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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
El karma de vivir al norte
"El karma (de vivir al norte) es un hijo no planeado. Lo concebí por no usar preservativo. Porque me pongo muy caliente con la realidad. Y cuando me di cuenta, el embrión ya tenía más de tres meses y era imposible abortar. Sería un homicidio. Ni pedo, tuve que asumir mi responsabilidad de padre": Carlos Velázquez.
Por Dalia Perkulis
27 de septiembre, 2013
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En El karma de vivir al norte, el nuevo libro de Carlos Velázquez, el autor incursiona en el periodismo narrativo y entrega un conjunto de relatos verídicos más crueles y mafufos que su ya de por sí desbordada y sórdida ficción (La Biblia vaquera, La marrana negra de la literatura rosa).

Por fortuna o desgracia, Carlos Velázquez nace y vive en Torreón y transpira en carne propia la narcoviolencia que se posó en su ciudad como una nube maldita.

Sus excéntricas andanzas, más el karma de vivir al norte, su nítida observación y su sello narrativo resultan en este libro de relatos, un singular documento periodístico. Algo así como Charles Bukowski “meets” Diego Enrique Osorno. O sin analogías: Carlos Velázquez “meets” Torreón, un territorio de mortales que se le atravesó a los dioses del narcotráfico.

Si Supermán se disfraza de Clark Kent para fundirse con la sociedad, como explica Bill en Kill Bill 2, aquí no es tan sofisticada la cosa. Carlos Velázquez se interpreta a sí mismo y su papel es de antihéroe, esos que son precisamente los más entrañables. Acá nuestra conversación con el autor.

 

El periodista suele disfrazarse para encubrirse, para pasar inadvertido. Tú reportas siendo tú mismo: habitante, “ciudadano de a pie” como tú dices, consumidor de drogas, asiduo de las cantinas, padre, escritor. Nos das información ultra privilegiada. Lo increíble es que accedes siendo tú mismo, sin disfraz. Más periodístico que vestirse de prostituta, o de obrero en Cabeza de turco, como Günter Wallraff. ¿Tuviste que disfrazarte a veces para ir más lejos o te mantuviste fiel al tú curioso todo el tiempo como si no tuvieras la misión de escribir este libro?

En Torreón no le importas a nadie, los disfraces son inútiles. Cuando te acercas a un punto de droga, nadie te pregunta si eres periodista o escritor. Eres caca, eres un adicto, no mereces ni una pizca de atención. Lo único que pone nerviosos a los sicarios son las cámaras. No puedes tomar fotos. Cuando el libro estuvo terminado, di un paseo por las colonias de la periferia con una fotógrafa, queríamos una imagen para la portada del libro, y bajo uno de los puentes que conectan a Torreón con Gómez, una persona nos dijo que no fotografiáramos a la gente. Que nos fuéramos. Nunca vi al libro como una misión, no era necesario proponérselo para encontrar historias en Torreón, basta con salir a la calle. O comprar todos los días el Extramex. Aunque el gobernador Rubén Moreira afirma que Torreón “está a toda madre”, sus declaraciones contrastan con la portada del diario. Cuando vives en una ciudad como ésta no puedes sentir curiosidad por nada, te matan. Aquí la gente tiene que vivir bajo un precepto más o menos parecido al de GoodFellas: “siempre mantén la boca cerrada y no delates a tus amigos”. Obvio ya no se respeta ningún código, pero existe una variación que consiste en ocúpate de tus propios asuntos y evita que te maten.

Descubres que haces este trabajo para explicarle a tu hija lo que no puedes decirle ahora, a sus 5-6 años de edad, sobre su modo de vida en “Torreonistán”: por qué ha quedado atrapada en fuegos cruzados, por qué hay que encerrarse y faltar al “balé”, por qué están rodeados de retenes (policíacos, militares, de narcos), por qué se oyen balaceras. Afortunadamente para tus fans como yo decides hacer este trabajo periodístico literario, enorme. ¿Y si pusieras en peligro tu vida (más) por escribirle esto a tu hija?

