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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Escuelas de piojosos
Si crees que los piojos son cosa del personal doméstico y niños mugrosos, como consideran algunas madres, lamento decepcionarte. Adoran las cabezas limpias y han provocado una epidemia en todo el país, que va y viene cada 15 años.
Por Mala Madre
21 de mayo, 2013
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Tengo una amiga que hasta hace no mucho se burlaba de mí por tener a mis hijas en una escuela de piojosos. No sólo porque usaban ropa de calle en lugar de uniforme ni porque eximieran a los niños del casquete corto o porque sus maestros fueran unos hippies. No sólo por eso. La susodicha se ensañaba porque una semana sí y la otra también mis hijas llegaban con piojos a la casa.

Lo sé. Sé perfectamente lo que estarán pensando algunas de ustedes. Que en su casa ESO nunca se va a ver. Que los piojos son sólo cosa de gente mugrosa. Que guácala con esas escuelas que permiten que sus alumnos sean unos desaseados. Que pobre de aquél de sus hijos que se atreva a poner en semejante vergüenza el buen nombre de la familia. Que a ver si ya certifican a sus chachas antes de dejarlas entrar a su acrisolado hogar. Que me tenían en otro concepto. Ash.

Lamento informarles que no hay nada más democrático que un piojo. Su aparición no tiene que ver con cabezas sucias, sino con epidemias y la facilidad con que los niños se contagian por estar en contacto físico permanente. Y créanme que no es excusa de señora fodonga. Lo sé perfectamente, por todo el esfuerzo físico y mental que ha implicado para mí erradicarlos.

La primera vez que la adolescente mayor llegó con piojos a la casa era verano del 2007. En vísperas de escaparnos un fin de semana al terruño del marido, la pobre se quejaba de que le picaba mucho la cabeza. Señoras, por favor háganle caso a sus hijos y no los ignoren como yo. Pensé que era el calor o las asoleadas y le dije que no se preocupara, que en el mar no sólo la vida es más sabrosa sino que uno se cura de todo. Tres días después, TRES DÍAS, una cosa que corría insolente entre los cabellos de mi hija mientras la bañaba me heló la sangre como pocas veces lo ha hecho algo en mi vida. Mi mente no atinaba a comprender qué era lo que tenía entre las manos, hasta que al remover un poco me encontré con que habíamos llevado toda una colonia de polizontes indeseables a la casa de mi suegra.

No saben lo que fue aquello. Raudo y veloz, el marido vació la farmacia más cercana de cuanto producto encontró, entre champús, lociones, acondicionadores, repelentes, en seco, en húmedo, con peine, sin peine, eléctrico, manual. Los fabricantes deberían de hacer un instructivo para madres primerizas y vender los productos en función de piojos primera etapa, segunda, tercera y así, como con los pañales. Porque no es que quiera espantarlas, pero ustedes deben saber que ellos regresan. Una y otra vez.

Esa primera vez llené de químicos la pobre sesera de mi hija. Entre la tirria que me daban y lo molestos que son, pensé que con eso evitaba que se contagiara toda la familia y que hubiera una reinfestación. Craso error. Con el paso de los años, AÑOS, aprendí que sólo hay una forma de eliminarlos. Y es la peor.

Desde ese verano del 2007 hasta el actual ciclo escolar, los piojos y yo nos tuvimos la guerra declarada. Todo empezaba con el reinicio a clases. Las hijas acudían perfectamente peinadas con trenzas pegadas a la cabeza y harta loción repelente en el pelo. Todas las noches revisaba cabello por cabello, antes y después del baño. Pero no había forma. En una ocasión, mientras comíamos con una amiga de la adolescente menor y su mamá, de pronto vi claramente cómo un piojo salía y entraba por la cabellera de mi hija. Me quise morir. Apuré cuanto pude el encuentro para salir corriendo a casa y proceder con el tratamiento.

Esos momentos han sido cuando más he deseado tener cerca a mi madre, que es una experta en eliminar piojos. Con cinco hijos, imagínense la práctica. En muchas ocasiones estuve dispuesta a dar mi reino con tal de que alguien hiciera el trabajo por mí, o para que existieran lugares específicos para acabar con estos engendros del mal, como la peluquería y el salón de belleza. Un par de ocasiones se me antojó formar un grupo de madres con hijos piojosos, para echar chal e intercambiar tips mientras trabajábamos en la cabeza de nuestros escuincles. Digo, ya de perdis. Ahora me entero que hasta de esto hay tutoriales en You Tube #PorSiOcupan.

A mí los piojos me producen la misma sensación que las cucarachas, las cuáles sólo puedo eliminar con la intervención del marido. Me he salido de la casa a esperar que llegue para matar alguna que se nos haya colado de las obras del metro, de ese tamaño es mi fobia. En el caso de los piojos tuve que superar mi horror cuando entendí que la única forma de eliminarlos era con aceite en el pelo y un peine. Dividía el cabello de las hijas en cuatro partes, que sujetaba con ligas o pasadores, y les pasaba el peine una y otra vez para eliminarlos uno a uno. Todos los días, por espacio de una semana mínimo, tenía que repetir el procedimiento hasta asegurarme de que no hubiera más.

Desde ese verano del 2007, por lo menos una vez al año me tocaba combatirlos. El ciclo escolar 2011-2012 pasará a la historia familiar como el peor de todos: se contagiaron cuatro veces… y nos contagiaron. Para entonces ya estaba yo harta. De acuerdo con la secretaría de Salud hay una epidemia de piojos, la cual se repite cada 15 años o algo así. Si a eso sumamos que duran siete años (que son los que esta familia llevamos padeciéndola) pues suertudotas las generaciones de primaria de los próximos ocho años. Podrán aspirar a ser contagiados una vez cada dos años si bien les va, pero de que los tendrán, los tendrán.

Así que, señoras, dejen de echarle la culpa a su personal de servicio doméstico (que no chachas, señoras por favor) y no se les ocurra mirar feo o discriminar a la pobre criatura que ustedes crean que inició el contagio en la escuela. No los señalen, no los exhiban, no exijan a la dirección que les prohíban el paso porque no sólo es discriminatorio, sino que perderán el ciclo escolar o se quedarán sin alumnos. Tampoco se sonajeen a sus hijos por llegar con piojos, como una vez lo hizo mi amiga con su pequeña de 10 años cuando descubrió que hasta en las mejores escuelas pasaba… (igual no sé por qué seguimos siendo amigas, caray).

En la primaria de la adolescente menor nos mandaron en marzo pasado una circular felicitando a los padres por haber erradicado la infestación. Llevamos todo el ciclo escolar sin registrar un solo caso. Por poco y organizo una cena con velas y vino para festejar. De los trece años que llevo de madre, ésta ha sido la experiencia más agotadora que he tenido, casi como la adolescencia de la big sister cuya boleta llegó ayer y… ya les contaré.

 

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