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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Soy de lo peor
En casa tengo helechos, teléfonos y una cuna de moisés. Qué me dura un árbol de navidad.
Por Mala Madre
29 de enero, 2013
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¿Alguna vez se han sentido como Viridiana tratando de salvar al mundo? Pues con esa misión en mente decidí en las pasadas fiestas decembrinas rentar un arbolito de navidad. No saben. Desbordaba felicidad no sólo por el hecho de salvar un árbol, sino por las caras de las hijas y el marido al contemplar a nuestro invitado especial: frondoso, oloroso, glorioso en su verdor.

Listo. Había cumplido como madre, como esposa, como ciudadana. Para alguien que en los últimos años le ha recetado a la familia el árbol de plástico que aún tengo guardado en el cuarto de servicio del departamento, ya se imaginarán el alboroto que causó el chiquilín. Sí, lo bauticé. Déjenme ser.

Muy orgullosa de mí misma, me dediqué con la invaluable ayuda de la peque a adornarlo. El ritual no admite desorden: primero las luces (me recomendaron de LED, pero yo le puse dos series que ya tenía, de foquitos muy pequeñitos y que fueron encendidas un rato en cuatro ocasiones), luego la tira dorada de campanitas que tanto trabajo me costó desenredar, para finalmente colocar por tamaños las esferas de tela regalo de mi suegra: las más grandes abajo, las más pequeñas arriba.

Foto árbol 1

Embelesadas, observamos nuestra obra. El siguiente paso fue seguir al pie de la letra las instrucciones de cuidado: regarlo una vez a la semana con dos litros de agua en los cuales había que disolver dos tapitas de nutrientes e hidratar las hojas con un atomizador. Uy, qué fácil. Ya está. Nada puede salir mal.

Empezamos muy bien y juro que el 25 fue el día que más se lució. Mi hogar amaneció oloroso a pino. Pero no hay felicidad completa. La primera señal de alarma la dio la señora que me ayuda en casa, por ahí del 26. Y las siguientes, también. Era como mi Pepe Grillo que durante tres semanas nomás llegar a la casa, soltaba la sentencia: pues a mí me late que ya se le secó. Mire, ya se le están cayendo las hojas.

Confieso que me enchilaban mucho sus comentarios, que sentía hasta insidiosos y burlones. Porque yo volteaba y lo veía precioso, más vivo que cuando llegó, y me negaba a pensar que podría estar en camino de fracasar en mi buena acción de fin de año. Me obsesioné con revisar todas las noches que la tierra no tuviera exceso ni falta de agua y hasta le platicaba las vicisitudes del día, porque mi madre me enseñó que a las plantas hay que hablarles para que crezcan. Bien podrían haberse quedado mis hijas sin cenar, que a mi arbolito no le faltaba nada.

Mafalda_padre

Pues no sé si fue exceso de plática o tal vez los chismes incorrectos, pero conforme fueron pasando los días el olor de el chiquilín disminuyó y mi angustia creció. Como que se empezó a agüitar y yo casi rezaba para que llegara el 7 de enero y lo rescataran de mis manos de lumbre. Pero no tuve tanta suerte. Los de Siempre Verde se retrasaron dos semanas en la recolección y ya no hubo forma. Sequé mi arbolito de navidad.

Días después, en la quietud de mi hogar y a solas con mi conciencia, pude analizar bien la escena del crimen y constaté que el chiquilín recibió más luz del sol de la que  necesitaba. Tal vez hubo también agua de más. O lo maté de angustia con el reporte informativo que le daba.

El caso es que no sé si encabezo la lista negra de Siempre Verde y ya esté boletinada para que no caiga otro inocente arbolito en mis manos para el próximo diciembre. Me quedé muy achicopalada y no sé si quiera o pueda repetir la experiencia. A mí las plantas se me dan muy bien y tengo mi casa llena de teléfonos, malas madres, violetas y hasta puedo presumir una cuna de moisés que ya está floreando. Me he batido a capa y espada con mis vecinos para defender la permanencia del jardín del edificio, que han propuesto pavimentar. Y se me tenía que secar el árbol, ash.

Tengo 10 meses para programar un plan de acción si quiero reivindicarme, aunque todavía no estoy curada de espanto. Sé que después de esta confesión es probable que no me encarguen sus plantas la próxima vez que salgan de vacaciones, pero les juro que no soy tan sope. Sólo aspiro a que no se riegue la voz en el invernadero o en el bosque donde sea que replantan los arbolitos. Y me dejen volverlo a intentar. Digo, no soy tan descuidada, de veritas. Y si no, que lo comprueben mis hijas que ahí están.

 

 

 

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