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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Odio las películas del Holocausto
Por Dalia Perkulis
22 de noviembre, 2011
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Odio las películas del Holocausto

Me resistí a ver La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010) hasta que no me quedó de otra.

Desde muy chica fui invadida de películas sobre el Holocausto. Una mala estrategia de la pedagogía en los colegios judíos porque terminé aborreciéndolas. Antes de que pudiera asimilar de qué trataban, ya estaba saturada y harta de las imágenes de judíos siendo melodramáticamente separados de sus familias, asesinados y apilados.

Si verbalizara mi sensación cada que me sentaban a ver una nueva cinta sobre el Holocausto, sería algo así como: “sí ya sé, fue horrible, sufrieron mucho nuestros antepasados, gracias”. En lugar de sensibilizada, “salí” desensibilizada.

Ya para cuando La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) fue un hitazo, yo no quería ver una imagen más del tema, ni a colores ni en blanco y negro. Los villanos como Ralph Fiennes me parecían melodramáticos, maniqueos, sobreactuados e inverosímiles.

Durante todo el verano pasado vi la novela La llave de Sarah, de Tatiana de Rosnay de moda en los estantes de las librerías. Una cuñada me insistió mucho que la leyera, me recomendaron varias veces la película, me llegó una recomendación especial del FICJ (Festival Internacional de Cine Judío) por mail y me moría de hueva. Hasta que anteayer me escapé de mi casa (porque yo me escapo al cine como si fuera algo malo) y era la única película que se ajustaba a mi horario, así que la vi.

Tiene su sobrecarga de melodrama sí, pero su tratamiento de la culpa de los sobrevivientes del Holocausto me conmovió sobremanera.  Me remitió directamente a la figura de mi abuela. “Era como si tuviera una mancha gris que crecía dentro de su cuerpo”, dice el esposo de un personaje sobreviviente, y aunque en circunstancias menos novelescas (no tanto menos), así era mi bobe (mi abuela) tal cual: la persona más amargada que he conocido. Tenía la facultad de amargar los momentos más  alegres. No la queríamos, ni siquiera quienes pertenecíamos a su selecto grupo de nietos consentidos.

Mi abuela Jaya fue la única que sobrevivió de toda su familia. Le consiguió a su hermana menor papeles para traerla a México, pero no alcanzó a enviárselos a tiempo. Los nazis se la llevaron antes. Más adelante supo mi abuela, por contactos, que su mamá y su hermana fueron fusiladas en el bosque.

Abajo la última carta que mi abuela recibió de su hermana, traducida al español. La original fue escrita en yiddish.

 

 

 

                                                                                         16-11-38

Queridos míos:

Recibimos su carta y la leímos con gran alegría de tener noticias de ustedes. Se pueden imaginar la impresión que tuve al saber que existe la esperanza de poderme encontrar pronto con ustedes.

Por lo que dicen en su carta, nunca me imaginé recibir una carta así de ustedes y eso solamente gracias a Leizer.

Mi situación se ha hecho tan fea, tan decepcionante, que no podría describirla por ningún motivo. Ya casi me olvidé de hablar con alguna persona.

Está uno esperando unos lits (moneda) que hasta que uno los recibe puede enloquecer durante la espera. Me parece que si no lo estuviera yo viviendo y que otro me lo contara, no lo creería de ninguna manera que se pudiera vivir así, bajo estas condiciones.

El único proyecto en la desilusión de mi vida es que he decidido aceptar la propuesta de viajar en el momento que debo de dejar sola a mi mamá y aquí debo detenerme y ser clara con ustedes al escribirles acerca de esto y cómo resolver este problema tan difícil. Mamá está muy débil de salud, tiene diferentes enfermedades y simple y sencillamente es peligro de vida dejarla aquí sola.

Aparte, todo lo de mi viaje va a influir obviamente de una manera negativa sobre su salud. Pero como escribe Tzale acertadamente: “el acero hay que forjarlo en cuanto está caliente”. Yo debo aprovechar esta oportunidad, si no, tampoco eso voy a tener. Estando aquí no puedo ser útil a mamá y sólo puedo ayudarla poco. Además de que recibe poca satisfacción de verme a mí en este estado.

Leizer ya tiene que presentarse al servicio militar. Él quisiera irse de aquí mientras puede, pero como ustedes saben, el ir a servir es imposible.  Puede tener la oportunidad de viajar a América, pero para eso se necesita dinero y alguien que se interese. Todavía cuenta con seis meses para poder salir de Lituania, después ya no podrá. Así, como ven, sólo hay desgracias alrededor.  Hoy también les escribo a los primos y a la prima, pero a ellos no les envío la carta por correo aéreo por ser muy costoso. Naturalmente les escribiré que estoy muy contenta.

Lo de Zalman es increíble. No se puede creer que esa sea la realidad y no sé cómo eso pudo suceder pero esperemos que todo estará bien.

Aparte de lo personal, quiero escribirles algunas palabras sobre la situación general. La ciudad de Meml ya está casi toda en manos de los nazis y hacen lo que quieren. Azuzan a los lituanos en contra de los judíos, rompen vidrios, atacan a la gente en la calle y se crea una situación que no es mucho mejor que en Alemania. Entre los judíos la situación es terrible. El que tiene posibilidad de huir, vende lo que puede y huye a donde se pueda. Ya han arrestado a muchos judíos, también al doctor Bergener de Kaunas (Kovne) que creemos que está muerto.

Estamos contentos que ustedes salieron de ahí y no tienen que pasar por todas estas cosas terribles y este miedo.

Con esto termino de escribir y espero su respuesta. Manden un saludo cariñoso a Merele.

Chieske

               

Hasta yo que aborrezco las películas del Holocausto puedo sentir empatía por la monstruosa culpa de haber sobrevivido que debió atormentar a mi abuela por el resto de sus días. Por eso me conmovió muchísimo la película, para mi sorpresa, con todo y mi caparazón.

Salí sollozando y me consoló un total desconocido.  No pude contenerme. No me queda duda de por qué los judíos somos una cultura culpígena (yo les gano a todos). No sólo somos la primera religión monoteísta y punitiva, sino todos somos sobrevivientes de alguna forma y eso pesa.

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