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La sartén por el mango
Por Mala Madre
Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ... Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 30 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo, los siguientes cinco de freelance y ahora de nuevo de tiempo completo. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a [email protected] (Leer más)
Yo ya estaba empoderada, la maternidad qué
Sí, hay vida más allá de los hijos y la maternidad.
Por Mala Madre
12 de mayo, 2015
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Provengo de varias generaciones de madres abnegadas para quienes la maternidad representó su máxima realización. Mi progenitora se esmeró en que sus hijos (sobre todo los varones) estuviéramos siempre antes que cualquier otra cosa de su universo personal. ¿Qué quiere mi rey, qué quiere mi reina? ¿Dónde te pongo, corazón? ¿Qué necesita mi sol?

Máxime cuando fuimos bebés e infantes. Con cinco hijos y un precario ingreso familiar, se las arregló para que no nos faltara nada así tuviera que quitarse la comida de la boca. Cuando nos ajuareaban -dos veces al año- nos compraba todo de dos en dos (dos vestidos, dos faldas, dos pantalones, dos blusas, dos shorts, con excepción de las mudas de ropa interior…) y nos proveía de un clóset de básicos que habría sido la envidia de Tim Gunn. Incluso cuando crecimos y, tras un debate familiar sobre qué preferíamos, que mamá se quedara en casa a atendernos o trabajar fuera de casa para ayudar a papá con los gastos -y optamos para bien de todos por lo segundo- doña Elsa nos hizo sentir su multitask don para resolver cualquier impedimento que se nos cruzara en el camino que ella había visualizado para nosotros.

Luego que dejáramos el nido, a mi madre le costó retomar su vida individual y de pareja donde la había dejado, nomás 30 años atrás. Los dos jubilados, vivieron sus siguientes años en un danzar entre la casa de un hijo y otro, ahora anhelando el bullicio del nieterío. Fiestas, aniversarios, puentes, vacaciones, todo se decidía en función del itinerario y compromiso de sus vástagos. Hasta hace un par de años cuando, después de hacer su testamento, decidieron que lo que les quedaba mejor se lo gastaban ahora que todavía tienen salud y ánimo. Y después de recorrer diversos destinos nacionales indispensables para la cuota turística materna, se fueron a su primer viaje al extranjero. Solos, a sus 70 y tantos años. Sin un hijo, sin un nieto.

Desde entonces, se la pasan como en película de Pedro Infante: “ya llegamos hijos, ya nos vamos hijos”. Así que este 10 de mayo no fue la excepción. Mi madre agarró a su marido y se fue a festejar a Londres. Y nos pintó un bonito #AhíSeVen. Doña Elsa por fin colgó su medalla de maternidad y aceptó que hay vida más allá de sus hijos. Y lo mejor es que le gustó. México-Londres-París-Brujas-NoséquéciudadesdeAlemania-Madrid-Barcelona-México. De esa vida quién deserta, como dice mi suegra. Me llena de gusto y orgullo que mi madre haya recuperado su vida personal, individual, sin sus hijos, a través de los viajes con su marido. Que pueda hacerlo, que quiera hacerlo. Que ya no piense primero en qué le falta a uno de nosotros –tremendos cuarentones baquetones- antes de pensar en ella.

Así que mi madre me sigue dando lecciones. Que nos defendiera a capa y espada y nos antepusiera incluso a su relación con mi padre nos permitió tener estudios universitarios. Ése es su legado. Y siempre se lo voy a agradecer. Pero también nos legó que si ella se la estaba rifando era para que sus hijos –pero sobre todo sus hijas- tuviéramos opciones para escoger qué queríamos ser en esta vida. Y lo logró. Usó sus circunstancias y lo que ella hubiera querido para sí misma, para que sus tres hijas aprendiéramos que a las crías hay que cuidarlas, protegerlas, proveerlas, después de cuidarnos, protegernos y proveernos a nosotras mismas. Que la vida de nuestros hijos no está por encima de la nuestra. Que primero necesito estar bien yo, para que ellos estén bien. Así eso implique desarrollar una profesión o quedarse un tiempo en casa, amamantar o dar biberón, hacer colecho o preferir la cuna. Y hasta llevarlos a la guardería para tomarnos un tiempo fuera.

Mi madre aprovechó la única opción que tenía para que sus hijas tuviéramos otras opciones; ése fue el poder que ella me legó. Con ese empoderamiento decidí tener hijas de manera libre e informada, decidí quedarme en casa sus primeros años de vida, decidí regresar al trabajo cuando tuve la oportunidad, decidí escuela y casa en función de los intereses familiares, decidí que no iba esperar a los 70 para escaparme con mi marido de viaje, de cena, de fiesta. Y sobre todo, decidí que mis hijas tienen su vida y yo la mía y que las podemos compaginar. Por todo esto que tengo, gracias mamá.

FotoBlog

 

@malamadremx

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