Para ponerte en peligro basta salir a la calle, escribir es secundario. Hubo historias que se quedaron fuera del libro porque no estaban escritas con la misma calidad, porque eran demasiadas. Y es que el libro no es un recuento de ejecutados, no es un censo de nada, no está concebido para vender, es lo que yo sentí estos años de narcoguerra. Y si a alguien le interesa, que lo lea. No me arrepiento de haber contado lo que conté. Nunca. Y aunque al momento de la escritura pensaba que hacía el libro para explicarle a mi hija cosas que no entendía, ahora estoy convencido que lo hago para disculparme con ella. Para que comprenda por qué me comportaba así, y sobre todo por qué la traje a un mundo como éste. Es más bien una carta póstuma, algo que quizá debió permanecer en la privacidad. Que nunca se debió publicar. Que ella leyera cuando estuviera en condiciones. Yo a mi nena le he dicho muchas ocasiones que la quiero, le he comprado cosas, le he cumplido sus caprichos, pero nunca como antes había sentido que la mejor manera de ponerme en contacto con ella era a través de la escritura. Y el libro para nada lucra con la imagen de mi hija, cualquiera que viva en una ciudad como ésta tiene los mismos temores. No soy especial. Al contrario, soy cobarde.

¿Eras consciente de que al escribir estos relatos sobre Torreón te desnudarías tú, Carlos Velázquez, autor, protagonista, narrador junto con la ciudad?

El striptease era lo que más me inquietaba a la hora de decidir si publicaba el libro o no. Me preguntaba “a quién le va a interesar” lo que he vivido. En este sentido mis editores fueron muy generosos conmigo. Tanto Diego (Rabasa), como Felipe (Rosete) y Eduardo (Rabasa) se mostraron receptivos a la obra y cuando les conté sobre ella me dijeron “mándalo”. Pero quien definitivamente fue el responsable para que yo me decidiera a publicar el karma fue Sergio González Rodríguez, cuando le expuse mis temores me dijo que a todos les interesaba cómo estaba el pedo en Torreón. Y aunque mi libro bebe de muchas obras y referencias, no existiría sin “Huesos en el desierto”. Yo ya había aprendido a narrar al norte, a poetizarlo, pero Sergio me enseñó a pensarlo. En sus libros aprendí a reflexionar sobre mi propia condición. Y eso me trastornaba, porque Sergio no es norteño, pero es uno de los escritores que más me ha marcado en cuanto a mi propia cultura. Y nunca he dejado de sentir recelo, ni ahora que ya está publicado, de que haya sido lo indicado incursionar en otro género, salirme de lo que habitualmente hago. Pero me tenía que arriesgar.

¿Qué opinó tu padre de “Los viejos duros no bailan”? (Un homenaje a él)

Mi padre y yo no hablamos de nuestros sentimientos. Esas son joterías. Pa ponerlas en un libro si tú quieres. Pero no para discutirse. Comemos cabrito, vemos el beisbol y le vamos al Santos. Y eso no tiene nada que ver con el machismo. Me cuesta, y a él también, demostrar mis sentimientos. Yo a la única persona a la que abrazo y beso es a mi hija. Puedo tener pareja pero sólo es para coger, no para prodigar amor. Ya hay mucha gente con ideología hippie, y no me voy a sumar. En los últimos tiempos hemos pasado por momentos críticos, a mi padre le han dado un putazo de infartos, más de ocho, mi medio hermano murió, y la manera en la que hemos salido adelante es sentándonos a la mesa a darle en su madre a una marqueta de camarón entera o a un pavo en navidad. Somos muy extraños los norteños, encontramos cariño en las muestras más claras de la defenestración.

