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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Lo que puede hacerse uno
El aislamiento recuerda a esa paradoja de la juventud contra la madurez: cuando tienes tiempo no tienes dinero y cuando tienes dinero no tienes tiempo. Ahora hay tiempo y no diversión. Así para todos y me he asegurado de reforzarlo para mí.
Por Dalia Perkulis
25 de junio, 2020
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Mama’s gonna put all of her fears into you…”.

Pink Floyd

 

Esta temporada de confinamiento me he hecho mucho daño. Mi pulsión autodestructiva está rebosante.

Me impuse una parálisis que me tiene cuadradrapléjica de día e insomne de noche, cuando se me desborda el impulso reprimido, la creatividad desatendida. Me siento la mamá negligente de mi vitalidad, que de noche me rebota como cuando tratas de hundir en la alberca un balón lleno de aire empujándolo con el cabús, las piernas, las palmas, pero se dispara como proyectil con fuerza acumulada. Y me paso la noche tratando de volver a meterlo.

Me he infligido aislamiento en el confinamiento. No leo, no escribo –estas letras apenas–, no oigo música, no veo series ni películas, no me reúno virtualmente con seres queridos. Me he gangrenado del flujo vital. He cuidado la alimentación y actividad física, eso sí, y he atendido a mi familia. Unos cuantos pacientes en línea y también tomo un par de clases semanales, porque ya estaban programadas. Fuera de eso, nada. Corté de tajo las actividades recreativas, los distractores, las fuentes de diversión. Me impuse la sequía.

Otros han abusado de la comida o el alcohol, se han violentado entre sí, yo me he lastimado inmovilizándome. Me sumí en un letargo intelectual. He anulado mi creatividad. Me suprimí.

Como todos, no asimilo lo que está pasando. Quizá me siento culpable de estar en el privilegiado bando de los que podemos solventar la pausa, y desde luego me considero muy afortunada por mi salud y la de mis seres queridos.

He “retroflectado” en exceso, un término que se usa en la terapia gestalt para denominar el momento en que se trunca nuestra interacción con el medio a pesar de que ya estábamos cargados de energía y listos para arrancar, pero nos frenamos en la fase de “en sus marcas, listos…”, justo antes del “¡fuera!”, con todo el desgaste que implica detener esa energía ya desatada y tragársela. Retroflectar también es actuar en sí mismo lo que se desea hacer afuera.

A esta interrupción en el ciclo de la experiencia (así se llama) rumbo al contacto con el exterior, a detenerse antes de manipular el medio, se le llama también represión física, según los autores Joseph Zinker y James Kepner.

De por sí la premisa del confinamiento es “no hacer” para edificar, lo cual ya es un reto enorme. Es como la dieta que consiste en abstenerse para lograr resultados. Es implosión, derroche de energía que se atora y congestiona. Infecta.

El primer mes de la cuarentena –noventena, trimestre más lo que se acumule– anduve fascinada. Hacía alarde de que era mi estado ideal, “mi elemento”. Creo que rayé en la euforia. Cada 24 horas incluían, y en plan familiar: repostería, juegos de mesa, deporte, lectura, series de televisión y reuniones virtuales. Me aficioné a la yoga, algo que había deseado durante años. Esa me duró dos meses, récord de iniciativa en este periodo. Me devoré de un jalón mi tiempo libre y luego, nada. Literalmente, desplegué un chorro de recursos y me los tragué. No sé por qué. Así me he castigado.

El aislamiento recuerda a esa paradoja de la juventud contra la madurez: cuando tienes tiempo no tienes dinero y cuando tienes dinero no tienes tiempo. Ahora hay tiempo y no diversión. Así para todos y me he asegurado de reforzarlo para mí.

Mis obscuridades y las de mi marido han sido difíciles de conciliar. (Mis hijas, las que más han perdido de la familia en esta coyuntura creo, han sobrellevado el encierro con un aplomo ejemplar. El mayor reto para ellas ha sido soportarnos a los adultos). Durante las noches tenemos romería en la recámara. Por lo regular hacemos relevos, yo duermo las primeras horas y al despertarme cae mi marido, nos turnamos. Cuando coincidimos en vigilia, tenemos pláticas animadas a diferentes horas de la madrugada y, la mayoría de las veces, pleitos. Aprovechamos para pelear.

Desde hace unos seis domingos salimos a caminar los cuatro juntos, como lo hacen muchas familias en nuestra colonia. En esos paseos pienso en lo armoniosos que lucimos desde fuera y hasta me incomoda siquiera considerar que hiciéramos sentir mal a otra familia por aspirar a nuestra aparente concordia. Que insinuáramos superioridad. Nos la estamos pasando muy mal, como casi todos.

Cada que exhibimos por ahí nuestro frágil equilibrio, pienso en la película Downhill (Nat Faxon, Jim Rash, 2020), una no-comedia con Julia Louis-Dreyfus y Will Ferrell, remake del filme francés Force Majeure (Ruben Östlund, 2014), sobre “una familia confrontada por una avalancha”, según imdb.com (la base de datos de cine más completa del mundo). Fue la última que vi en el cine antes del aislamiento, ya bastante irresponsablemente el viernes 13 de marzo, la víspera del insólito Festival Vive Latino. Es de una familia deprimida que con esfuerzos viaja a esquiar a un lujoso resort en los Alpes y tiene todo lo que se necesita para posar en la foto, solo que se está desmoronando.

@daliaperk

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