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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Forever alone en el cine. Manifiesto
Por Dalia Perkulis
26 de octubre, 2011
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Como ir al baño, para mí el cine es una actividad en solitario.

La primera vez que fui sola al cine vi Sospechosos Comunes (Bryan Singer, 1995) en Cinemex Sante Fe. Como es común debutar a solas en el cine, había oído maravillas de la película, nadie estaba dispuesto a acompañarme y me lancé sola, presa del frenesí. Entonces, como el que fuma por primera vez, ignoraba que ese sería mi sino, cada vez más envolvente.

 

Como cualquier vicio, primero va uno solo al cine medio forzado, porque no le queda de otra, luego se da el empoderamiento al descubrir uno que no depende de nadie para escoger la película Y el horario SIN negociar. En esta etapa se siente uno más fuerte que la droga. Cuando uno se da cuenta, ir solo es más fuerte que la propia voluntad y ya no se puede ir acompañado al cine. Quedar con alguien más se convierte en una molestia insoportable.

 

Bueno el cine es mi escape y, como todo vicio que se precie, consumirlo me aísla del mundo. Para mí el cine es un placer furtivo. El tragón se esconde para comer, yo me escondo en el cine. Y consumo golosinas a oscuras en el cine, porque también soy tragona. Tampoco me gusta compartir mis palomitas, ni mi crepa, ni mi frapuchino.

 

Ahora: cine a solas + golosina sin compartir + ser el único en la sala (común entre 11 am y 1 pm en películas no taquilleras) + salir del cine aún de día, con toda la jornada por delante = Apoteosis (clímax)

 

Por qué las señoras viudas no se quieren volver a casar, pues porque se acostumbran a no rendirle cuentas a nadie y, además, testimonio verídico: “quién quiere casarse para cuidar próstatas”. Así yo con el cine.

 

No me molesta el ruido ambiental de la sala, mientras sea moderado, es parte de la onda de ir al cine. Me molesta sobremanera tener que entretener a mi acompañante, que sí aprecio y no quiero ser una grosera con él. No soporto el “qué dijo”, “en qué año”, “ése sale en Pulp Fiction”.

 

En el cine no se convive. Error mayúsculo invitar a alguien a salir al cine “para conocerse”. Uno no sabe si sentarse sexy o desenfadado, si poner o quitar la mano. Se concentra uno en todo menos en la película. Claro, a menos que ese precisamente sea el objetivo, no concentrarse en la película, está bien salir al cine.

 

Otros inconvenientes frecuentes de ir acompañado al cine:

-El acompañante que cabecea y pregunta a cada rato qué pasó

-El acompañante enamorado que interrumpe con elogios (ay sí qué molestia)

-El acompañante resentido porque uno escogió la película y le parece horrible

-El acompañante impuntual: si es el conductor designado, ya valió madres y si va tarde por su cuenta, está uno al pendiente de dejarle el boleto, de a ver a qué hora llega para hacerle señas y de ponerlo al corriente de la trama

 

Ahora, qué necesidad de ver una de Adam Sandler, sólo por ir acompañado, cuando en la sala vecina hay una que se muere uno de ganas de ver. ¡No! Que cada quien vea lo que quiere y luego conviva en grupo. Hay que escoger las batallas. Hay temas en los que cedo; en el cine ya no.

 

Por qué las mujeres picudas, independientes, autosuficientes ahuyentan a los galanes. Pues porque éstos no dan el ancho. Mi gente cercana no me aguanta el ritmo en el cine. Qué necesidad, para ellos y para mí.

 

Para analizar la película tampoco necesito acompañante. Puedo tomar clases de cine o leer a mis críticos favoritos a voluntad. Explicar la película a mi acompañante, no gracias. Cuando quiera escribir reseñas de cine las publico en mi blog, o en tweets para hacerme la interesante.

 

De novios, mi marido me llevaba seguido al cine. Claro, quería conquistarme, el muy calculador. Todavía después de conocernos bíblicamente, seguía llevándome. Se casó conmigo, es extraordinario padre y marido. Cumplió. Ya no va al cine, pero me cumplió, qué más se puede pedir.

Según él, dejó de ir cuando yo empecé a amamantar. Entre una toma y otra él me hacía el paro de cuidar a los bebés para que yo me escapara al cine. Es cierto, pero mis retoños ya pasaron la lactancia, por mucho, y mi marido sigue sin llevarme.

Ocho años de matrimonio me ha costado hacerme a la idea de que mi marido no “me saque” el cine (ocho de diez años, porque se rajó con la paternidad). Me resistí muchísimo con berrinches y chantajes hasta hace un mes, pero ya me resigné. No ayudó que tuvo otra novia que lo llevaba a ver películas de Kurosawa. Me lo espantó. Ni modo.

Cada vez que me llevé al marido al cine a regañadientes estos ocho años,  invariablemente me aplicó el comentario “ya me terminé las palomitas en los cortos, ahora qué voy a hacer toda la película”.

Una vez se salió, otra vi la película ardidísima porque era NUESTRA salida del mes y llegó tarde; varias veces me llevó con jetas. Hasta me empezó a amargar el tema del cine. Qué necesidad. Si me está ofreciendo quedarse en casa a cuidar a los retoños mientras yo me refugio en el cine, qué mejor trato. Hay que tomar lo bueno, dicen por ahí.

 

Que me acuerde, las últimas dos veces que compré boletos para el cine desde la mañana para amarrar al acompañante -una vez al marido, otra vez a mi mamá- fuimos realmente forzados por distintas circunstancias de último momento. A fuerzas, nada.

 

Lo que no se me da es ver las películas en video. Mi marido, ahí sí, fomenta el plan de ver juntos películas en la casa. Siempre me duermo y entonces él me reprocha. Qué necesidad. El cine no es nuestro plan de pareja.

 

El colmo es que empecé a llevar a mis retoños al cine a fuerzas y los tengo que sobornar con que si aguantan la película les compro un dulce a la salida. No hablamos de Godard, los soborno con películas infantiles y los retengo con recompensas. Qué necesidad. Irónicamente, alucinan el cine. Supongo que es natural por mis imposiciones y porque es mi vicio, precisamente. No conozco a hijos de fumadores que les parezca simpático el cigarro, o a hijos de jugadores que digan “apostar es la neta, mi papá ha perdido todo nuestro patrimonio en el juego”. A mis retoños, obvio, el cine les cae gordo porque es mi vicio.

 

Adiós al “esa película hay que verla juntos”, “no la veas sin mí”,  “ay, avísame cuando vayas” ,”yo también siempre voy sola al cine, hay que juntarnos”. Nada de eso. Yo no le digo a nadie: “¿Vas a hacer pipí?. Espérame a que me den ganas y vamos juntas”.

 

Qué placer cuando fui a ver El luchador (Darren Aronofsky, 2008)  hasta donde el viento da la vuelta un día antes de su estreno en el cine de mi barrio, sólo porque me dio la gana, porque ya no podía esperar un día más. Sin necesidad de acarrear gente ni de justificarme.

Hay mejores formas de mostrar lealtad a un ser querido que yendo al cine. El cine es una necesidad para mí y no voy a ajustarme a nadie.

 

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