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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Carrera Cinemex
Por Dalia Perkulis
9 de junio, 2012
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A Sergio Chedragui Eguia, quien falleció a los 35 años mientras participaba en esta carrera. Una verdadera pena. Mis más respetuosas condolencias.

De “nalgasprontas” me inscribí a la carrera Cinemex de 10 kilómetros del pasado 3 de junio, por insistencia de una amiga. No entrené nada, según yo traía buena condición porque venía haciendo ejercicio, aunque no fuera entrenamiento “ex profeso” para correr.

Ya el viernes previo a la carrera se manifestó mi resistencia cuando amanecí con un feo dolor de garganta que anunciaba un gripón. La víspera de la carrera me fumé dos cigarritos, lo que casi nunca: “es que no quiero humillar a los demás corredores”, vacilé con el marido. Y no los humillé. Dormí pésimo del nervio de no levantarme a tiempo y soñé que me despertaba tarde con la noticia de que la carrera ya había pasado.
Pues me paré a tiempo, me bañé y salí.

No me queda la menor duda de que el deporte está intrínsecamente relacionado con los trastornos de la alimentación. Comer granola a cucharadas y a secas camino a Reforma a las 6:15 de la mañana de un domingo, en lugar de estar descansando o haciendo “cualquier otra cosa” es señal de que hay un trastornado en escena. O un pseudo atleta.
De Interlomas al monumento a Tláloc -a la altura del Museo de Antropología-, donde era el punto de partida de la carrera, hice escala en el Ángel de la Independencia por no haber dado vuelta a tiempo en el monumento a Colosio. Las vueltas en “u” en Reforma e Insurgentes se cotizan y hay que aprovecharlas como al precio del dólar cuando baja.

A la altura del monumento a Tláloc divisé al pasar de largo por el carril de enfrente puentes con los personajes de Madagascar -recordar que Cinemex organizaba la carrera-, puentes de globos trenzados y los conocidos baños portátiles de cabinitas azules de plástico ya en “display”. Todavía estaba oscuro y también se divisaban ya algunas almas dispersas con la camiseta roja de la carrera. Esa la recogimos el día anterior en Cinemex Antara como parte del kit de corredores que incluía el chip con cronómetro, artículos promocionales de un par de películas, una bebida para deportistas, un chocolate de esos gringos que en mi infancia sólo se conseguían en fayuca pero ahora están disponibles en cada esquina (desde el TLC de Salinas) y que han contribuido a engordar a nuestra nación -pobre, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos- y a convertirla en el país puntero en obesidad.

Una carrera en una ciudad tan cosmopolita como la nuestra es, por definición, un evento deportivo al que se llega agotado porque uno ya trae de dos a tres kilómetros a cuestas al arribar al punto oficial de inicio. La instrucción de calentar antes de iniciar la carrera, contenida en el manual, resulta de lo más tierna.

No quedé de verme con mi amiga y su banda. Ella correría con varios familiares en un reto grupal que incluía una apuesta en que el último en llegar pagaría el desayuno, otra señal inequívoca del binomio deporte – alimentación (deporte = desgaste de energía; desayuno = consumo de energía y así “ad infinitum”).

Supusimos que coincidiríamos en algún punto porque todos estábamos inscritos en la misma categoría, tanto en edad como en tiempo estimado de carrera, así que arrancaríamos a la misma altura.

En solitario caminé desde la esquina de Spencer y Mariano Escobedo (donde me estacioné) rumbo al monumento a Tláloc, pasando por el bosque de Chapultepec, que me da mucho miedo desde que asesinaron ahí a una niña de 15 años que iba una generación abajo de la mía en la misma escuela. En muchísimo menor escala, le temo también a las ardillas, que te pueden pegar no sé qué enfermedad rara con una mordida, así como se la pegaron a Thalía.

