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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Por qué compiten las mujeres
Por Dalia Perkulis
29 de marzo, 2012
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Las mujeres competimos entre nosotras por muchos títulos.

1. La más flaca, desde luego.

2. La más rica. O, para ser más sutil: la que mejor se viste, la que viaja más, la que tiene la casa más bonita.

3. La del marido más fiel, es decir, la del cónyuge con expediente libre de adulterio, o el que mejor disimula, en todo caso.

Estas son las batallas más manifiestas, pero competimos veladamente por infinidad de temas: la mejor madre, la que amamantó y la que no; quién lo hizo más tiempo, la mejor ama de casa, la amante más creativa, la del mejor pediatra, o el mejor ginecólogo, o el mejor cirujano plástico, la del marido que es mejor padre, la que todo lo sabe.

Supongo, sin ser socióloga, que los móviles de competencia son tan diversos como los microcosmos. Yo domino los de mi medio: edad de treinta tardíos, casada, madre de dos retoños en primaria privada.

Por si no fuera ya complicadísimo sacar adelante decorosamente a la familia y al matrimonio, las mujeres tenemos que defendernos unas de otras sin tregua, 24 horas diarias, siete días a la semana, pues cualquier vulnerabilidad expuesta será vorazmente capitalizada en nuestra contra por la frustración colectiva que reina (aunque reprimida) en el ambiente “entre mujeres”.

Otros concursos más sutiles que sirven para linchar a la prójima: si recibe personalmente a los niños cuando llegan a casa; si ella misma los recoge en la puerta de la escuela, si es el caso, o manda a la muchacha y al chofer; si tiene o no chofer; si se sienta a comer con los hijos; quién cocina más nutritivo; si la contrincante les da postre indistintamente a los críos o sólo si comen bien; si sirve refresco todos los días o sólo los fines de semana; si ella en persona lleva a los niños a las clases vespertinas o no; si se queda a presenciar las clases o se sale a tomar un café; cuántas clases toman los hijos; de qué: deportes, habilidades matemáticas, idiomas, instrumentos musicales; si destacan los hijos ajenos en alguna disciplina o no; si los niños son amables; si tienen sobrepeso; si están medicados por el psiquiatra; si tienen horario restringido para los “gadgets”; si se sienta uno a hacer la tarea con ellos o no; si se es una mamá que trabaja o una mamá de tiempo completo; si se les da a los hijos tiempo en cantidad o de calidad.

Ahora bien, todas las categorías son de doble filo, “volátiles”, por decir. Por la misma conducta, una mujer puede ser considerada modelo o blanco de linchamiento, según el criterio con que se juzgue.

Por ejemplo: en la categoría “tarea de los hijos”. Una mamá se jacta de que se sienta a hacer la tarea con sus retoños diario puntualmente a la misma hora. En contraataque, otra la acusa de ser sobreprotectora y “se la voltea”, le espeta que está inutilizando a sus hijos por crearles dependencia; ésta se vanagloria, en contraste, de que los suyos hacen la tarea perfectamente solos. La primera ya no la baja de madre ausente, en silencio, desde luego, o en voz alta pero ante las demás amigas, no delante de ella.

Otro ejemplo: una presume a su flamante nuevo chofer y la rival se le impone con una voltereta: argumenta que no necesita chofer porque ella misma acompaña a sus hijos a todas partes y desprecia a esas mamás que mandan a su séquito de personal doméstico para flanquear a los niños, mientras sólo se dedican a sí mismas.

Un ejemplo más: todas las mamás presumen a sus hijos perfectos, pero si una tiene el atrevimiento de confesar que su hijo está medicado por un psiquiatra, enseguida otra se le va a abalanzar para hacer alarde de todos los médicos que ha recorrido con su propio hijo y ganar así el reconocimiento a la más responsable, no querrá quedarse atrás.

Otras categorías: quién acuesta a los niños más temprano, quién tiene más vida social, quién tiene más relaciones sexuales a la semana con su marido; quién le grita a sus hijos y quién es más paciente (esto incluye descalificaciones como “tú eres barco” y “tú eres un sargento”). La mamá alivianada se burla de la aprehensiva y viceversa, se sobreentiende.

Quién viaja a solas con el marido y quién va orgullosamente a cada rincón del mundo acompañada por sus hijos, aunque sean de carreola. Obviamente, la que lleva a los hijos a todos los viajes despotrica contra la que los deja encargados para viajar y ésta a su vez descarga toda su ira contra la otra.

