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Lilith Wannabe
Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Las cougars (señoras bien, casadas, atractivas) no saludan
Vieras lo que es capaz de hacer la gente por no saludar: mirar al vacío, cuello de Exorcista, pecho tierra, acrobacias. Maniobras mucho más complicadas que saludar.
Por Dalia Perkulis
7 de enero, 2015
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A la gente le gusta ver y ser vista, sin saludar

Me encontré a una amiga en los vestidores del gimnasio. Entré como autómata sin enfocar, a guardar las cosas en el casillero y dije “buenos días”. La chava (señora de unos 40 años, para mí chava) que se estaba vistiendo resultó ser amiga mía y me dice “¡Dalia, qué chistosa!” Y se burló de mí a intermitencias durante los 10 minutos que platicamos. Que porque llego y digo “buenos días”. Que nadie lo hace. “¡Qué simpática! ¡Me haces tanta gracia!”

Nadie saluda en el gimnasio y me gano que me buleen por hacer lo correcto. Quiero mucho a mi amiga, esto no es en contra suya, de hecho tiene razón. Acto seguido me subo en la elíptica y saludo a las dos personas que están a mis costados sobre sus respectivos aparatos: “buenos días” y me responden en el mínimo de decibeles audible para el oído humano. La de mi izquierda estornuda a la media hora, le digo “salud” y no responde. Trae audífonos, a lo mejor no me oyó, le daremos el beneficio de la duda.

La gente no saluda. Una vez entré a una tienda de conveniencia y dije “buenas noches”, caminé al fondo por mi Pepsi Max (extinta en México) y cuando iba a pagar me tenían listos en el mostrador unos Camel. Yo aclaré: “estos no son míos” y el cajero me respondió: “ah, pensé que me pidió unos”. Saludas y rompes el esquema cañón, al grado que antes asumen que pediste unos Camel a que diste las buenas noches. Los porteros de mi edificio me quieren porque saludo, ¡es todo lo que hago!

Más temprano, justo antes de que mi amiga me buleara porque doy los buenos días en el gimnasio, iban saliendo dos señoras estiradas de los vestidores cuando yo me disponía a entrar, pero oí las ruedas de las maletas de azafata que arrastraban porque se bañaron ahí y me eché en reversa sin dar la espalda (como se retira uno del Muro de los Lamentos en Israel) para dejarlas pasar. No me dieron las gracias, se pasaron de largo. ¡Peladas! Emperifolladas, maquilladas, ropa embarrada, ambas peinadas idéntico –largo y capas con apariencia de movimiento natural pero fijado cada cabello con spray en cantidad–, embadurnadas, perfumadas, listas para conquistar el mundo y la endorfina alta, en teoría, porque venían de ejercitarse. Uno no hace las cosas para que le agradezcan (en teoría) ¡pero están mal! En Sport City o en China. Y eso que es la primera semana de enero y dizque tenemos buenos propósitos y ACTITUDES.

Y lo mismo me pasó el otro día en la cerrada donde vivo, hice alto total (yo al volante) y esperé a que una señora y sus hijos persiguieran un balón que cada vez se alejaba más de ellos y se acercaba más a mí. Me detuve y esperé a que señora y niños resolvieran el asunto de la pelota, no me moví hasta que la capturaron. ¡Tampoco me agradeció la ñora! Yo tenía prisa y la esperé cual debe. Qué mal agradecida. No vaya a perder puntos de mamonés por dar las gracias. Y eso que entre nosotros, la gente bien, guardamos las apariencias y procuramos quedar bien. Ve tú a saber (frases de mi papá) cómo es esta gente en privado con los empleados domésticos o con cualquier persona que no consideran de “su nivel”. Se ha de desquitar como el maestro de The Wall con sus alumnos porque su esposa le pega. Ha de desbocar su amargura contra cualquiera que considera inferior, bien porque no les alcanzó para ir a esquiar como el vecino o para la bolsa Louis Vitton como la de Chuchita o porque el marido les puso más el cuerno esta semana o porque el bótox les quedó chueco, o porque se les estropeó el manicure saliendo del salón.

