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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Desahuciados
Por Dalia Perkulis
25 de abril, 2012
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Te sirves el café como todos los días, pero esta mañana un charco empieza a rodear la taza. En tu desconcierto, de inmediato descartas que sólo se haya tirado el café al servirlo, pues el charco debajo de la taza aumenta su diámetro y rápido. El café se está derramando. Hay una fuga. La taza está quebrada.

Puedes dejar a la taza desangrarse a su propio ritmo. Este sería un proceso lento y acarrearía la molestia de limpiar la mesa y el piso. También el piso, es una taza llena y grande.

Puedes, como hice yo, agarrar otra taza y vaciar el contenido.

Así las enfermedades terminales. De la noche a la mañana se quiebra el organismo del desafortunado y, de pronto, el que hasta ayer era un ser mundano más, tiene que decidir si muere rápido o se deja morir al ritmo de su cuerpo cuarteado.

En la religión judía se rompe deliberadamente un objeto quebradizo -una copa en las bodas; un plato en los compromisos- durante las ceremonias más alegres, con el objeto de recordar la destrucción del Segundo Templo de Jerusalem, nuestro sitio más sagrado. De esta forma conmemoramos que nuestra historia en su totalidad, con su balance de bendiciones y tragedias, nos ha conducido al día presente en que estamos celebrando con alegría, pero también con conciencia. Así, cediendo un espacio al duelo, exclamamos: “¡mazel tov!” (“felicidades”) y rompemos en júbilo.

Cuando se rompe accidentalmente un plato de la vajilla o un vaso, en la casa o en un restaurante, mientras el responsable de la estridente situación se sonroja y se precipita a limpiar para volver a la normalidad y fingir que no pasó nada, nosotros (los judíos) tenemos el impulso de gritar “¡mazel tov!” y aprovechamos el instante para festejar lo que sea: la vida, la salud.

Así también, más por superstición que por tradición, dicen que en año nuevo (“Rosh Hashaná”) nuestros antepasados sacrificaban gallinas para que todos los malos augurios del incipiente año se fueran con ellas. Así, si estaba designado que el negocio se incendiara, por ejemplo, mejor esa mala vibra se sacrificaba con la gallina; si alguien se había de enfermar, también esa mala profecía se marchaba con la gallina; si la mujer iba a ser estéril, la maldición se esfumaría con la gallina. A este ritual se le llamaba: “kaparot”. “Kaparot con las gallinas” equivalía a decretar: que el peor mal de todos sea perder unas simples gallinas, pero no el negocio, ni la salud, ni a la mujer o a los hijos.

Ahora bien, lo que son “kaparot” (insignificancias, digamos) para unos no lo son para otros. La jerga supersticiosa dicta que si tenemos un accidente de tránsito, por ejemplo, y salimos ilesos, el buen amigo debe consolarnos más o menos así: “kapará con el coche que fue pérdida total, lo bueno es que tú estás bien”. Léase: lo de menos es el coche, lo importante es que tú te salvaste. Lo mismo si se desmoronara el negocio en un temblor, el buen amigo judío nos animaría con un: “kapará tu negocio, lo importante es que no hubo pérdidas humanas” y eso, en teoría,  debería ser reconfortante para el afectado, aunque no falta el inconforme que respinga un justificadísimo: “kaparot con las gallinas; no con mi negocio”.

A falta de gallinas, cada inicio de año los supersticiosos modernos rezamos una oración, mientras giramos un puño de monedas alrededor de nuestra cabeza y luego donamos ese dinero para ahuyentar al mal en el año que inicia. Hay también, dicen, quienes todavía sacrifican gallinas.

Los más superficiales, que hacemos una muy caprichosa combinación de las tradiciones judías con las corrientes hipster-esotéricas, como mi esposo y yo, cuando rompemos algo accidentalmente, proclamamos un “¡kapará!” liberador y nos compramos la idea de que cualquier cosa mala que estuvo a punto de ocurrirnos se desvió hacia la vajilla o a la jarra de la cafetera en cuestión y realmente nos creemos purificados y protegidos.

Yo vacié la taza de inmediato, ya les dije. La taza condenada. La tiré a la basura.

No pude contener un impulso, uno que surgió de mi supersticiosa mirada del judaísmo, la más afín que tengo. Regresé por la taza, la estrellé contra la pared, pronuncué un “mazel tov” silencioso y ya sin articularlo siquiera mentalmente, sino a manera de pensamiento reprimido, vetado al diálogo incluso interno, pasó por mi mente un: “kapará”.

Me retiré de la escena con la respiración agitada de cuando se recrea una discusión acalorada con una persona que se aborrece.

 

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