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Lilith Wannabe
Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Bareback Juke-Box, la protesta gay antigay hecha novela
Leer a Wenceslao Bruciaga burlarse de los homosexuales me recuerda a Philip Roth pitorréandose del judío acomplejado que es en El lamento de Portnoy. Por qué dejarle la autocrítica a los demás si uno es el experto en el tema.
Por Dalia Perkulis
31 de enero, 2019
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El gran drama de la homosexualidad, me parece, es que somos una biología portadora de una violenta semilla que busca penetrar y penetrarse a sí misma. Y al penetrarse a sí misma no deja huecos a los misterios. Casi podemos leer la mente del otro, y eso es lo que nos pone histéricos. Por eso nos deprimimos más que los hombres heterosexuales después de eyacular. Porque entendemos el vacío del otro que también es nuestro vacío. Quizás haya imprecisiones. Nos quedamos callados. Pero entre homosexuales no hay misterios. Pienso que los bugas, al entender que el misterio del sexo opuesto jamás podrá ser descubierto, se rinden y ese rendimiento es lo que llaman estabilidad”.

Bareback Juke-Box (Moho, 2017).

 

Hipólito nació gay y desde entonces concibe su vida como un acto de resistencia.

No entiende a los homosexuales que desperdician su vida tratando de imitar a los heterosexuales y ganarse las migajas de sus derechos para calmar la ansiedad, cuando su mayor privilegio es haber nacido diferentes.

Se me figura, a mí, bloguera, como si fueras a una escuela donde no hay uniforme y lucharas porque lo impusieran para evitar la ansiedad de decidir qué ponerte cada día.

La novela inicia cuando Hipólito se contagia voluntariamente de VIH en un coito donde a tope de calentura clama porque lo “infecte de sida” su ligue, un galán canadiense. Como un acto autodestructivo sí, pero sobre todo liberador, ya para poder coger “a pelo” (sin condón) en adelante y de una vez ignorar las precauciones recomendadas para la población de “alto riesgo de contagio”. Para que ya dejen de decirle cómo coger.

El protagonista cita a su gurú J. G. Ballard: “los sucesos violentos como accidentes, enfermedades o traumas graves tienen un gran efecto liberador (…) y la idea de liberarme sabiendo que hay un virus mortal me pone como toro”.

Me recuerda, guardando las distancias, a la liberación de la virginidad en mi juventud, como fuera pero ya trascenderla. Y no esperar a que los demás me dijeran cómo y con quién. Con el tipo menos significativo de preferencia, que no fuera un ritual.

Me extiendo en esta reseña por morbo, porque nunca había leído una novela así.

Hipólito toma clases de box para vengarse de los homosexuales que no dan la cara para cortar. Esta vez se propone madrearse a su ex, Fernando, que ya no le responde los mensajes, mientras liga en páginas gay como barebackrt.com y manhunt.com donde se ven seudónimos de lo más variopintos como “Capitán Mecos”.

Acude a darse unos buenos revolcones al Sodome, “el primer sauna abiertamente gay del D. F.” Tiene sus tríos con una pareja del gimnasio, inhala poppers para que le quepa la doble penetración y en las madrugadas de caza infructuosa le cae a Iván que siempre está disponible para él.

Migra de Torreón al D. F., escribe discursos para burócratas imberbes, es hijo de un diputado hábil y de una hippie trasnochada que vivió en una comuna en la colonia Álamos y también tiene a su amigo buga Francisco, quien lo lleva al Sodome si luego Hipólito lo acompaña al burdel donde la madame le habla en femenino como a una comadre. Mientras, en la ciudad anda suelto el Mataputos, un asesino serial, e Hipólito añora a su ex, Alberto, se cuestiona por qué lo cortó. Atesora su colección de discos “que nadie le va a robar” porque no le entienden. Para él, las tapas de las plumas Vic fueron creadas para medir la dosis exacta de coca. Lo acompañamos en su búsqueda, somos testigos de su melancolía.

En una escena memorable, un día en el sparring que su contrincante le dice “quedito, soy homosexual”, Hipólito lo golpea más fuerte por culero. Equipara al ring con el sexo, por eso le gusta tanto.

“Hip” como le dicen, es de posturas firmes, dice que los gays no son mascota. Si viéramos sus orgías, no nos lo parecerían, he oído decir a Wenceslao que tiene mucho en común con el protagonista. La última vez que lo vi y echábamos el chal me dijo algo así como “prefiero ser fiel a mis desplantes que protegerme de no sufrir” y pensé “cómo no lo anoté, es la síntesis de su novela”.

