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Lilith Wannabe
Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
No se escarmienta en cabeza ajena
Por Dalia Perkulis
12 de octubre, 2011
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Ni yo que perdí a mi papá joven, víctima de cáncer. También me atormento por cualquier idiotez  y desperdicio días al mayoreo sin hacer algo útil o relevante.

Cuando a mi papá le hicieron su cirugía exploratoria para diagnosticarlo, el día que nos avisaban si tenía remedio o estaba desahuciado, recuerdo que un familiar sacó un libro de tehilim -unos salmos que rezan los judíos para la salud- que le habían prestado para la ocasión. Otro familiar dijo: “para qué nos hacemos, nunca rezamos y no vamos a hacerlo ahora. No va a hacer la diferencia”.

Si la cirugía se prolongaba era porque el tumor se podía extirpar; si concluía rápido significaba que mi padre estaba invadido y no había nada qué hacer. Regresó pronto.

No puedo imaginarme el suspenso para él, al despertar, pero bueno.

Yo sí rezo cuando me subo a un avión, sobre todo si no voy con mi familia completa -esposo y retoños-. Si vamos todos me aliviano.

Como para mí la imagen de Dios, yo confieso (aunque debería ser secreta como el voto), es la de un anciano barbón omnisciente que habita a todo lo ancho del cielo, como la mamá de Woody Allen en Historias de Nueva York, le pido a ese señor que me traslade a salvo a mi destino final. Se lo ruego con devoción en un ritual de total concentración, ya en la aeronave antes del despegue.

Un vez dibujé a Dios en la primaria y la maestra de Biblia me llamó la atención, que no se debía pintar a Dios y más adelante entendí por qué era tan políticamente incorrecto, en algún punto entre el mandamiento de “no mencionarás a Dios en vano” y la película  Pi, el nombre del caos, de Darren Aronofsky, donde se puede ver que el nombre de dios es un codiciado misterio.

Estoy trabajando en encontrar a Dios de una forma más íntima, más introspectiva, más madura. En eso ando, sí me interesa.

Cuando llego a salvo a mi destino de viaje, después de recoger maletas, el taxi, una coquita, el registro en el hotel, un paseo e igual y una cenita, a veces me acuerdo ese mismo día en la noche o si no un par de días más adelante de agradecerle a Dios por haber llegado sana y salva. Entonces lo hago, no en un tono muy solemne, sino más bien de camaradería, casi con guiño de ojo y piquete de ombligo, en un lacónico pensamiento que en voz alta sonaría como “gracias viejo”.

Cuando nos toca en la de malas es inevitable el “hubiera salido dos segundos antes o dos segundos después”, pero no somos conscientes de todas las que nos salvamos, cuasi Pantera Rosa caminando desenfadada mientras todo se derrumba un paso atrás de ella sin que se inmute.

No puedo concebir el calvario de “hubieras” que debe atormentar a un amigo que perdió a su hija en un accidente de coche.

El último día de nuestra estancia en un hotel durante las vacaciones, mis retoños se subieron 40 veces seguidas al tobogán de la alberca, ése que no habían pelado en todo el viaje. Tenían conciencia del fin. Sin conciencia del fin no hay prisa, se podría decir.

Un día llené la tina para bañarme con mi retoño, que era bebé. Desnudas, retoño en brazos, para meternos forcé la puerta de vidrio que se atoró en el cancel y el vidrio como de 2 x 3 metros cayó hecho pedazos hacia adentro de la tina. Se suponía que era un vidrio templado que en caso de un golpe sólo se cuartearía en una misma pieza, según el arquitecto, pero se deshizo en puñales.

Me quedó muy claro que pudimos quedar decapitadas, mutiladas, deformes o seriamente dañadas de algún órgano si hubiera caído el vidrio al cerrarlo con nosotras adentro, en lugar de al abrirlo, o si hubiera caído hacia afuera. Pero mi retoño y yo salimos ilesas.

He oído de gente que se ha cortado gravemente por chocar con un vidrio. En mi baño cayeron estacas que perforaron la tina. La diferencia entre formar parte de las estadísticas de tragedias domésticas o ser una persona común y corriente es ínfima, ridícula. Ese evento pudo habernos marcado para siempre. Lo cierto es que sí nos marcó: nos salvamos de una tragedia, aunque no haya una evidencia física que nos lo recuerde todos los días.

Lo tuve muy presente por semanas. Puedo imaginarme lo que es un shock postraumático. En mi caso, por varios días recapitulaba obsesivamente con lujo de detalles y de ansiedad la sucesión de hechos desde que cargué a mi retoño para meternos a la tina hasta que cayeron los vidrios. Como una tortura con final feliz. Con el tiempo se ha ido diluyendo ese shock, pero todavía lo recuerdo bastante seguido y también me forzo a hacerlo, como un ritual de celebración de vida.

Incluso si mi papá hubiera sobrevivido al cáncer, estoy segura que recordaríamos la amenaza de su enfermedad como un pasaje aterrador, desde luego, pero no hubiera cambiado gran cosa nuestra actitud a la larga. Para nada lo valoraríamos con la misma intensidad que lo extrañamos. Por eso me forzo más a recapitular mi propia tragedia potencial de la tina.

Mi esposo no apuesta, no me refiero al Cruz Azul contra el América, eso sí. Su trabajo lo requiere seguido en Las Vegas y le encanta. Le gusta el relajo, el show, la comida y la ilusión, pero no le gusta apostar. Dice que es abismal la diferencia entre lo que le duele perder (demasiado), en comparación con la emoción que le provoca ganar. En comparación, insisto.

Así es la proporción de lo ingente que sufrimos en la de malas y la mínima conciencia que asumimos cuando las cosas marchan bien, un verdadero acontecimiento universal si se toma en cuenta todo lo que podría salir mal, digo yo.

 

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