¿Y la poeta, se enterará de que tuviste el impulso de irte a vivir con ella? (pasaje de “La civilidad del bárbaro”, uno de los relatos)

No sé si se dé por aludida. Es que anduve con varias al mismo tiempo, poetas, quiero decir. Sólo agregaré que era mayor que yo. Es una morra que me gustaba mucho, pero hasta ahí. Ella lo que deseaba era que yo la amara. Y era empalagosa a muerte. Se me encaramaba y me pedía que muriera por ella. Y me hizo huir. Cuando la gente me hace eso, me torno desagradable. Quizá esté enfermito, ni pedo. Conmigo lo mejor es no molestar demasiado. Las mujeres no entienden que tarde o temprano el perro se va a ir a echar al tapete. Pero no, tienen que miarlo para que cuando uno vaya esté mojado y sea imposible reposar.

La volubilidad del narco que defines como impredecible hace del azar del torreonense una ruleta rusa, por decir lo menos. Tu relato “Vi coger a un sicario” me recordó a Match Point, de Woody Allen. No sabes si va a ser más conveniente entrar o salir de la cantina, caminar o tomar un taxi, ver coger a un sicario o salir por la mayonesa. ¿Te acuerdas en qué momento te diste cuenta de que vivías en una zona condenada, el momento en que fuiste consciente del karma de vivir al norte, así de grave como lo has visto en su punto más álgido?

Es imposible de determinar. Es como si le preguntáramos a Elvis en qué instante se tomó la pastilla que lo haría perder el control y tomar las siguientes hasta la muerte. De repente ya estábamos inmersos en el desmadre. Éramos noticia en The New York Times, ocupábamos los primeros lugares como una de las ciudades más peligrosas del orbe.  Y a nivel personal, cuando tus amigos de toda la vida, a los que conoces de hace veinte años, te traicionan, te roban, te apuñalan por la espalda, todo por droga, o por lo que sea. Como dije, no todo está en el libro. Hay cosas que se quedaron fuera, no menos dolorosas de las que están dentro. Insisto, el punto más álgido es indeterminable. Porque cada tragedia lleva una carga distinta. Pero para mí fue la matanza en el bar Tornado. El derby de Kentucky de las matanzas. Pero lo que más duele es el desamparo en el que nos tiene el gobernador, y todo lo menciono en el libro. Rubén Moreira es incapaz de solidarizarse con el dolor de sus gobernados. No queremos que prometa que va a acabar con la violencia, sabemos que es imposible. Queremos que no se haga el bobo, él sabe lo que es una tragedia, le mataron a su sobrino. Debería de bajarse de su nube. Dejar de tirar el dinero a lo baboso y apoyar a las víctimas. Todos estamos en el mismo barco, él también, aunque no quiera aceptarlo y se asuma faraón del estado.

¿Qué sentiste cuando las balaceras llegaron al estadio de futbol? Supongo que ya no gran cosa después de todo lo que has pasado, después de que tu hija ha quedado atrapada en un fuego cruzado, pero sí me da la impresión de que cuando los disparos llegaron al estadio expresas un desconcierto de transgresión mayor, una pérdida de inocencia si es que todavía quedaba algo.

Atentar contra el estadio no tuvo nombre, como tampoco lo tuvo hacerlo contra los bares, cantinas o discotecas, lo que pasa es que por el peso que tiene la cultura del futbol en nuestro país fue más impactante. La población nos embriagamos, vamos a espectáculos, al fut y al casino, para evadirnos de la realidad. Y además hacemos circular el dinero. Entonces, cuando te roban la posibilidad de divertirte es cuando te enfrentas a otra clase de infierno, igual de insoportable. Cuando se nos restringe la venta de alcohol, o las apuestas, como lo ha hecho el gobernador, nos sentimos acorralados. El argumento es que se clausuran los giros negros porque son sitios donde campea el narco. Como si eso fuera a detenerlos. Es más fácil prohibir que gobernar. La inocencia no existe más en Coahuila. Estamos devastados, por el narco, los impuestos, el asunto de los mineros, las restricciones y la deuda, que se ha aumentado. Y por si esto fuera poco, la secretaría de cultura lanza un premio que otorga un monto al ganador de cien mil dólares. Qué inconsciencia. Vivir en Coahuila es una maldición.

