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Lilith Wannabe
Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Judía expulsada de Europa chupándose los dedos en Viena
Como a todos los nietos, nos daba flojera ir a casa de las abuelas, comíamos pesado y desabrido, nos quejábamos de que la comida árabe es mucho más sabrosa, y ahora estoy aquí chupándome los dedos con una nostalgia tremenda, contándole a mi hija y dándome cuenta de que la comida de la abuela era deliciosa.
Por Dalia Perkulis
8 de agosto, 2019
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La comida vienesa. Es lo que preparaban nuestras abuelas que migraron de Europa a México.

Estoy en el restaurante Plachuttas, Gasthaus Oper, en Walfischgasse 5, 1010 Viena. Me lo recomendó una amiga adorada. “Es como nuestra infancia en casa de la ‘bobe’ (abuela en yidish) en un menú”, me dijo.

Por años hubo un restaurant vienés, Bondy, en Galileo, Polanco. Una institución. Lo quitaron hace 2 o 3 años, no sé por qué.

Íbamos en familia, obviamente. Era nuestra cocina. Súper pesada. De los climas inhóspitos de Europa del Este: col, papa, carne, pescado, pasta, manzana, pera. Harinas, tubérculos, carnes, lácteos (blintzes mmmh!), las pocas frutas que sobreviven los largos inviernos, sal y pimienta. Col rellena de carne molida con una salsa dulce, por ejemplo, que no sé cómo preparaban en Europa, supongo que con azúcar y jitomate, pero nuestras mamás ahora le ponen un poco de catsup. “Galupsis” se llaman esas, al menos en casa de mi abuela paterna y por ende en la mía.

La mayoría de los judíos ashkenazitas (askenazíes o “yidish”) envidiamos la comida de nuestros compañeros sefaraditas (sefardíes o “árabes”) de la escuela, que por su clima benevolente tiene tanto sabor, colores y variedad: dátiles, higos, tamarindo, jitomates, nueces, hierbabuena, condimentos, especias, etc.

Mi tío árabe Moy –la hermana de mi papá se casó con un judío árabe proveniente de Damasco–, mi consentido (“sin sentido” me corregía él) decía que los yidish comemos pescado con azúcar. Y sí: “guefilte fish”. Un platillo clásico de pobres, como una albóndiga que se hacía con pescado molido con todo y huesos (para aprovecharlo completo) y azúcar. Y se acompaña de una salsa a base de raíz fuerte pintada con betabel. Ahora lo vemos como un manjar, pero fue comida lujosa de pobres para ocasiones especiales como la cena de viernes en la noche, el banderazo del Shabat, el día sagrado según la Torah que inicia el viernes en la noche y concluye el sábado en la noche.

Carta del restaurante Plachuttas.

Como a todos los nietos, nos daba flojera ir a casa de las abuelas, comíamos pesado y desabrido, nos quejábamos de que la comida árabe es mucho más sabrosa y ahora estoy aquí chupándome los dedos con una nostalgia tremenda, contándole a mi hija y dándome cuenta de que la comida de la abuela era deliciosa.

Los sentimientos encontrados que nos dan a los judíos provenientes de Europa de el Este venir a Europa. Recuérdenme escribir sobre eso.

Eso sí, me pervertí y pedí café turco. Too much yidishkait para mí en una sentada.

@DaliaPerk

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