Iba ensimismada por la explanada del Museo de Antropología, ya atestada de gente con la playera roja de la carrera, cuando un grupo de gente escandalosa me sacó de mi ensimismamiento. Justo reflexionaba “esos seguro son paisanos míos” cuando volteo y ¡bingo!: eran mi amiga y sus parientes. (Amiga, ya sabes que te adoro y yo soy igual o más ruidosa).

Caminamos ya juntos al punto de partida, pasamos por un puesto de máscaras de lucha libre, les ofrecí amablemente a mis acompañantes si les apetecía competir con una máscara puesta, a lo que mi amiga espetó:

-¿Qué, quieres escribir en tu blog sobre “el loco que corrió con máscara de luchador”?

No respondí, pero lamenté lo patéticamente obvia que me he vuelto. Nos fotografiamos mi amiga y yo. Al principio, como en las corridas de toros, porque no se sabe si se va a terminar de pie.

7:30 estaba programada la carrera con excelente organización. Se retrasó unos diez minutos porque estaban terminando de coordinarse las autoridades para cerrar el circuito. “En unos minutos iniciamos” -locutor profesional- “no se pierdan los estrenos tal y tal en Cinemex”, “gracias al Señor Cinemex (no recuerdo el apellido) que vino a dar el disparo de salida”. “¡Ya estamos!”. Himno nacional, los competidores lo entonamos con brinquitos de calentamiento y expectación, cuenta regresiva y disparo.
“Suerte corredores, gracias por inscribirse, al hacerlo también apoyan a una fundación que ayuda a cumplir los deseos de niños con enfermedades terminales…”

El ambiente estaba húmedo y nublado, así que me tomó todo el primer kilómetro entrar en calor y fluir. Qué bonito es Reforma, qué bonito es México, pensaba. Por correr en tiempos electorales destacaba por ahí un corredor pro Miranda de Wallace; otro pro Peje, con el escudo del candidato en cuestión sobrepuesto en la playera. Nada notable.

Un enorme amor a mi país me invadió entre el kilómetro 2 y 3. Y pensar que desde hace unos cuatro años he anhelado darme a la fuga al primer país en donde me reciban, así sea en Grecia. Me sentí eufórica de ser mexicana y de vivir en México; de ser capitalina y de estar corriendo en pleno Reforma, pletórica de historia y personalidad, en plena capital de la capital de mi país. El país que recibió con los brazos abiertos a mis cuatro abuelos cuando Europa los discriminó. México, mi pobre nación, tan herida, tan generosa, tan pintoresca y sentí un enorme compromiso con mi País: de aquí soy y aquí me quedo. Me quedo por 10 razones: porque no me queda de otra es la primera, y por primera vez desde hace cuatro años vislumbré las razones dos y tres para quedarme: por convicción y por compromiso. Le debo a México y lo quiero, así se encuentre fuerte o débil.

Los curiosos que se agrupaban para echarnos porras a los costados del circuito reafirmaban mi sensación de bienestar. Esos ociosos espontáneos que se detienen a infundir ánimos a los corredores siempre me han puesto de muy buen humor. “Vamos corredores, bravo, bravo corredores”.

Al kilómetro 4, justo a mi paso por la bocina, como si estuviera dedicada para mí, “Human” de los Killers. ¡Es mi placer culpable! Qué suerte que tocó justo cuando iba pasando.

Bien por mí que agarré ánimos porque a continuación tocó una pendiente cuesta arriba que desembocaba en Los Pinos. Maldecía los dos cigarritos, mi falta de entrenamiento, emitía gemidos, estertores, furia, rabia, podía haber expulsado también las carótidas, la tiroides, la yugular o cualquiera de esas partes del cuerpo que pasan por el cuello.

“Chinga tu puta madre, pinche gordo huevón” es más o menos lo que han de pensar de nosotros -los televidentes- los atletas de alto rendimiento que nos representan en las Olimpiadas, el Mundial o que se la rifan en nuestro equipo de fut, cuando desde la comodidad de nuestro hogar, nachos y alitas barbiquiú en mano, les gritamos: “¡Sí se puede!”. Créanme.