El karma de vivir al norte es un pulso actual de Torreón y con el tiempo será seguramente un documento histórico. Es fascinante, perdón el término. Contiene información de anteayer. Fragmento: “Después de esa balaceada que sufrió, El Rincón Gitano siguió abierto. Como continuó en Torreón Carnitas Uruapan después de que la rociaran, o el ex gobernador Humberto Moreira cuando le mataron a su hijo, o como Pablo Montero, un cantante vernáculo lagunero, tras el asesinato de uno de sus hermanos primero, y del otro después, de varias puñaladas en una calle del centro de Torres. Como seguí yo cuando me reconcilié con la idea de que jamás volvería a conocer la paz mientras viviera en el norte”. (Pág. 136) ¿Por qué termina en 2011 si tiene pasajes posteriores, recientísimos?

Comencé a escribir el libro en 2011. Y una primera versión estuvo lista ese año. Pero se quedó en stand by, como le sucede a todas mis relaciones amorosas. Pero el libro no era una mujer, y no me presionaba, se estuvo quietecito, calladito, esperando a que se me antojara meterle mano. Entonces, continué escribiendo sobre el tema. Para 2012 ya tenía una nueva versión. Entonces lo metí al premio Carlos Montemayor. Y me dieron el premio. No me la creía. Tanto así que no publiqué el libro. Volví a trabajar lo que yo consideraba un borrador y se lo mandé a Diego Rabasa. Él lo leyó y me lo regresó con un chingo de observaciones, un gran trabajo como editor, debo reconocerlo. Y a partir de su versión, reescribí partes, saqué textos, metí textos nuevos. En todo el proceso fui actualizando el libro. Una vez listo, le dieron lectura Eduardo y Felipe, de lo que resultaron también más observaciones, lo que conllevó a más y más añadidos. El libro lo exigía. Y pues si te enseñara la primera versión a cómo está publicado te percatarías de todo el trabajo que hay detrás. El público, cuando lo ve, no todo, pero una parte, piensa que lo hicimos en tres patadas, pero no, es bastante laborioso escribir un libro de esas características. Sobre todo para mí, que estaba muy cómodo en la ficción.

La atmósfera que se cuela en tus cuentos o relatos personales es La tocada, pero sí la giras en el periodismo. Te ganaste tu derecho de piso. ¿No te quedó ni tantito la inquetud de hacer periodismo? ¿Ya es categórico que “no vuelves a trabajar en la granja de Maggie”?

El periodismo ya tiene a Diego Enrique Osorno y a Alejandro Almazán, no me necesita. Siento un respeto grande por el oficio, pero ellos, que han reporteado, terminan por sucumbir a la ficción. Yo estoy en ese punto, quiero retomar la narrativa. Voy a sacar mi novela. Y si en el futuro es necesario realizar una investigación periodística, supongo que la haré. Me gustaría hacer un libro-reportaje sobre el beisbol. Una crónica sobre una serie del Caribe. O un libro sobre una banda de rock. Irme de gira con Él mató a un policía motorizado y de ahí sacar una obra chida. Pero como lo menciono en la intro, El karma es un hijo no planeado. Lo concebí por no usar preservativo. Porque me pongo muy caliente con la realidad. Y cuando me di cuenta, el embrión ya tenía más de tres meses y era imposible abortar. Sería un homicidio. Ni pedo, tuve que asumir mi responsabilidad de padre. Y si el libro ha salido torcido, tampoco es todo culpa mía, yo traté de hacerlo bien.  Quizá en dos años publiquemos un libro con una selección de mis columnas en Frente, no es periodismo, pero sería lo más cerca que publicaría fuera de la ficción en el futuro.