Me recuerdan a El baile, de Irène Némirovsky, ese cuento o micro novela sobre unos nuevos ricos que ofrecen un baile en su mansión porque les urge el reconocimiento de la alta sociedad francesa y en el intento ignoran a su hija, maltratan a los empleados (que se ríen a sus espaldas), exhiben su rencor, sus complejos de inferioridad, su ignorancia y pésimo gusto. El señor trabajó toda la vida de empleado en el banco y se enriqueció de súbito por una devaluación. Lo cual nos lleva a Sándor Márai, el autor húngaro, quien dice en La mujer justa que todo lo que se experimenta extemporáneamente tiene un toque de patetismo (como andar de mochilero a los 50). Márai tiene a su propio personaje (una ama de llaves) recién enriquecido gracias al matrimonio con un burgués, después de haber trabajado muchos años en la casa y haber sido “invisible”. Así, los personajes de Némirovsky también disfrutan de la fortuna un poco tarde, la señora sobre todo ya un tanto vieja no puede lucir sus joyas, pieles y atuendos finos igual que si fuera joven y la ahora acaudalada pareja tampoco puede desprenderse fácilmente de su resentimiento acumulado por tantos años, ya irreversible.

Así también, unos personajes de un programa de Televisa llamado Vecinos (sí, mea culpa, lo he visto y lo que es peor, lo uso de ejemplo), con Macaria, César Bono y una actriz que se cae de buena, Mayrín Villanueva, siempre escotadísima al borde del pezón, sobre las peripecias de los integrantes de un edificio en la Ciudad de México, que aloja entre otros a una familia siempre ávida de aparentar que tiene clase y que se desvive por este propósito. La familia se apellida Pérez y se hace llamar Lascurain o algún otro apellido rimbombante del tipo que suena de abolengo. En todo caso, así les llamamos mi marido y yo que tenemos nuestros propios vecinos equivalentes, una familia. Tal cual. Te saludan con sonrisota mientras maltratan al chofer. Y se creen decentes. Mi marido y yo les decimos “Los Lascurain” a sus espaldas. A lo mejor nosotros somos sus Lascurain, no estamos exentos.

Y es que a uno le gusta lucirse y ver gente, pero no saludar. Ver y ser visto, pero no interactuar. No te vaya a decir una conocida que te topas en el cine que sale de viaje con su marido y dejan encargados a los niños con la suegra o con la muchacha, el chofer y la suegra (en orden de importancia) y ya tienes el compromiso de llamarles a ver cómo están, o lo que es peor, que  falleció la suegra y tienes que ir a dar el pésame durante los siete días que los deudos judíos lo reciben en casa del difunto. O simplemente detenerte a saludar y perder tu preciado tiempo, tuyo, para ti, y además gastar arrugas en las sonrisas hipócritas sin propósito ni beneficio.

O uno quiere ver gente bonita, pero no reconocer a nadie. A menos que te veas guapísima fuera de serie ese día y entonces sí quieres toparte con todo mundo para apantallar. Sin mucho platicar, sólo para lucirse. Ora bien, ya que te topas a alguien, ¡pues lo saludas! Ni modo. Vieras lo que es capaz de hacer la gente por no saludar: mirar al vacío, cuello de Exorcista, pecho tierra, acrobacias. Maniobras mucho más complicadas que saludar. Claro, todos tenemos gente que nos da güeva saludar y somos el “me da güeva saludar” de otros. Aunque duela.

En la sociedad que yo vivo, que no es un pañuelo sino un cacho del pañuelo, una burbuja dentro de la burbuja, te encuentras a la misma gente en el cine, en el club deportivo, en el salón de belleza, en los eventos religiosos, en el gimnasio. Digamos, tienes una boda y te encuentras a la misma señora en el salón con los pelos escurridos y sin maquillaje en el proceso de arreglarse. A la misma señora te la encontraste ya en el gimnasio ejercitándose para lucir bella, en un restaurante comiendo light para mantenerse esbelta, en Miami de shopping comprando vestido para la boda, en la joyería haciéndole la barba al marido y finalmente en el salón de cara lavada y pelo escurrido haciéndose manicure. Ah y antes en el cirujano plástico, si no es que compartiste sala de recuperación con ella cuando los implantes de senos, más en el laboratorio en la mamografía o muestra de popó en mano por la infección gástrica. Finalmente la ves en la boda, impecables ambas, te da güeva saludarla pero la saludas y bailas a su lado en la pista guiñándose el ojo mutuamente como si el mundo fuera perfecto. Ora que todo lo anterior podría ser sólo una proyección mía, que es lo más seguro.

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En el karate de mis retoños (donde también lleva la señora de la boda a sus hijos o muchas otras señoras de la boda que también conozco perfecto), un niño quería cargar a la vez dos dummies (unos cojines rígidos que se golpean para practicar los karatazos) que les puso a levantar el sensei (maestro) y se hacía bolas mientras los demás ya habían recogido dos o tres de uno en uno.

 

@daliaperk

 

 

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