close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Lilith Wannabe
Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Rituales. No apto para amargados
Por Dalia Perkulis
3 de noviembre, 2011
Comparte

Como la personalidad, que se tiene o no y punto, cada evento al que eres invitado te entusiasma o no y punto.

La semana pasada me tocó el bar mitzvá de un sobrino queridísimo para el marido y para su servidora. Con ahínco esperamos el acontecimiento y así lo gozamos: al tope. Nosotros y nuestros retoños, porque ellos adoran también a ese primo por extensión, o nosotros lo adoramos por extensión de los retoños, o porque el sobrino es divino con los retoños lo quieren mucho ellos y nosotros, o él quiere a nuestros retoños porque nosotros lo adoramos a él. La cosa es que ahí se da el cariño, sin forzar.

Fuimos testigos desde que la mamá del sobrino apartó la fecha en el templo con dos años de anticipación, hasta la evolución de los preparativos semana a semana que comemos con esa parte de la familia. Todos los tíos y primos nos reunimos una ocasión para grabarle un video al festejado y contribuimos al mismo con fotos de otros eventos familiares.

Qué pena, mientras es un acontecimiento tan especial para unos, que otros vayan acarreados y de mala gana. Nunca faltan.

Dan ganas de zarandearlos de los cogotes y sacarlos a patadas.

Si se está realmente inmerso en el frenesí de la celebración, no hay por qué darse cuenta siquiera de los aguafiestas, pero por alguna razón se hacen notar, no pasan inadvertidos. Tienen una actitud tóxica y vistosa como marquesina de teatro de “mírame cómo sufro”.

Para el jarioso es inconcebible la indiferencia del amargado y para el amargado es inconcebible el júbilo de los que están en ambiente.

Si te acuerdas de la hueva que te ha dado ir cuando no te importa para nada el festejo, desgraciadamente entiendes que has estado ahí y que a este invitado no podría importarle menos tu celebración. Hasta se puede sentir empatía.

Debería haber un amargómetro a la entrada de cada evento e impedírsele la entrada a los que rebasan el límite, así fuera la tía que vino desde Chicago, qué pena, o la mismísima madrina del festejado.

Tantos preparativos, tanto gasto, tanta expectación de los anfitriones que desemboquen en invitados jetones, no. Que sea sólo para los que comparten la alegría. Nunca faltan, tampoco.

Es como ir a dar un pésame que no se siente, ¿sabes? Evítate la pena. En contraste con el dolor que siente la persona que está en duelo, es obsceno. Guardando las distancias.

Lo mejor son los eventos íntimos. De por sí estoy a favor de ahorrarse la pachanga e invertirle a un patrimonio, un enganche, un viaje que dure 6 días, al menos. Pero yo soy segunda generación de descendencia de sobrevivientes de guerra, no se puede esperar más de mí. Y ni siquiera en los eventos íntimos se puede garantizar que no haya acarreados.

Es responsabilidad del amargado declinar la invitación, digo yo. El anfitrión no tiene por qué adivinar la actitud de sus invitados. El anfitrión tiene la atención de invitar a todos los oficialmente cercanos y al amargado le corresponde la delicadeza de no ir. Con ese sencillo gesto se hace acreedor al derecho de estar en el lugar que le plazca en ese momento y no ahí confinado.

Hay matices, no todo es euforia o amargura. Hay fiestas donde nos da flojera ir y terminamos pasándola muy bien, o simplemente somos parte de la bola que se pasa un buen rato sin extremos, pero nos referimos grosso modo a la conducta del amargado, “el negrito en el arroz”.

El bar mitzvá del sobrino incluyó el ritual en el templo, donde el varón de 13 años lee la Torá para celebrar que el niño se ha convertido en hombre (ante la fe judía y la sociedad), una cena de shabbat en su honor el viernes y una tardeada el sábado en la noche con pista de baile y DJ, como fiesta de quince años pero protagonizada por pubertos.

El barmitzve-bójer (el muchacho festejado) baila con una animadora enajenado, sin pelar a nadie. Qué galán y coqueto se ve el sobrinito que tenía tres años apenas ayer. Creo que todos pensamos lo mismo sin comentarlo, su lasciva mirada nos remite al paso del tiempo y a la pérdida de la inocencia.

Al término de los múltiples eventos uno ya es íntimo de los miembros del comité festivo. Como las amigas de la novia, que coinciden en la despedida de soltera de amigas, la de ñoras, en los mariachis, más el desayuno por el ritual del baño de pureza previo a la boda (o previo a cada período fértil entre las religiosas) -la mikve -, para el día de la boda ya las amigas de la prepa, las de la uni, las hermanas, primas y tías de la novia son comadres.

Por otra parte, los eventos familiares estarían incompletos sin los parientes amargados, el envidioso, el que engordó, la que se ha puesto “bien grandota y bien guapa”, el que “qué mal le ha ido”, el políticamente incorrecto y el borracho. Todos son requeridos en la foto. Bienvenidos pues.

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.