsidio a las gasolinas, iniciada en el gobierno de Felipe Calderón, y que le aligeren la carga impositiva a PEMEX. No entiendo los impuestos a los conciertos y al teatro, al que de por sí voy pocas veces. El impuesto a los depósitos en efectivo era una forma de controlar el origen del dinero, pero ahora dicen que no funcionó aunque no explican por qué. Me late que graven las bebidas azucaradas, aunque ya estando ahí deberían seguirse con los chuchulucos (gansitos, pingüinos, papas sabritas) #LosChiclesQué. Hasta ya casi me creo que entre Telcel, que me hace sentir que vivo en una mansión porque pierdo la señal de la cocina a mi recámara, y el SAT, que me hace sentir millonaria con los impuestos que me cobra, hay un acuerdo para levantarme la moral con hacerme creer que soy parte del 1 por ciento más rico del país en lugar de clasemediera. Pero no están triunfando, eh.

Más contribuyentes pagando lo justo sería más democrático y efectivo que los de siempre pagando por todos. Y podríamos empezar eliminando las prestaciones que no tenemos por qué pagarles a los legisladores, como Seguro de Gastos Médicos Mayores, camionetas de lujo cada año, gasolina, paseos, costosas asesorías adicionales a las que ya tienen. Son 500, económicamente no representan un ahorro que impacte en el presupuesto (aunque quién sabe), pero políticamente sería una buena señal de que piensan en el bien común y una pauta de conducta para el resto de los funcionarios públicos. Y entonces nos seguiríamos con los gobernadores, los congresos locales, los presidentes municipales… Sí, septiembre me hace soñar #QuéLeVoyAhacer.

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