Dejé de trotar para llegar a la cima de la pendiente caminando. Me costó tanto trabajo llegar a Los Pinos como a Peña Nieto. Ambos lo logramos, él próximamente, pero llegamos bien madreados.

Continué caminando hasta que recuperé la respiración y retomé el trote.
“No sabes los mariachis al kilómetro 40 en el maratón de París y el apoyo de la comunidad mexicana en el maratón de Chicago”, le platicaba, desprovisto de modestia, un corredor a su compañera.

Entre el kilómetro 5 y 6 fue la rodilla derecha quien tuvo a bien recordarme que ya tengo 37 y no es lo mismo que antes, así como que había sido una salvaje al lanzarme a la carrera sin ninguna preparación, “como el burro que tocó la flauta”, expresión por cierto, que a mis amigas les hace mucha gracia.

Esta era mi tercera carrera. La primera carrera que corrí fue en 2003, la organizó Televisa para inaugurar el primer segundo piso del Periférico. Acababa de morir en un accidente un empleado del gobierno del Distrito Federal en la construcción al vapor y se había cambiado la ruta de último momento, porque no fue posible concluir la construcción del trayecto tal como estaba originalmente planeado para la carrera, así que corrimos un cacho de segundo piso, dimos un par de vueltas por la Colonia del Valle y listo. Los corredores aplaudíamos a los trabajadores que seguían ahí construyendo durante la carrera, en solidaridad con su trabajo y su compañero caído. A estos mismos trabajadores de la construcción los homenajearía Juan Carlos Rulfo con lujo de sensibilidad y ternura en su documental “En el hoyo” del 2006.

El día de esa carrera del segundo piso era el cumpleaños de mi marido, a quien ingenuamente saludaba por televisión cada que me topaba con una cámara y muy pronto después me entararía que corrí esa competencia con un mes de mi primer embarazo. Había entrenado, la disfruté muchísimo y mi inocente retoño resistió.
En el 2009 había vuelto a las carreras. Entrené y me inscribí a la carrera nocturna de Nike por la colonia Anzures, en México, y simultánea en varios países más. Esa ocasión me llevaron mi marido y mis retoños -ya entonces dos-, era un sábado alrededor de las 7 pm. Me dejaron y quedamos de vernos en el lugar donde nos habíamos estacionado (como a dos kilómetros de la meta, como se sabe) a una hora que estimamos según el horario de arranque y mi tiempo de carrera. El disparo de salida se retrasó un chorro y además empezó a llover, así que presa del pánico que me provocaba la imagen de mi marido a solas con los retoños en la calle, de noche y en medio de la lluvia, aunada a mi angustia que de por sí la carrera se había retrasado, mejoré mi tiempo en 10 minutos.

De vuelta al 3 de junio de 2012, justo a la altura del Castillo de Chapultepec dejé de correr para caminar por segunda vez. Sin planearlo, en el momento que empecé a caminar volteé a la izquierda y estaba exactamente en la puerta del castillo. Me pareció muy curioso, aunque no logré descifrar el significado, haber parado en dos edificios tan significativos. Pero en adelante ya paré a cada rato y en cualquier esquina, así que los sitios de mis escalas dejaron de ser poéticos.

La rodilla derecha ya no me dejó en paz, así que al margen del cansancio hice una carrera de intervalos correr-caminar. Tengo un ritual personal que consiste en exclamar un “¡yuju! bien audible cada que paso la señal de un kilómetro completado. Es una auto-porra despojada de pudor de la que no desistí a pesar de mi lamentable desempeño.

