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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Comercial literario (escatológico)
Por Dalia Perkulis
7 de agosto, 2012
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Los siguientes fragmentos de “Fantasmas” -segunda historia de la Trilogía de Nueva York (1985-1987), enorme obra literaria del autor Paul Auster- provocan regocijo escatológico y remiten a:

Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992).
Dead Man (Jim Jarmusch, 1995) con Johnny Depp.
Possible Worlds (Robert Lepage, 2000) con Tilda Swinton, un peliculón sobre la exploración del cerebro de un muerto.
Las lecciones en la Septién del profesor Páramo sobre la precisión del lenguaje. Nos platicó, por ejemplo, que cuando el Sr. Webster  (el mismísimo del Diccionario Webster) fue apañado con otra  por su esposa, ésta exclamó: “Cariño, estoy sorprendida” y el Sr. Webster la corrigió: “Estás asombrada, querida; el sorprendido soy yo”.
Por último,  me conduce a la deducción de que Walt Whitman no era judío, porque autorizó su autopsia.

A disfrutar:

“Hay algunas historias raras acerca de Whitman, dice Negro (…) Durante toda su vida Whitman creyó en la ciencia de la frenología, ya sabe, estudiar las protuberancias del cráneo. Estaba muy de moda en su época.
“No puedo decir que haya oído hablar nunca de eso, responde Azul.
“Bueno, no importa, dice Negro. Lo importante es que a Whitman le importaban los cerebros y los cráneos, pensaba que podían revelarlo todo acerca del carácter de un hombre. El caso es que cuando Whitman se estaba muriendo en Nueva Jersey hace cincuenta o sesenta años, aceptó dejar después de muerto que le hicieran una autopsia.
“¿Cómo pudo aceptarlo después de muerto?
“Ah, tiene razón. No me he expresado bien. Todavía estaba vivo cuando lo aceptó. Quería que supieran que no le imporataría que le abrieran más tarde. Lo que podríamos llamar su última voluntad.
“Las famosas últimas palabras.
“Eso es. Mucha gente pensaba que era un genio, ¿comprende?, y quería echarle un vistazo a su cerebro para averiguar si tenía algo de especial. Así que al día siguiente de su muerte un médico sacó el cerebro de Whitman -abrió por la cabeza- y lo mandó a la Sociedad Antromopométrica Americana para que lo midieran y pesaran.
“Como una gigantesca coliflor, intercala Azul.
“Exactamente. Como una gran col. Pero aquí es donde la historia se pone interesante. El cerebro llega al laboratorio y, justo cuando están a punto de ponerse a trabajar en él, a uno de los ayudantes se le cae al suelo.
“¿Se rompió?
“Claro que se rompió. Un cerebro no es muy duro, ¿comprende? Se desparramó por todas partes y ahí terminó la historia. El cerebro del poeta más grande de América fue barrido y arrojado a la basura”.

(Trilogía de Nueva York, de Paul Auster. Editorial Anagrama. Págs. 187-188)

“Thoreau  y Bronson Alcott, un amigo suyo, llegaron a casa de Whitman en Myrtle Avenue y la madre de Walt les mandó al dormitorio del ático que él compartía con un hermano retrasado mental, Eddy. Todo fue bien. Se estrecharon la mano, intercambiaron saludos, etcétera. Pero luego, cuando se sentaron para discutir sus opiniones sobre la vida, Thoreau y Alcott se fijaron en que había un orinal lleno justo en medio de la habitación. Walter, por supuesto, era un hombre expansivo y no le prestó atención, pero a los dos hombres de Nueva Inglaterra les resultaba difícil continuar hablando con un orinal lleno de excrementos delante de ellos. Así que finalmente bajaron a la sala y continuaron la conversación ahí. Es un detalle insignificante, lo comprendo. Pero cuando dos grandes escritores se conocen, hacen historia y es importante conocer todos los detalles exactos. El orinal, sabe, me recuerda de alguna manera al cerebro en el suelo. Y cuando te paras a pensarlo, hay cierta similitud de forma. Me refiero a las protuberancias y a las circunvoluciones. Hay una clara conexión. El cerebro y los intestinos, los adentros de un hombre. Siempre hablamos de intentar meternos en un escritor para comprender mejor su obra. Pero cuando llegamos al fondo, no hay mucho que encontrar, por lo menos no mucho que sea diferente de lo que encontraríamos en cualquier otro”.
(Trilogía de Nueva York, de Paul Auster. Editorial Anagrama. Págs. 189-190)

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