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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Yo sí creo
Por Mala Madre
20 de diciembre, 2011
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2011 será el primer año que mis hijas no hagan una carta a Santaclós ni a los Reyes Magos. Y será el primer año porque por fin la peque decidió confrontarme al respecto hará cosa de un mes.

Muy seria, se armó de valor y me soltó la pregunta mientras esta mala madre se encontraba ocupada haciendo no recuerdo qué cosas. Hablamos, hizo los cuestionamientos que consideró convenientes como “¿seguiré recibiendo regalos?” y confirmó varias cosas que ya sospechaba estilo “sí, claro, era imposible que le diera tiempo de entregar todos los regalos en una sola noche”. Lo tomó con mucha filosofía y siguió con su vida.

No puedo contar lo mismo de la big sister, a quien se le reveló el misterio hace unos tres años. Estaba enfurecida ante la posibilidad de que no existiera el gordo panzón de los regalos y me armó un mega pancho que me obligó a encerrarnos las dos en el baño para que su hermanita no se diera cuenta del tema que se debatía.

El veinte le había caído por fin cuando se preguntó por qué la prima Kassandra (así la registró su mamá, a mí que me esculquen por la ortografía), recibía chorrocientos regalos mientras que su hermana y ella sólo uno cada quien. Al principio la convencía con frases como “sepa, seguro Santa le dejó por error los regalos de otros niños” o bien “mmm, a lo mejor se portó súper bien”. Esta última es una sentencia horrenda, lo acepto, por el significado implícito. Porque el siguiente pensamiento recae en el hecho de que los niños pobres sean todos unos mal portados ante el curioso dato de que muchos no reciban ni un solo regalo, como me reclamó enojada aquel día.

El argumento que usé es el que han usado infinidad de padres por generaciones, supongo: que les contamos ese cuento por mantener una ilusión que se nos hace padre fomentar en los niños, por la emoción que vemos en sus caras al levantarse temprano al día siguiente y verificar si Santa les había traído el regalo pedido.

La causa principal del enojo de la big sister era cómo me había atrevido a mentirle. Sigo pensando que más que una mentira, se trata de un cuento de hadas como muchas de las historias que les leemos a la hora de dormir. No hay maldad en ello, sino el simple placer de fomentarles una ilusión que mis hijas disfrutaron mucho hasta que empezaron a cuestionarse cosas.

En mi caso ni siquiera recuerdo que alguno de mis hermanos o esta servidora hayamos confrontado a mis padres sobre el tema. Nos hacían poner un zapato al pie del árbol o del nacimiento y si alguien quería, podía hacer su carta. Ni Santa ni los Reyes nos trajeron nunca lo que pedíamos. Digo, éramos cinco escuincles y el presupuesto familiar era bastante limitado. Antes dí que te tocó algo, diría mi padre. Pero sí recuerdo que me ilusionaba descubrir qué modelo de juego de té me obsequiaban ese año. O de muñeca. O de estuche de maquillaje. Las tres cosas nunca fallaban y casi creo que se alternaban. Tampoco recuerdo a qué edad dejé de recibirlos.

Mi memoria no registra tampoco a ningún familiar o amigo enojado con Santa o los Reyes por no haberles traído regalo, salvo el caso de Macaria, la manicurista de mi suegra, en una anécdota que data de hace 20 años. De tierra caliente y con hijas de la edad que ahora tienen las mías, no perdonaba a los Reyes que nunca hayan tenido el detalle de pasar por su casa.

Al ver cómo mi suegra y su amiga del alma se esmeraban en que sus hijos recibieran lo solicitado a nombre de esos tres infames, Macaria soltaba que no les iba a andar haciendo publicidad, para que además le quitaran el crédito. En su casa sus hijas sabían que los regalos los compraba ella, no faltaba más.

Conozco padres que nunca contaron este cuento a sus hijos. En la escuela de la peque hay quienes incluso consideran una afrenta personal que los hijos de los demás crean en Santaclós o en los Reyes Magos. Que si les contamos esa mentira con qué autoridad les podemos exigir después que sean personas honestas.

Respeto su punto de vista, pero en casa sí creemos. Porque el cuento de hadas sin maldad que mi marido y yo contamos a nuestras hijas nos permitió disfrutar su infancia de una forma que ha hecho muy especial la navidad. Me permitió gozar hasta el infinito y más allá la complicidad con la cual me miraba la big sister al guardar el secreto ante la hermana, después de que asimiló nuestras razones. Porque ha permitido que estas fechas sean mágicas, no sólo para mis hijas.

Para mí lo son. Es una fiesta que me encanta y disfruto mucho. Las luces, los adornos, los villancicos. Las cenas de navidad y año nuevo, la posibilidad de corregir mis errores y comenzar de nuevo. De reconciliarme conmigo misma y con mi familia, de aceptarme y aceptarlos como son, aunque muchas veces no se dejen. En eso creo, en eso creemos.

Por ello, aunque en casa ya no se escriban cartas a Santaclós ni a los Reyes Magos, yo seguiré pidiendo como todos los años un regalo, para que me lo entreguen diferido durante todo el año. Salud, amor y una buena economía, que ya no estamos para exigir extravagancias. Que cese la violencia en el país. Que los políticos se preocupen y ocupen por resolver los problemas. Que en alguien quepa la prudencia y se convierta en el jefe de Estado que nos ayude a salir del atolladero.

Ajá, sigues creyendo en Santaclós, pensará alguno de ustedes. Pues creo en mí, en mi marido, en mis hijas, en mi familia, en mis amigos. Quiero creer en mis vecinos y en la gente que me rodea. Quiero creer en mis lectores y en los lectores de Animal Político. En la gente que se esfuerza con su trabajo todos los días y pone su granito de arena por su familia y por el país. Sí,  yo sí creo.

 

 

 

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