Otro fragmento de El karma de vivir al norte, editorial Sexto piso: “Desde donde estaba no alcanzaba a espiar bien a la morra, pero un ángulo me dejaba ver pedazos de las mellas que se cargaba. Operadas. Bien ricas. Nunca había observado coger a un sicario, ni a nadie que seguro ya había matado. No era un acto violento, pero sí vigoroso. Tal vez a causa de la cocaína que traía en el organismo. Más que tener sexo, parecía que el bato estaba cavando un pozo en el piso con una pala. Y cada penetración una paletada de tierra que lanzaba tras de su espalda sin contemplación y orden. Pero el boquete en el suelo ya era inmenso. Era como si escarbara para fabricar una piscina o una fosa común. Sexo de enterrador”. (Pág. 135). Tus relatos cortos de una o dos cuartillas son grandiosos: postales cortas y concisas. Luego los largos también. Transmites la paranoia, el desamparo, la ignominia, como la bandera de México que corona el Cerro de la Cruz y al ondear hace ruido de arma de fuego. Los finales de cada relato son redondos, contundentes. Permíteme felicitarte: Maestro. En cierto punto como a la mitad del libro me dio por creer que ya no habría nada más que contar de lo mismo, pero para mi sorpresa surgen nuevos ángulos, matices y anécdotas cuando ya parecía imposible. ¿De dónde te sacaste tantas historias? ¿Es por vivir en Torreón o es por ser tú, o las dos cosas? Te digo que Torreón y tú son coprotagonistas en estas historias.

Se puede pensar que ya se ha contado todo sobre la violencia en Torreón, pero sería una apreciación falsa. De hecho, la ciudad es un libro inacabable. Está en constante escritura. Hace unos días mi díler me contó una historia. Había ido a conectar droga, y cuando la pidió le pidieron que por favor sostuviera algo en su mano. Y pues a los que venden la droga no les dices que no, y menos con un cuerno atravesado en cartuchera. Lo acatas como si fuera una orden. Y cuando le depositaron ese algo en una mano se dio cuenta de que era un dedo humano. Fresco. Y lo arrojó al suelo, mientras todos a su alrededor se miaban de la risa. Para conocer las historias basta parar la oreja. Nada es inventado. Cualquiera que haya convivido con un narco y sepa de lo que son capaces, a veces con la intención nomás de asustar a la gente, se dará cuenta de que no hay límites. Que todo lo que se narra en las crónicas es verídico. Hay gente que me ha preguntado si lo que escribió Alejandro Almazán en Gatopardo sobre Torreón es cierto.  No puedo creer que a estas alturas haya gente que se chupe el dedo.

Es muy evocador tu relato de la cárcel de Ecatepec, ya no puedo oler el tufo de la basura sin evocar la montaña de desperdicios de la cárcel de Ecatepec. “La puerta negra remachada con tres candados” y “la jaula que aunque sea de oro no deja de ser prisión” como cárceles intercaladas en tu relato verídico es tan tú. Por eso te queremos. Y cuántas de esas referencias no entenderemos. Ese es mi orgullo y mi angustia al leerte. Das cátedra. Cuando escribes todos esos localismos, referencias a canciones, alusiones a la cultura popular y especializada también (Luis Spota, los “travoltas”, Johnny Cash, Juan Rulfo, Italo Calvino, The Wire, GoodFellas, Bob Dylan, Smashing Pumkins, Breaking Bad, “ad infinitum”), cuando despliegas tu bagaje cultural que es inmenso —marcadamente musical, cinematográfico, literario, televisivo, periodístico, norteño, de la calle, de la vida—, ¿qué piensas: el que entienda bien y el que no ni modo?