Lo curioso es que no experimenté una sensación de derrota sino de equilibrio. Respeté mi ritmo, respeté mi cuerpo y eso era lo más valioso que me llevaba como experiencia. Así, con ese respeto a mí misma, lejos de querer renunciar a las carreras en adelante, me dieron ganas de seguir participando en todas ellas por el resto de mi vida. Es una actividad recreativa, alegre, estimulante y además puedo hacerla a mi ritmo, sin autorreproches, sin falsas expectativas, sólo por diversión. Esa expulsión del perfeccionismo que tanto me esclaviza me hizo sentir radiante. Pensé en Roberto Madrazo que hizo trampa en un maratón. Qué vergüenza, a quién engañaría, a quién diablos le interesa concluir un reto personal engañándose a sí mismo. Claro, a un priísta.

Es regalado hacer trampa. Salta uno de un lado al otro del sentido sin recorrer toda la vuelta de fondo que puede ser de 2,4,6 kilómetros, depende, y listo, pero otra vez, a quién le interesa, como para qué.

Una imagen que me conmovió de sobremanera fue un cuate que estaba en mucho mejor forma y condición que su novia, así que si la rebasaba tantito, trotaba, la esperaba, la abrazaba y continuaban juntos. Mi vido.

Pasamos las estaciones de agua y “bebidas hidratantes” de rigor, más puentes con personajes de películas por estrenarse, de la zaga de Crepúsculo y así, pasamos a los gordos de dos, tres o cuatro michelines comiendo torta en la periferia del circuito, nos sentimos los sanos como ese anuncio de yoghurt para beber donde el protagonista mira con pena a un gordo que pasa comiendo su torta y no se ha enterado el pobre de que el yoghurt para beber es “la opción”. Nos sentimos también como el héroe del comercial que come fruta y “le pasan cosas chidas”, etc.

“Sólo dos kilómetros más Dalush, sí se puede”, me pasó mi amiga y la quise mucho.
Al kilómetro 8, de vuelta: “Human”, de The Killers en el mismo punto que a la ida. “La han estado repitiendo una tras otra, no fue una casualidad que la tocaran justo cuando tú ibas pasando, burra. No te la dedicó ningún Señor Destino”. Entendí.

En las carreras reina un ambiente solidario como si llegar a la meta fuera una causa común. Puede ser muy estimulante o molesto, según el ánimo con que se le vea. En esta ocasión lo tomé muy amorosamente.

Entre el kilómetro 8 y 9 la rodilla me dolía tanto que me costaba hasta caminar. Un señor divino que iba corriendo con su perro y con su hija de unos 8 años en scooter a su lado me rebasó y me gritó: “¡estira!”. Me aparté a un poste, ya de regreso en Reforma y me estiré con calma. Ese señor pudo haberme pasado de largo y ser indiferente, pero me dijo la palabra mágica en el momento preciso y me cambió por completo mi experiencia de la carrera.

En lo que estiraba, otra “compañera” pasó y me dijo “¿qué pasó?, ibas muy bien” y así de ñoño su comentario también me cambió la vida. En un mal momento hubiera pensado, “pinches metiches, yo hago mi carrera como se me da la gana”, pero esa chava también me inyectó ánimos, me dije a mí misma: “chinguesumadre, claro que iba y terminaré muy bien”, así que le eché fibra, la alcancé, le agradecí sus palabras con un “¡gracias, qué linda!” y una sonrisa de oreja a oreja.

Llegué a la meta con un tiempo envidiable de 1:15 cerrados. Lo que significa que si quiero emular a Haruki Murakami, el admirable escritor japonés que equipara la disciplina de correr con la disciplina de escribir, tengo más posibilidades por la vía de la escritura. Así o más jodida.

Epílogo: Al término de la carrera me retraté con mi medalla y le envié la foto a mi marido con un mensaje de que se la dedicaba a mis retoños y a él. Cuando le marqué para confirmar que hubieran recibido el mensaje y visto la foto -9:00 AM aprox.- y empezó a quejarse de que los retoños habían hecho un escándalo desde las 7 de la mañana y que no lo habían dejado descansar, que estaba agotado y que le urgía mi ayuda, me sentí entonces lista para regresar a la carrera y correr otros 10 kilómetros.

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