Según “Hip” también, el gay es un eterno adolescente por lo que se tarda –mucho o poco– en salir del clóset sin vivir su adolescencia a tiempo y se cobra este retraso el resto de su vida. Me recuerda tanto a mí por haberme tardado en experimentar sexualmente, en mi caso por gorda y acomplejada.

Además, afirma, tanta advertencia sobre los riesgos del sexo es contraproducente. Desensibiliza. También me remite a mi condición de judía. Tanto hay que irse a tientas que te rebelas. Me identifiqué en lo improbable, en los temas insospechados para mí. Porque la literatura entre más personal es más universal.

La novela tiene un soundtrack de autor melómano erudito, ha de ser un agasajo para conocedores. Yo me quedo muy corta. Habla de artistas mainstream como Sonic Youth, Roxy Music, Bryan Ferry, David Bowie, Nick Cave, Sex Pistols, Doors, Jim Morrison (no muy favorablemente), White Stripes (tampoco), INXS, Wolfmother, y de bandas que ni idea como sus favoritísimas Belle and Sebastian, Dinosaur Jr. y otras más remotas (para su servidora) como New York Dolls, Black Flag, Tragically Hips, Public Image Ltd. (PiL), GusGus, Go Betweens.

Wenceslao escribe un antimanifiesto de posturas contestatarias brillantemente fundamentadas difíciles de encontrar, perturbadoras, elocuentes, lúcidas, incisivas. Es único. Hay que leerlo para entender.

Su columna semanal de música y protesta gay antigay El Nuevo Orden en Milenio tiene 13 años y ahora es como si la tradujera a novela con tintes de ensayo, como suele, pero no incurre en el activismo o la rebeldía gratuita.

“(Bryan) Ferry nunca pretende esconder su tendencia machista, siempre sobria y sosegada, por algo es el santo de los dandis. El cinismo de Ferry es el mejor ejemplo de cómo sacudirte la culpa de que te den por el culo sin necesidad de activismo. Siempre he creído que si Scott Fitzgerald se hubiera dedicado a la música, sus composiciones sonarían a Roxy Music”.

“El activismo es un recurso de vanidad travestido de causa. Si te sientes un perdedor, conviértete en activista”, dice Wences en la voz de Hipólito.

Leer a Wenceslao Bruciaga burlarse de los homosexuales me recuerda a Philip Roth pitorréandose del judío acomplejado que es en El lamento de Portnoy. Por qué dejarle la autocrítica a los demás si uno es el experto en el tema.

Fragmentos:

“Muchos cogemos sin condón porque nos importa más llevar el placer hasta sus últimas consecuencias que mantenernos negativos; por inconscientes, por drogadictos, porque los antirretrovirales nos han pavimentado y hecho más llevadero el camino a la destrucción”.

“¿Es que te vas a pasar la vida partiéndole la madre a cada cabrón que ya no quiere darte las nalgas? No mames, eso es de psicópatas”.

“Digamos que es un manifiesto de mi parte a la comunidad gay para que aprendan a decir las cosas de frente. Que te digan que ya no quieren darte las nalgas y que no se anden con rodeos. Que afronten el hecho de que son hombres. Que dejen de robarle los peores vicios a las chicas”.

“Te vas enterando que hace rato es otro cabrón el que se lo coge… y como no sé en qué miserable momento en los gays se plantean que sólo por el hecho de que les metan la verga por el culo están exentos de golpes, de pronto se instalan en una posición de debilidad y cualquier chingadazo proveniente del exterior lo entienden como homofobia. Que chinguen a su madre… Porque bien que hacen sus chingaderas, sabiendo que a cambio no tendrán ni un rasguño… la crueldad de los gays que no le entran a los golpes con otro cabrón es la crueldad de los débiles, la más ambigua y culera, porque es un maltrato emocional…”.

“Sentirme libre bajo mis propios términos siempre ha sido una obsesión”.

“Es paradójico pensar en que la única manera de estar a salvo de infectarte de VIH es la abstinencia. Dejar de ser homosexuales. Renunciar a nuestro ejercicio de placer para mantenernos vivos y llegar a la edad de las enfermedades degenerativas. Como muchos bugas quieren que lleguemos. Son ellos los que siguen dictaminando lo que está bien y lo infernal. He ahí una prueba más de que los homosexuales nos conducimos de forma muy distinta a los bugas y cómo éstos quieren meternos a sus guacales”.

“Yo veo en coger a pelo una decisión voluntaria, como fumar, manejar sin el cinturón de seguridad o conquistar la cima de una montaña sabiendo que puedes perder una pierna en el camino. (…) Yo veo más estúpido conquistar la cima de una montaña untada de hielo mortal, ¿a quién se le ocurrió tal imagen como la metáfora más célebre del éxito?”.

 

@DaliaPerk

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