Yo le tengo un enorme respeto al lector. Ojo, no al crítico literario o al colega mala leche. Pero no puedes detenerte a pensar en el lector. Imagínate si Fernando Vallejo pensara en la gente que va a leer su obra. El juego de la referencialidad no es ningún obstáculo para leer. Yo no sé por qué estos aspectos todavía levantan polémicas. En todo caso no podríamos leer a Joyce. Y es que con él es con quien precisamente se torció todo. El lector se rezagó. Pero no es culpa de Joyce. La gente no puede escandalizarse por un libro como el karma, ni por su lenguaje o su slang, eso no representa novedad. Mis términos están en Fernando Vallejo, él los utiliza antes que yo. Mi propósito es ofrecer una visión personal. Como imagino que lo fue la de Vallejo al momento de escribir sus libros. A veces la gente cree que todos los escritores somos muy duchos con la palabra, pero no, en mi caso no soy tan hábil. El lenguaje llega a mí en la calle. Y no voy a salir con el lugar común de que uno es la suma de sus limitaciones, ni que fuera Michael Jackson. Pero cómo abordar un libro como éste ¿desde la academia? El norte es demasiado importante como para dejárselo a los académicos.

Te cito: “Nos estábamos aniquilando más rápido de lo que Amy Winehouse se aniquiló a sí misma”. O también equiparas a tu ciudad con el toro que sigue de pie después de la estocada y no lo indultan. Uno no escoge dónde nace, o “aquí nos tocó vivir”, diría Cristina Pacheco. ¿Naciste en Torreón —”la interzona”, “la narcozona”, “Putorreón”, “Torreonistán”—, el lugar equivocado en el momento equivicado?

Hace tiempo creía, como seguro le sucede a muchos de los escritores del interior, que nacer en la provincia representaba una desventaja. Y aunque en mi ciudad existían narradores y poetas que pertenecían a la generación de aquellos que ya no tuvieron que emigrar al D.F. para emprender una carrera literaria con cierto éxito, la sensación de desventaja no había desaparecido entre los autores jóvenes. La consolidación del desarrollo cultural regional ya se había puesto en marcha, pero sus efectos aún no se dejaban sentir. Y pues a los 23 años, que hice mis primeros textos, pues me percaté que Torreón no era un lugar nada propicio para volverse escritor. Sin embargo, había elementos que me sugerían que me encontraba en un laboratorio social, pero ignoraba cómo capitalizar la ciudad. Tuvieron que pasar cinco años para entender los mecanismos que regirían mi obra. Entonces se produjo el fenómeno. De repente haber nacido en el norte, y por ende en Torreón; había dejado de ser una tara para convertirse en una ventaja. Pero no vine solo, al mismo tiempo que yo despuntaron otros narradores coahuilenses nacidos en los setentas. Y si nacer en Torreón en un tiempo me parecía la peor de las maldiciones, cuando se convirtió en ese territorio fascinante que es ahora, supe que era lo mejor que me había pasado en la vida.

Ovación de pie a “Torreón way of life”. Octaviopaceas y Santiagorramireaz cómodamente analizando la identidad del torreonense. Un Señor Ensayo, más un valor agregado de emotividad. Y claro, resulta que aunque desglosas la música, el fut, las chelas, el calor, la industria local, los recursos naturales, etc., la conclusión es que no hay conclusión. Es multifactorial e indefinible. Me quedo con que el torreonense es broncudo, pero eso no justifica que le llueva la violencia justo ahí donde está, como en las caricaturas. Eso me gusta de tu libro. Todo está expuesto, pero no hay verdades absolutas. Tú exhibes, no concluyes. Los personajes principales son Torreón y tú, y la narcoviolencia. Pero gravita todo el tiempo de principio a fin un dilema, si te quedas o te vas de tu ciudad natal. ¿Este libro te compromete a quedarte en Torreón?

No. Mi hija me compromete. Pero en unos cuatro años nos iremos.

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