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Lilith Wannabe
Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Mi deporte favorito es tragar en los estadios gringos
Descubrí que el deporte favorito del ciudadano gringo (y del mexicano también, según yo) es atascarse de comida suculenta, grasosa y alta en calorías mientras ve a unos elegidos sudar la gota gorda en la cancha, en este caso de basquetbol.
Por Dalia Perkulis
9 de noviembre, 2015
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El pasado sábado aprendí que los Mavericks son el equipo de basket de Dallas, que tienen a un jugador Zaza Pachulia con nombre de gángster de película de Scorsese, un digno encestador, y que la estrella del equipo, el rockstar del ejido, es el número 41 (que en Dallas no es de “putos”), pálido como la leche: Nowitzki (Dirk, pero Nowitzki pa los fans). Su playera es la más vendida, su número (que en Dallas no es de “putos”) y su nombre los más mentados. El hip hop, atestigüé, es el ritmo del baloncesto, el ideal para presentar a los jugadores.

En el lobby del estadio American Airlines, sede de basket y también de hockey de los equipos locales, hay un par de hileras verticales de balones de basket pegados a la pared, cada uno con un botón al centro que se enciende al pincharle, ahí invitan al público a “pusharle” para medir la estatura del salto más alto que uno pueda pegar y en el balón más alto, como a 5 metros del suelo –dice la medida en pies y nunca le entiendo– se lee “Nowitzki”, que es la altura del salto del astro.

Descubrí que hay un chaparrito (bueno de 1. 82, ese sí en metros), el número 5 que es un dinamo, se desplaza en toda la cancha a donde mires y además anota a cada rato, el puertorriqueño J. J. Barea, y uno que me gustó y también se la rifa, se apellida Powell y porta el número 7. Conste que dije “me gustó” y no “guapo”, porque a mí me gustan los feos, con excepción de mi marido que adrede lo escogí guapo para procrear con él y terminó gustándome a pesar de que es guapo.

Descubrí que el deporte favorito del ciudadano gringo (y del mexicano también, según yo) es atascarse de comida suculenta, grasosa y alta en calorías mientras ve a unos elegidos sudar la gota gorda en la cancha. Ni tan pobres diablos los de la cancha porque ganan una fortuna, gracias a su talento y otro poco al efecto que las harinas, azúcares, las toneladas de carne y el alcohol causan en el ánimo del espectador.

Corroboré que la familia Punsky (le llamaremos aquí) es mi favorita como acompañante de viaje, bueno mi favorita y punto. Mía, de mis hijas y de mi marido.

Y es que vinimos ambas familias a Dallas a ver a los Vaqueros contra las Águilas de Philadelphia, pero al partido de americano del domingo en la noche, de esta noche. Los señores y los niños son sus fans, aunque los pobres vaqueros están más salados esta temporada que nuestro miserable Cruz Azul. De paso, pus paramos a tragar y ver un partido de basket para sentirnos bien deportistas.

Vi que los Mavericks no son el gran equipo de basket, al menos comparados con mi referencia baloncestista que son los Bulls noventeros de Chicago, pero les alcanzó para vencer 107 – 98 a los Pelicans de Nueva Orleáns, que por lo visto son peores.

Por último, al menos por ahora, les contaré que estaba el dueño del equipo, el magnate Mark Cuban, cuya fortuna es ingente, se rumoraba por mis lares. Y además ya es una celebridad porque sale en el programa Shark Tank, un “reality” de la tele donde los emprendedores vienen a solicitar fondos para arrancar su empresa.

Y algo más, conocí a los Mavs Maniaacs, unos cincuentones excéntricos con aspecto de Homero Simpson que hacen porras jocosas y bailan chistoso; mi hija me preguntó si tenían que ser gordos como requisito para que los contrataran. Además, hay en el estadio unos tamboristas que se desempeñan tan parejo como las rockettes del Radio City pero al tambor.

Ambas bandas, los gordis y los tamboristas son porra institucional y eso además desde luego de las porristas, que están buenérrimas y bailan cabrón y, digno es de destacar, portan cuerpos sanos y no raquíticos, gracias al Señor, o a DÁ Lord en este caso. Porque huelga decir que ahora mi hija quiere ser porrista cuando sea grande.

 

@daliaperk

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