Entre cuñadas, el tema es quién hace reuniones familiares más seguido y quién nunca invita a su casa por conchuda.

En cuanto al presupuesto hay dos corrientes que, como todos los extremos, se rozan. Se disputa quién gasta más y quién gasta menos. En unos grupos sociales se reconoce a la que gasta más aunque tenga pésimo gusto y parezca foto de catálogo -el cinturón, las botas, la bolsa y el llavero de la nueva temporada-, pero hay también quienes presumen su radar para detectar las mejores ofertas y compiten en la categoría “la que más se hace de la boca chiquita”. Esta batalla por lo regular tiene lugar en presencia de los maridos. Consiste en que las contrincantes presumen su habilidad para ahorrar y triunfa la que mejor se hace la víctima. En este enfrentamiento se hace alarde de cuánto ahorra la ama de casa en el súper y el mercado, de que rara vez se da un gusto personal, que casi no gasta en “shopping” cuando viaja, que compara precios y elige los más económicos y casi no sale a comer con las amigas, ni tiene ningún pasatiempo costoso, como los gadgets, la ropa, los lentes, la decoración, los perfumes o las joyas. Ella aspira al premio a la más escrupulosa con el presupuesto.

Hay señoras que anotan en archivos de computadora una detallada relación de los regalos que reciben en las fiestas propias y las de sus hijos para corresponder a la altura. No vayan a ser fichadas por la policía de los usos y costumbres o vaya usted a saber por cuál policía o, lo que es peor, no vayan a quedar sus hijos marcados para siempre como malos partidos por faltar ellas al básico principio de reciprocidad en los regalos. Queda estrictamente prohibido darse el lujo de hacer un regalo que se le dé a usted la gana, sin importar el precio, sólo por tener una atención espontánea. Los regalos, para estas personas, son un asunto técnico de costo – beneficio.

La mayoría de las veces las competencias entre mujeres se disputan en un tono sutil, guardando la compostura y sin perder el estilo. Mas no por ser en este formato son enfrentamientos menos feroces, sino todo lo contrario.

Sólo ocasionalmente y en situaciones extremas, luchamos en francos enfrentamientos. En este contexto de guerra declarada, confieso que me siento muy cómoda, pero estas oportunidades son contradísimas en la vida.

Las triunfadoras en la mayoría de las categorías -la que tiene más pegue, la más exitosa, la más picuda, la más flaca, la que mejor se viste- son objeto de envidia, se les califica de “provocadoras”, “inconcscientes”, “egoístas”, “superficiales”, “anoréxicas”, por lo que también se cotizan categorías compensatorias para las que no les gusta ser envidiadas: la más recatada, la más buena onda, la más acomedida, la que siempre está cuando se le necesita.

Ante las madres estrictas, por ejemplo, yo no peleo. Admito de antemano que soy una madre inmadura. Entrego mi cabeza en charola de plata, para evitarle el desgaste al enemigo. Mis “mea culpas”, sin embargo, causan escozor. En estos ambientes se aprecia muy poco la verdad sin adornos. Si bien se maneja un alto grado de tensión, éste se mantiene en los márgenes de la corrección política, sin picos a la alta o a la baja, es decir, sin sobresaltos. En este contexto, incomoda una mamá o esposa franca. La mayoría está a la defensiva de las acusaciones en su contra, pero pocas están equipadas de armadura para las verdades en bruto.

En las “noches de señoras” los temas picantes de sexualidad son muy codiciados, pero luego no se hacen esperar los rumores de que una es frígida y la otra es demasiado liberal.

Las integrantes del comité de madres refunden en sus conversaciones a las mamás apáticas que no se integran; las que no participan se burlan de las del comité de madres, las llaman ociosas y chismosas.

Se riñen las categorías: las que compran el pastel para la fiesta y las que lo preparan en casa; las que hacen los disfraces de sus hijos a mano y las que los compran hechos. Lo mismo, ambos bandos son la comidilla del equipo rival.

Hay las que se llevan increíble con su esposo y con sus hijos, en contraste con las que compiten para ver quién se queja más amargamente. Se pondera quién ha aguantado el matrimonio más estoicamente y quién ha tenido el valor de divorciarse: ambas se desprecian mutuamente. La que es 100% natural es detractora de la que está toda cirugeada y al revés. ¡Quién se ve más joven!: un clásico.

De que hay presión social, la hay. Existen también las buenas amigas, no vaya usted a creer que no, pero eso es tema de otro post.

 

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